Hay amores que matan…

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Y luego hay… expectativas, que matan amores.

Tras pasar unos días con mi familia política. Qué básicamente consiste en cinco personas mal avenidas, que habitan ciudades diferentes, divorciados unos de otros, que o no se hablan o no se ven o no se miran o yo que sé… y con un trayecto de vuelta en coche de varias horas, he regresado a casa con chicha para la reflexión.

No voy a hablar de amores que matan (como reza el título) sino de lo que viene después de los puntitos suspensivos: De los amores que asesinamos con nuestra propia necedad. Con nuestra incapacidad de dejar correr nuestras expectativas, de dejar vivir, de aceptar al sujeto de nuestro amor tal cual es. Y empezamos con…

La pareja

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Tu primer amor causa sensación por lo inesperado. Que alguien de quien no esperas nada aparte, de repente, un cabello de tu frente para colocarlo detrás de una oreja (a la que jamás habías prestado atención) o te agarre de una mano (que hasta entonces solo tus padres o abuelos habían agarrado) impresiona. Impresiona mucho. Por lo entrañable. Por lo inesperado. Por lo potente. Y es tan bella la emoción, que te genera un deseo muy básico. Más. Quiero más. De eso que mola tanto quiero más y mejor y más tiempo y más a menudo… y en algún momento, alguien, sin voluntad de herir, dejará de cumplir las expectativas generadas. Entonces vendrá la tristeza, la ansiedad, la decepción. Y no es el otro. Eres tú. Tú y tus expectativas. Lo mismo puede suceder con…

El trabajo

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¡Con la ilusión que te hizo el primer día! Que habrías pagado por entrar en esa empresa. Pronto empezarás a quejarte de los horarios, del jefe, de la secretaria o de las tareas que te toca realizar. De nuestros compañeros que, de un modo u otro, logran irritarnos porque nunca hacen lo que de ellos se espera, sino todo lo contrario. En un momento dado puede que ese trabajo, ansiado tiempo atrás, te provoque hastío y decepción y buscarás salir de él para buscar “algo mejor.” Y así con todo. Puedes aprender de estas vivencias o puedes seguir aplicando la misma mecánica el resto de sus días en las demás facetas de tu vida… tus amistades, tus actividades y puede que hasta con…

¡Tus hijos!

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Y entonces sí que vamos mal. ¿No se suponía que el amor a los hijos era el más incondicional de todos? Pues no. Muchos nos montamos películas y expectativas que conducirán inevitablemente a la decepción. A menos que sepamos ver a tiempo el mal que nos hacen nuestras propias ideas preconcebidas del “cómo tienen que ser las cosas.” Que no te feliciten un cumpleaños, que se den cosas por descontado o que te hicieran un desplante hace 25 años se convertirá en un caballo de Troya que, la noche menos pensada, abrirá la trampilla a la destrucción.

Y destruirá relaciones, familias, amistades. Habrá padres que se expondrán al peligro de morir solos en asilos porque “dijeron cosas terribles”. Hijos que se arrepentirán de un castigo tan severo a un padre deslenguado y obsoleto. Ese viejo chocho te compró tu primera bici. ¿De verdad que no puedes agarrarte siquiera a ese recuerdo para acercarte a él y dejarle ir en paz? Lo que fuera que te dijo… ¿merece el abandono en la última hora?

Depongamos las armas

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Abandonemos ideas oscuras y recuerdos malignos. Limpiemos nuestra memoria igual que limpiamos la del ordenador. Estos días he escuchado y visto cosas tristísimas… Personas mayores (a las que se supone más sabias y experimentadas) resentidas con viejos que mantienen ¡listas de afrentas personales! Oiga, no vaya a ser que se me olvide aquello que me dijeron en agosto del 76. No vaya a ser que por olvido lo disculpe y lo pase por alto. No. Todo el mundo a la picota. Todos a morir en soledad. Enfrentados abuelos con bisabuelos… ¿qué futuro nos espera a los que venimos detrás?

Y luego hablamos de los refugiados de guerra…

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En esta especie nuestra, no hay refugio que valga. Somos todos víctimas y verdugos.

El acoso escolar y el ciberbullying están boca de todos. El acoso a la pareja, el acoso laboral… Ataques personales en el seno de grupos que se autodenominan “respetuosos”. Ya nada nos sorprende pero… ¿y qué hay del acoso familiar? Porque esas rencillas entre hermanos, primos, cuñados, suegros y demás parentela son los primeros escenarios en que nuestros chavales perciben desencuentros y violencia verbal. Mucho se habla del acoso en la escuela pero probablemente sea la familia el origen de todas las perversidades. Porque hasta la más “funcional” tiene un punto de disfuncional. Porque a todos en mayor o menor medida se nos va la pinza. Porque es preciso echarle freno en cuanto lo detectamos. Porque si puteamos a nuestros hermanos, padres e hijos… ¿qué podría impedirnos putear al vecino que encima es gilipollas?

Somos carne de cañón. Vamos de cabeza a la guerra, a sacarnos los ojos los unos a los otros. No valemos nada porque no valoramos nada. Porque somos rencorosos, menteestrechos y despiadados. A menos que…

Hala, hasta luego… besitos a todos.
Que tengáis un bonito día y, ojo, no os crucéis con nadie de vuelta a casa, que el patio está revuelto.

Fotos: Pixabay

14 COMENTARIOS

    • De verdad, Pilar, que yo volvía pensando en cuánto de eso se transmitirá en la información genética. Quiero creer que son actitudes aprendidas. No me puedo imaginar un futuro en que mis hijos no me quieran ver! me muero de pena…

  1. O_O… Me estoy dando miedo, como persona y como ser social. Y me he puesto a rezar al dios de los nocreyentes para mantener a mi pequeña familia a salvo… ¡Uyyyy!!!

    • Pero Ruth… es trabajo de todos. Oh! yo quiero creer que la paz se construye un poquito cada día. Que cada día estamos a tiempo de enmendar las cagadas y que… que vamos a estar bien, si es lo que realmente queremos. Si no somos cabezones. Si dejamos correr ciertas cosas. Si perdonamos. El olvido es una cosa genial! No sé por qué a veces nos empeñamos en luchar contra él… :-*

  2. Cómo anillo al dedo me viene este post. Estoy pasando por una crisis de pareja. Crisis? Si yo no creo en las crisis, ni en los tiempos ni en ninguna de esas cosas. O si estar o no si estar.
    Siempre estamos esperando de los demás, siempre queremos que los demás realicen nuestros sueños aunque nunca le hayamos hablado de ellos. Las expectativas son siempre altas y si el próximo no llega nos desmoronamos. Con los simple que seria la vida si todo fuera una eterna sorpresa. Soy una adicta a la oxitocina, a las mariposas en el estomago, siempre aboco la culpa en los demás por no adivinar lo que quiero. Lo admito, soy culpable en querer siempre ser feliz!

    • Cielo, muchas gracias por tu comentario! ¿Culpable de querer ser feliz? ¿No es eso lo que todos queremos?
      Yo creo que tal vez deberíamos aumentar las expectativas de lo que queremos conseguir por nosotros mismos… y, a la vez, estar menos pendientes de lo que “queremos de los demás” y más atentos a lo que ya nos dan! Que a veces nos ofuscamos y no lo vemos porque viene de forma diferente a como lo esperábamos ¿no? Sácale partido a esa crisis, que seguro que al final trae algo bueno… ¡Un abrazo!

  3. Has descrito mi vida desde que vinimos a vivir al país de mi marido, su familia, sus amigos, tal cual.
    Y yo era inmensamente feliz antes, viviendo a 14.000km de cualquier pariente, sólo con los amigos que vas haciendo en la vida.

    • Hola Gemma!
      Mi bisabuela, que era una mujer muy sabia, solía decir: “parientes y trastos viejos… pocos y lejos” 😀
      ¡Gracias por leernos y por comentar! Siempre hace ilusión vuestro feedback! 😉

  4. Hace muchos años que soy inquebrantable creyente en el Dios de las Pequeñas Cosas y esa fe me lleva a disfrutar de cada detalle de la Vida. Complementado con mi escasa memoria, sobre todo para lo malo, vivo la felicidad de los simples (Simple: Sencillo, sin complicaciones ni dificultades.)

  5. Si hubiera leído este post antes, no te hubiera preguntado por tu super viaje con el adjetivo de super ? como solo vi unas fotos felices en face e instagram, pensé que todo había sido super.

    Totalmente de aduerdo contigo, tristísimo el rencor, patético que sea por “cosas que me dijiste aquella vez que jamás olvidaré”. Lo vivo de cerca y es algo que me desazona mucho. No lo puedo entender.

    Besitos

    • Uy, se me pasó este comentario, Bego!
      Nada, nada… para mí las vacaciones estuvieron fenomenal. En realidad eso solo consume al rencoroso. A mí me da entre pena y risa (más tirando a pena). Es tan importante aprender a dejar correr ciertas cosas. No se le puede dar importancia a todo porque entonces la vida resulta demasiado agotadora. Y ya vamos bastante faltos de sueño! ¿verdad? 😉
      Un beso!

  6. Núria, has dado en el clavo. felicidades una vez más, amiga.
    Que reflexión tan dura.
    Es cierto que la familia es algo maravilloso pero no es menos cierto que la familia no se elige. ¿Qué hago? ¿Rompo con todo y con todos porque mis padre o mis hermanos no me quieren como creo que deberían quererme o porque creo que no me respetan?¿Paso con ellos todas las Navidades o todo el verano porque creo que eso es los que hacen los buenos hijos? ¿Me alejo si no consigo reafirmarme como ser digno de ser respetado?¿O dejo que impongan su criterio sobre mi persona y mis hijos?¿Me enfrento a ellos a base de gritos y discusiones estériles?¿Qué quiero para mí y para mis hijos?
    Ahí sigo yo, en la cuerda floja entre el amor y el resentimiento, entre mis padres y mis hermanos y mis hijos y mi pareja… Deseando que la luz me ilumine y que Buddha me colme de paciencia y sabiduría.

    • Querida Imma,
      yo lo que creo que es inútil del todo es enzarzarse en disputas estériles. Ni tu vas a cambiarles a ellos, ni ellos van a cambiarte a ti. No se por qué somos tan reacios al intercambio de pareceres sosegado. ¿Por qué todo tiene que convertirse en un circo? Tus padres ya hicieron su labor como padres. Ahora les toca hacer de abuelos… o pasarpalabra.
      Y ojo que la paciencia según como es arma de doble filo. A veces, la gente te machaca hasta que los pones en su sitio. No hace falta pelearse… pero una respuesta contundente a tiempo puede hacer milagros (ya sabes, a la alemana, que de esto saben un rato 😉 No te fustigues amiga. Y no acumules.
      Hay que hacer lo que a uno le parezca más acertado, en cada momento. No hay garantías. Pero eso es ejercer la libertad: asumir el riesgo de equivocarse o no.
      Y yo que se… qué te voy a contar, que parezco Elena Francis! hablando de lo que no se… Jajjaja! Lo que sea, Imma, pero sin sufrir y sin fustigarte. Besitos!

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