Sobrevivir en los restaurantes: una mini guía

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No es que yo sea una gourmet (por falta de ceros en la cuenta más que por ganas) pero, dentro de la franja de restaurantes que me puedo permitir, me gusta mucho comer fuera de casa.

Y es que al placer -o el disgusto, según el caso- de saborear comidas con otro toque diferente al que da cada uno a sus recetas, se añade el fenómeno “llegar y besar el santo”. Ni compra, ni preparación, ni estrés para conseguir que todo el mundo se siente antes de que enfríe la comida (esto cuesta divorcios, en serio), ni recoger la mesa, ni levantarse porque falta el pan, ni fregar… Simplemente, entras al restaurante y te abandonas a los sentidos

¿O no?

¿O te pasa con (demasiada) frecuencia que sales más estresada de lo que entraste? ¿enfadada con tu pareja? ¿sin ganas de salir a comer con los niños hasta que vayan a la universidad? Que sí, que sí. Que todos nos hemos levantado alguna vez de la mesa de un restaurante con la tentación de acordonar el local después de declararlo zona catastrófica y con el miedo a que nos veten la entrada para los restos. Esos “adiós, gracias” de despedida, con las orejas gachas, evitando el contacto visual con los camareros… ¿Sabéis a lo que me refiero, verdad?

(Esto va a quedar fatal y no me vais a creer, pero en serio, esto solo me ha ocurrido por culpa de “los hijos de los demás”. Me parece de justicia para con mis retoños dejarlo claro).

Al grano.

Tras todos estos años abriendo las puertas de restaurantes de corto, medio y largo pelo, y haciéndolo los últimos diez acompañada frecuentemente por pitufines de corto, medio y largo pelo, estos son mis consejos de supervivencia para disfrutar de la experiencia tras mucho ensayo-error:

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Ir con niños

En este caso, para mí solo hay una regla. Elegir un local apropiado para ellos. Yo no soy nada amiga de la moda antiniños. Creo que están en la sociedad, que son nuestro activo más valioso y el concepto de vetarlos de los sitios me da repelús. Pero me gusta creer en el sentido común de los padres, en el de todos nosotros. De igual forma que no les llevaríamos a un club de carretera o a una discoteca a las cuatro de la madrugada (haya o no un cartel que lo prohíba) hay restaurantes que por la disposición de los espacios, el ambiente, el mobiliario, la decoración, etcétera, no son aptos para los niños. Al menos, no para todos. Con mi hija mayor podría haber ido al restaurante más exclusivo del mundo, incluso con “los terribles dos” que en ella no existieron. Con el pequeño huyo de locales silenciosos, íntimos o refinados (me los guardo para ir en otro momento). Si no nos adaptamos a sus necesidades, ellos no lo pasan bien ni tampoco nosotros (por no hablar del resto de comensales…)

Ofrecimientos “fuera de carta”

Mucho, mucho cuidado con ellos. Con la excusa de que es producto de temporada, local y exquisito, nos la suelen meter doblada. O simplemente del tamaño que no esperábamos.

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Ante la duda, que no nos den gato por liebre y mejor si preguntamos el precio antes de pedir.

“Picoteo” variado para abrir boca

Como dice mi amiga y compañera Sara, ¡compartir es vivir! Y a mí, lo de pedir entre todos varios entremeses para abrir boca y deleitarme con sabores diferentes, me apasiona. Además, cuando lo hacemos así, nos vamos con una sensación más completa de la calidad del restaurante que si tomamos un primero y un segundo.

Camareros #Respect

Dejémonos guiar por el camarero en cuanto a cantidades, especialmente cuando aconsejan: “yo creo que así ya vais bien”. De hecho, cuando lo dicen de motu propio, lo ideal sería quitar algún plato más o de lo contrario corremos el riesgo de salir rodando del local.

Si tenemos manías que se noten. Antes. Quiero decir: es preferible que parezcamos unos picajosos mientras el camarero toma nota, a que luego hagamos que se lleve el plato tres veces de vuelta a la cocina. Tengo una amiga que mientras yo digo “un café con leche”, ella suelta “un café en vaso grande, zumo de limón exprimido, azúcar de caña y hielos”. Estoy segura de que los camareros la prefieren a ella frente a los que se quejan a posteriori. Claro, les gustan más los clientes tipo yo, que me tienen que servir cianuro para que dé la lata, pero¡ qué le vamos a hacer! El mundo es un lugar inhóspito.

Capítulo aparte merece la carne. Vamos a ver si nos ponemos de acuerdo. Los extremos los tenemos todos claros: sellado o marcado es “vuelta y vuelta” (a.k.a., cuando la vaca muge. Allá cada cual). Por el otro lado, bien hecho quiere decir carne cocinada en todo el grosor de la pieza. Así las cosas, poco hecho y al punto son los intermedios, el primero más cerca del mugido, el segundo más cerca de la cocción completa. Pues bien, atención: si pedimos la carne al punto, sangra.

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¡SORPRESA!

Si no queremos que nuestro plato acabe convertido en una bañera rojiza a medida que vamos troceando, hay que pedir la carne bien hecha. “Al punto” quiere decir que el centro queda casi crudo, jugoso y sanguinolento. En  serio, aclarémonos. Los camareros también tienen familia.

El colofón dulce

Yo casi siempre sustituyo el postre por café o lo pido compartido. Pero por favor, evitemos entre todos la manía tan extendida de resoplar como un búfalo (uffffffff), decir que estamos llenos y luego ponernos ciegos de postres ajenos (Uy, ese canutillo de chocolate qué pinta tiene, me dej… ¡¡¡NO!!!) . Los golosos son exclusivistas y el azúcar es adicción. Necesitan su dosis para ellos solos.

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La dolorosa

Para terminar, un consejo vital: si vas con más gente, eso de pagar la cuenta por familias es muy, muy peligroso. Y que lo diga yo con tres hijos… Casi mejor que cada palo aguante su vela, o para hacer un reparto lo más equitativo posible sin emular a las azafatas del 1, 2, 3, procuremos que el cálculo sea por comensal. En serio. He visto auténticos atropellos. Abramos bien los ojos. Ir al baño a la hora de pagar suele tener resultados desastrosos.

5 COMENTARIOS

  1. Me encantan tus consejos compañera, yo también he intentado siempre ir a sitios donde mis hijas estén a gusto porque si no, la comida puede ser un infierno en lugar de un momento de disfrute en familia.

  2. Me ha encantado cada palabra de tu artículo. Sobre todo lo que comentas con respecto al sentido común, que es algo fundamental y que a veces se echa de menos. Yo cuando voy fuera con niños, siempre buscamos sitios más orientados hacia ellos y cuando me apetece estar a solas con mi pareja vamos a sitios más acogedores y tranquilos sonde se agradece que la gente sepa mantener la compostura.

    Porque a veces se demoniza a los niños diciendo que son ruidosos, inquietos y molestos y eso en muchos casos no es cierto, pero es que de todas formas ¡son niños! y les gusta divertirse, y a veces insisten y hablan alto con ese tono de voz agudo que se escucha desde lejos, o se levantan de la mesa porque necesitan moverse. Pero es normal, por lo que es bueno encontrar sitios donde ellos también estén a gusto. Y esto lo digo porque muchas veces los que te dan la noche son adultos hechos y derechos que se creen que ese restaurante tranquilo y acogedor es el salón de su casa y se comportan como si estuvieran viendo el partido, hablando a voces y molestando a todos los demás. De hecho, me ha pasado más esto que otras cosas.

    Otras veces me ha pasado de ver a padres que pasan toda la comida o la cena sin siquiera mirar a sus hijos ni hablarles. Los ignoran completamente y claro, luego ellos se inquietan y buscan entretenerse, a veces conversando o haciendo caras a los comensales de otras mesas (me ha pasado) y me da una pena tremenda porque los niños se ven aburridos y hasta resignados.

    Y los niños maleducados solo son el resultado de unos padres maleducados e irrespetuosos con los demás, de esos que ven que el niño está lanzando cosas por los aires en un restaurante y no dicen nada, hasta que cae un cacho de pan en el plato de sopa del de la mesa de enfrente y los enfrentas y solo dicen “Pepito, ya te dije que eso no se hace” con voz lánguida, o aún peor, todavía se enfadan contigo porque te enfadas y eres “antiniños” y ni te piden disculpas.

    Así que sí, todo se resume en sentido común, en entender que los niños son niños y en que ¡el postre no se comparte! jajajajaja

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