sábado, octubre 23, 2021
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10 noes que ponen a prueba la paciencia de los padres

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Desterremos de entrada ese bucle de pensamientos tóxicos en el que entras cuando estás desbordada. Partamos de la base de que ellos no son el enemigo ni han hecho de poner a prueba tus nervios su razón de ser. Son niños y punto. Con todo lo que eso conlleva. Debes asumir que buena parte de los conflictos que te desgastan en el día a día con tus hijos son producto de tu incapacidad para lidiar con la frustración que te genera que no se adapten a lo que tú necesitas en cada momento. ¡Despierta! Son seres independientes, con sus propias necesidades, que también reclaman su espacio.

Aunque, reconozcámoslo, a veces, para una madre, hay situaciones límite que ponen a prueba la paciencia del Santo Job y a estas alturas de la maternidad yo confieso que tengo un master en la mayoría.

No quiero levantarme

Te acercas a la habitación confiada de que hoy va a ser distinto, que tras el beso de buenos días te encontrarás a un tierno infante somnoliento, que se despereza sonriente camino de la cocina en este amanecer de un día idílico… ¡Ilusa!

Nada de eso sucede porque, para empezar, como se te ha hecho un poco tarde -que a ti también se te pegan las sábanas- entras en su habitación como un elefante en una cacharrería. Te falta solo tocar una corneta y entonar el «Quinto levanta tira de la manta/quinto levanta tira del colchón». «¡Venga! ¡vamos! ¡que es tarde! ¡Todo el mundo arriba!». Y ¡claro! así es imposible empezar el día con buen pie.

no-levantarme

La niña del exorcista comienza a gruñir. Del «déjame cinco minutos más» pasamos al «otro poquito», «tengo sueño», «estoy cansada» y un largo etcétera hasta el definitivo «no quiero levantarme». El rifirafe gana intensidad y, como realmente cada vez es más tarde, también en volumen y tensión la refriega. Tus prisas os condenan.

Resultado: Empezamos el día con mal pie. A partir de ahí, todo lo que pueda empeorar… empeorará.

Solución: La regla de los diez minutos antes. Diez minutos antes a la cama ellos, que así estarán más descansados, y diez minutos antes el despertador tú, que así no tendrás tanta prisa y podrás ser más cordial y afrontarás el momento sin tanto estrés añadido.

No quiero comer

Sentarse a la mesa resulta una auténtica fuente de conflictos para muchas familias. Y es una lástima, porque la comida o la cena son a veces uno de los pocos momentos que tenemos para disfrutar de la familia al completo con tranquilidad. Que un niño se niegue a comer o no coma lo que sus padres espera, suele generar mucha crispación y, lo que es peor, acaba convirtiéndose en una cuestión de estado familiar.

¡Pillines! Más de uno seguro que empleó este truquillo
¡Pillines! Más de uno seguro que empleó este truquillo

Resultado: Lejos de ser un momento agradable, las comidas en familia son una tortura.

Solución: Para empezar, no permitir que ese aspecto en concreto monopolice toda la atención cuando nos sentamos a la mesa. Cuanta más importancia le demos, más tensión generará y acabaremos «amargando» la comida a toda la familia. Lo mejor habría sido invertir tiempo y esfuerzo para acostumbrarlos a comer de todo… pero, como la vida no siempre es sencilla ni maravillosa, ahora hay que lidiar con esto. Intentemos relativizar, echar una de cal y otra de arena, sobrellevarlo con dignidad pero, sobre todo, no hacer de ello un drama.

No quiero lavarme

La mayoría de los niños le tienen auténtica tirria al agua y hacen un arte de eso de lavarse en seco. Lo de mojarse el dedo índice con una gota de agua y refregarselo por cada ojo como sinónimo de lavarse la cara está muy extendido. Los dientes, la ducha, todo lo que «huela» a higiene es terreno farragoso.

¿A que más de uno conoce a algún niños que tiene tanta tirria al agua como los gatos?
¿A que más de uno conoce a algún niños que tiene tanta tirria al agua como los gatos?

ResultadoEl aseo diario es una batalla. Si la ducha es nocturna y no incluye una puesta a remojo con la bañera llena de juguetes el drama está servido; y si la dejamos para la mañana suma una piedra más en el ya de por sí pedragoso camino de depositarlos en el cole con un mínimo de cordura.

Solución: Para los más mayores, en los que el problema suele ser básicamente una cuestión de pereza, una tabla para recordar e interiorizar rutinas es una buena medida que, al menos, evita que tengamos que repetirlo todo como un disco rayado: «¿te has lavado el pelo? ¿te has secado bien? ¿te has lavado los dientes? ¿te has echado colonia?». Para los peques debemos de analizar cómo y cuál es el momento en el que esas tareas se les hacen menos tediosas y edulcorárselas como si fuesen un juego.

No quiero recoger

¡Lo fácil -y rápido- que les resulta vaciar todos los cajones de juguetes y lo complicado que es que los recojan! Cuando llega el momento de pasar a otra tarea y toca ordenar todas las cosas la mayoría tienen el no por delante.

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Resultado: Te enfadas, juras y perjuras que no le dejarás jugar nunca más y acabáis como el rosario de la aurora.

Solución: Analicemos la situación. Gustar, lo que se dice gustar, a nadie nos gusta tener que ordenar las cosas, sobre todo cuando están especialmente desordenadas, así que es lógico que, cuando un niño mira su cuarto -con sus ojos de niño- y lo ve patas pa’riba, se estrese solo de pensarlo. Así que la primera norma, no permitir que la cosa se desmadre ni coger otro juego hasta que no se recoge el anterior, así minimizaremos el caos. Metidos ya en faena, y como se trata de una cuestión de pereza, a veces llega con echarles una mano para empezar, para organizarse. Sería muy cómodo decirle: «recoge», darte la vuelta y regresar cuando la habitación esté impoluta. Pero eso es utópico. Ganamos más colaborando un poquito hasta que sean más autónomos.

No quiero ir al cole

Este es, sin duda, de los peores «noes» que solemos escuchar. Primero porque es de las pocas situaciones en las que inevitablemente tenemos que ser implacables. Ahí no hay negociación. Por si fuera poco, el drama puede estallar ya en casa pero, habitualmente, sigue en la calle, en la puerta del cole… y todos sabemos que airear nuestras miserias en público siempre aporta un punto de estrés. Y, para más inri, casi siempre interviene también el plano emocional, porque hasta al padre más duro se le rompe el corazón dejando a su polluelo entre lágrimas a la puerta de clase al grito de «¡no te vayas mamá! ¡no te alejes de mí!».

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Situación: Te sientes con más remordimientos que la mama de Marco y si la cosa se prolonga e intensifica acaba convirtiéndose en un auténtico drama ya no sólo para los peques, sino para toda la familia.

Solución: Aquí sí hay que hacer un máster en paternidad porque estas situaciones suelen ser solo la punta del iceberg de alguna otra cuestión. Así que lo primero es averiguar cuál es la preocupación real del niño y, en función de ella, trazar la estrategia, que puede ser desde el más sencillo apretar los dientes y tirar de paciencia y mimos extras para superar esa etapa «más sensible», hasta buscar ayuda profesional para llegar al verdadero origen de la cuestión.

No quiero hacer los deberes

Se cuenta, se rumorea que hay niños a los que les encanta estudiar y hacer los deberes y que, curiosamente, deben ser la misma «rara avis» que duerme del tirón desde los dos meses. Pero, desgraciadamente, al común de los padres nos toca lidiar con criaturas a las que -¡con razón!- con las cinco horas de colegio creen que ya han cumplido más que suficiente con su jornada escolar.

deberes

Situación: La hora de los deberes es, junto con la comida, el gran caballo de batalla en buena parte de las familias.

Solución: Si estás pensando en declararte insumiso de los deberes, ¡ole por ti! Pero si eres de los que te vas a plegar a la dinámica de trabajo establecida por el profe, vale más que te vayas armando de paciencia. Pero recuerda siempre que las rutinas y no tener prisa son tus aliados. Hacer las tareas más divertidas debería tocarle al maestro, pero, si no es así, intenta buscársela tú para hacer el proceso más indoloro.

No me quiero acostar

Agua, pis, una manta más, que enciendas la luz del pasillo, que ponga la televisión en modo «susurro», que lo beses una vez más, que leas el último cuento, que su hermano se calle, que su hermano no ronque… No hay momento en el que un niño acumule más necesidades vitales por minuto que justo en el tiempo que pasa desde que se va a la cama hasta que se queda dormido. Y todo eso, tras librar una ardua batalla para lograr llevarlo a la cama y ponerlo en horizontal.

dormir
¡Si todo fuese tan fácil!

Situación: La tensión va aumentando a cada nueva petición hasta que acaba desbordándose y despedís el día con el enésimo drama.

Solución: De nuevo las rutinas y establecer horarios bien claros e inamovibles serán la mejor arma para hacer más llevadero una situación que, ¡asúmelo!, te va a tocar vivir sí o sí. Con una rutina adecuada que vaya mermando sus estímulos externos ayudamos al cuerpo y la mente del niño a bajar las revoluciones y prepararse para el descanso. Si los niños son un poco más mayores y manejan mejor la noción del tiempo, completar esta rutina con unos horarios claros -pero en los que también podamos hacer concesiones, cinco minutos arriba o abajo- nos permiten librarnos de muchas batallas.

No quiero

Un «no quiero» encierra en sí mismo todo el repertorio posible de rabietas habidas y por haber. Un «no quiero» es la primera etapa en un proceso que va in crescendo hasta acabar normalmente en conflicto familiar. Un «no quiero» -en su variante más macarra «no me da la gana»- puede resultar inofensivo pero, tras una dura jornada, y según os coja el cuerpo, puede abrir las puertas del averno paterno-filial.

rabieta

Situación: Se desata un tira y afloja en el que nadie gana y pierde siempre la concordia familiar.

Solución: Más que una solución -que aquí cada uno tiene que buscar la más adecuada para cada situación- de lo que se trata es de desarrollar estrategias para contener o, mejor dicho, canalizar las emociones. Lo primero es despojar al lenguaje del significado que los adultos le damos y leer entre líneas las palabras del niño. No debemos tomarnos un «no quiero» como un reto, ni un menoscabo de nuestra autoridad. Un «no quiero» es solo la forma de expresar disconformidad de un ser autónomo que todavía no domina los canales de expresión. Y, dicho eso, debemos saber también evaluar las emociones, propias y ajenas, que se desatan antes, durante y tras el conflicto. Tener en cuenta los condicionantes -cansancio, sueño, temor, frustración…- por ambas partes y atacar la verdadera raíz del problema y no la rabieta, que no es más que el síntoma final.

Ha sido él

Si tienes más de un hijo, probablemente, esa sea la frase que más odies escuchar. El «ha sido él» implica que vas a tener que lidiar con un conflicto, así que prepárate para ejercer de Salomón. Un conflicto en el que, además, solo vas a tener como prueba ¿fiable? la palabra de dos falsos testigos tratando de arrimar el ascua a su sardina.

pelea

Situación: Decidas lo que decidas, alguien va a acabar descontento y, de hecho, es más que probable que si tomas partido acabes empeorándolo, con la consiguiente frustración que esto acarrea.

Solución: ¡Ya me gustaría a mí tenerla! pero es el terreno en el que todavía me siento más insegura como madre. Consejillos domésticos que no siempre funcionan tengo varios: No intervenir salvo que no sea necesario, hacer de moderador y no de juez, fomentar la empatía, intentar que ellas planteen la solución… Palabras muy bonitas pero no siempre una garantía de solución.

María L. Fernández
Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.
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5 COMENTARIOS

  1. ¡Qué gran post compañera!
    Sobretodo me encanta el sentido de relax que destila todo el texto. Tranquila, respira, los niños son niños y no tienen la culpa de nuestras prisas, comprensión, empatía y muuucha paciencia jaja

  2. Aquí las batallas son en las mesas: la de la comida y la de los deberes. Pero siemrpe me digo a mí misma lo siguiente: «Ruth, está sembrando…para tener una adolescencia pseudotranquila…» Decidme amigas del futuro, ¿soy más ilusa que Heidi?

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