Diez historias conmovedoras de Río 2016

2

Diecisiete días después de que Vanderlei Cordeiro de Lima prendiese el pebetero, el fuego olímpico se ha extinguido en Río y con él los sueños que centenares de deportistas albergaban en estos Juegos. Solo un puñado de elegidos se han colgado una medalla pero, más allá de los ansiados metales, se esconden los desvelos de otros muchos “campeones” que han cerrado con éxito sus propias historias de superación. Y es que, seas de los que amas el deporte o de los que sólo te pegas al televisor al rebufo de las medallas, es imposible no emocionarse con estas diez historias y momentos olímpicos.

Cordeiro de Lima, el verdadero espíritu olímpico

Hace 12 años, en los Juegos Olímpicos de Atenas, el maratoniano brasileño Vandelei Cordeiro de Lima lideraba la prueba de maratón, una de las más duras de todo el programa olímpico, cuando, en el kilómetro 36 del recorrido, a sólo seis de cruzar la línea de meta, un perturbado lo asaltó en plena carrera. Siguió en liza pero, maltrecho física y mentalmente, se vio superado por otros dos competidores. Al final, cruzó la línea de meta en la tercera posición, tras unos últimos metros épicos en los que no dejó de mostrar su satisfacción a pesar del contratiempo. Esa capacidad para no rendirse ante la adversidad le valió entonces la medalla Pierre de Coubertain, la más alta condecoración para cualquier deportista olímpico. La ausencia de Pelé, lo convirtió en el último relevista encargado de encender el pebetero en el estadio olímpico y rescató del olvido su ejemplar hazaña.

Rafa Nadal, o cómo mantener la ilusión cuando lo has ganado todo

A pocos se nos hubiese ocurrido un abanderado mejor para el equipo nacional y como tal se plantó el mallorquín, exultante, en estadio olímpico con una emoción que nos contagió a todos. Rafa lleva más de una década en el Olimpo del tenis mundial, lo ha ganado todo y, sin embargo, mantiene una ilusión que conmueve y una garra y fuerza interior que no dejan indiferente a nadie.

Una lesión en su muñeca hizo que muchos lo desahuciasen por enésima vez, pero apuró su recuperación para llegar a Río y allí se colgó una medalla de oro en dobles -segunda en su carrera tras la que logró en el cuadro individual de Pekín en 2008-. Pero, sobre todo, nos demostró cómo un deportista puede agrandar su leyenda incluso en la derrota.

Equipo de refugiados

Eran solo diez, pero representaron a una población mayor a la de muchos de los países que concurrieron a Río. El Equipo de Refugiados, impulsado por ACNUR, debutó en Río con el objetivo de darle visibilidad y reclamar un mayor compromiso internacional para solventar la situación de un colectivo que aglutina a más de 65 millones de personas a los que la situación socio-política los ha obligado a huir de sus países.

Diez deportistas, diez historias escalofriantes y un nexo común: el deporte como pasaporte a una vida mejor. Los nadadores sirios Yusra Mardini y Rami Anis alcanzaron Europa, como otros muchos compatriotas, cruzando en balsa el Mediterraneo. Los judokas congoleños Yolanda Mabika y Popole Misenga encontraron en el judo una vía de escape en un centro para niños desplazado. Los atletas de Sudán del Sur Pur Biel, Anjek¡lina Lohalith, James Chiengjiek, Paulo Amotum Lokoro, Rose Lokonyen proceden todos del Campo de refugiados de Kakuma, en Kenia. El maratoniano etíope Yonas Kinde huyó hace cinco años a Luxemburgo tras ser perseguido políticamente.

Maialen Chourraut, Kristin Armstrong, Teresa Portela…

Aunque coincido con mi compañera Pilar Martínez en que poner única y exclusivamente el acento sobre el hecho de que una deportista sea madre tiene tintes machistas, que varias de la participantes en Río -algunas incluso campeonas olímpicas- lo sean es para mí un plus en su biografía deportiva. Lo es porque su ejemplo permite derribar esa falsa imagen del embarazo como una enfermedad y la maternidad como el declive de la vida profesional de una mujer.

Maialen Chourraut, Kristin Armstrong -que se ha colgado no uno, sino dos oros olímpicos tras ser madre y que cuando se preparaba para los Juegos se motivaba imaginándose junto a su hijo sobre el podio-, Marina Alabau o Teresa Portela -¡Ay, mi paisana Teri! Cinco diplomas, en cinco finales olímpicas, en cinco Juegos distintos- eligieron ser madres y demostraron que ello no era incompatible con mantener su estatus como deportistas de elite, a pesar de que ambos roles se ejerzan a tiempo completo. Lo sé, hay muchos padres “olímpicos” también -con Phelps y su retoño como ejemplo más mediático-. Pero disculpad que, como mujer y madre, sienta más empatía por mis congéneres conscientes tanto de lo que me cuesta a mí reservar una mísera hora de mi rutina diaria para practicar deporte como de lo complicado, ingrato y desalentador -incluso triste, a veces- que resulta compaginar mi carrera profesional con mi rol de madre.

Majlinda Kelmendi

La promesa de una vida mejor es el acicate que ha llevado a deportistas de países más desfavorecidos a cambiar de bandera y acabar defendiendo los colores de otras “super potencias” deportivas. La judoka kosovar Majlinda Kelmendi pudo seguir ese camino, probablemente el más fácil y cómodo, pero, por el contrario, rechazó ofertas millonarias y decidió permanecer fiel a la patria que la vio nacer y convertirse en la heroína de todo un país. Tras competir en Londres como parte de la delegación albanesa, llegó a Río como abanderada de Kosovo después de que el COI reconociese a la joven nación en 2014 y logró darle su primer oro. Una medalla que llena de esperanza a toda una generación criada bajo las bombas de una de las últimas guerras europeas.

Lydia Valentín

Asegura que su papel no es el de romper barreras, que los prejuicios que rodean a su deporte -la halterofilia- son fruto del desconocimiento. Por eso, convertir a Lydia Valentín única y exclusivamente a la haltera más “chic” del circuito mundial, en la joven coqueta que compite maquillada y que pone la nota de color -con sus diademas rosas, sus guiños a Hello Kitty y los corazones que forma con sus dedos- en una disciplina despojada del “glamour” de otras prácticas deportivas es regodearse en esos estereotipos de los que precisamente ella pretende huir. Es ningunear uno de los éxitos más rotundos del deporte español en Río y restar mérito a una medalla de bronce que, además, hace justicia a una deportista “legal” y es un canto al fair play.

El fair play de quien compite sin trampas, el fair play de quien en 2012 regresó de Londres con una cuarta posición y a la que, cuatro años después, la purga de la Federación Internacional de Halterofilia, que confirmó el dopaje de las tres halteras que la antecedieron en la clasificación, la convirtieron en virtual campeona de aquellos Juegos. Una campeona sin medalla, una campeona sin reconocimiento, una campeona a la que le robaron la gloria… pero una campeona que no se ha rendido hasta subirse al podio olímpico.

Santiago Lange, oro tras superar un cáncer de pulmón

No es muy habitual que varias generaciones de una misma saga de deportistas coincidan en una misma competición, pero a lo largo del último siglo esta circunstancia se ha repetido en varios Juegos Olímpicos. En Río pudimos verlo por partida doble: Los georgianos Nino Salukvadze -madre- y Tsotne Machavariani -su hijo- lo hicieron en pistola de aire; mientras que en las aguas de la Bahía de Guanabara son los Lange -Santiago, el padre; y Klaus y Teo, los hijos,– los que defendieron los colores de la vela argentina.

El progenitor de estos últimos, una auténtica leyenda en el mundo de la vela -campeón mundial en reiteradas ocasiones y bronce olímpico en Atenas 2004 y Pekín 2008- logró cumplir su sueño de colgarse al fin el oro y lo hizo, además, cuando todavía no se ha cumplido un año desde que en septiembre de 2015 fue intervenido de un cáncer de pulmón. Su puesta a punto para Río fue parte intrínseca de una recuperación en la que precisamente el apoyo de sus hijos fue uno de sus principales incentivos.

Pequeños gestos, grandes hazañas

Ninguna se colgó una medalla, pero la atleta neozelandesa Nikki Hamblin y la estadounidense Abbey D’Agostino se convirtieron en la viva estampa del espíritu olímpico protagonizando uno de los momentos más memorables de los Juegos de Río. Durante las series de 5.000 metros, un tropezón dio con ambas en el suelo. A pesar del dolor, la norteamericana ayudó a su compañera y rival a levantarse y siguieron la carrera sin opciones ya de clasificación. Durante su agónico recorrido, Hamblin le devolvió el gesto cuando D’Agostino flaqueó y juntas se fundieron en un abrazo tras cruzar la línea de meta. Su loable gesto fue recompensado por los jueces, que “repescaron” a ambas para la final, aunque la estadounidense, con rotura de menisco y ligamentos en su rodilla, no pudo disputarla.

Las historias de la gimnasia artística

Simone Biles maravillaba al mundo con su enésimo derroche de fuerza sobre el tapiz de Río pero, mientras que la estadounidense esperaba la nota que la encumbraría a lo más alto del podio individual de gimnasia artística, las cámaras de televisión se recreaban en las lágrimas de la china Shang Chunsong, a la que solo 116 milésimas la separaron de la medalla de bronce.

Con 20 años, buena culpa del aspecto aniñado de Chunsong, que apenas mide 1,40 metros y pesa 34 kilos, la tiene la desnutrición que acompañó sus primeros años de vida. Procedente de una de las zonas más pobres de China, la joven carga con una de esas historias de privación que duele solo de pensar en ella. Pasó hambre, frío y durante años caminó kilómetros para ir al colegio. Su familia y, sobre todo, su hermano -ciego-, lo dieron todo para que, con siete años, pudiese convertirse en gimnasta. Sus lágrimas encerraban horas de trabajo y una vida dedicada a convertirse en la mejor gimnasta de su país con el único propósito de conseguir un futuro mejor para su familia.

Chunsong lloraba de pena y, unos metros más allá, Simone Biles lo hacía de alegría. Estaba a punto de colgarse el segundo de los cuatro oros con los que Río la coronó como una de las reinas del deporte mundial. Como todos los deportistas brillantes, la chica de la eterna sonrisa acumula tantos éxitos como sacrificios.  Y lo hizo, como Chunsong, dejando atrás una infancia difícil y gracias a una “familia” ejemplar. Cuando solo tenía tres años, los servicios sociales le sacaron su custodia y la de sus tres hermanos a su madre, con problemas con el alcohol y las drogas. Su abuelo y su segunda mujer la adoptaron convirtiéndose en sus únicos, verdaderos y devotos padres.

La gimnasia artística nos dejó otro nombre propio de mujer. Ni Biles ni Chunsong habían nacido cuando Oksana Chusovitina se colgó el oro olímpico en Barcelona 92 como parte del Equipo Unificado -aglutinaba a gimnastas de la antiguas repúblicas soviéticas-. En una disciplina en la que con veinte años ya se es “veterana”, la uzbeka, a sus 41, compitió con ellas tapiz en Río en sus séptimos Juegos Olímpicos demostrando que la edad no ha de ser nunca una limitación. Se clasificó para la final de salto, arriesgó con uno de los saltos de mayor dificultad y, aunque no acertó en su ejecución, ello no la privó de acabar en la séptima plaza y recibir el homenaje de la comunidad gimnástica.

Love Actually

¿Quién dijo que los asiáticos son poco expresivos? La saltadora china He Zi no pudo contener las lágrimas cuando, tras colgarse la medalla de plata, su novio -también saltador y bronce en Río-, rodilla en tierra, le pidió matrimonio acompañando su derroche de romanticismo con una rosa y un anillo. Y es que los espectáculos deportivos son el caldo de cultivo perfecto para este tipo de declaraciones y los Juegos, evidentemente, el mejor de los escaparates. Pero ¡ojo! que el amor ha fluido en Río -y no sólo por algún que otro escarceo amoroso que rompió la concordia en alguna delegación o por los 450.000 condones repartidos por la organización (sí, has leído bien)-, y al enamorado de He Zí ya se le habían adelantado la novia de la jugadora brasileña de rugby Isadora Cerullo que abandonó su puesto como voluntaria para pedirle matrimonio ante las cámaras.

Son solo dos de las historias de amor olímpico de las que en el último siglo se han nutrido los Juegos.

Foto: Huffingtonpost

Comparte
Artículo anteriorSer madre mejora mi vida…
Artículo siguienteFollándonos a una entre los cinco

Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.

2 COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Introduce tu comentario
Introduce aquí tu nombre