Adicción al móvil, desafección a la piel

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Ayer el tráfico rutinario de vuelta a casa me llevó a detener el coche en un semáforo, junto a la marquesina del autobús. Allí seis personas de diferentes edades esperaban su llegada y el panorama general era hermetismo corporal, piernas más o menos cruzadas y entre las manos de cada cual su teléfono móvil. Había menos de cinco centímetros de distancia entre cada uno de ellos pero en realidad, cada persona estaba aislada del mundo exterior en su cubículo imaginario. Mientras el semáforo seguía  en rojo, hice un recuento rápido de mis amigos y pude confirmar lo que ya me temía:

  • Amigos con los que tomar una cañas, ir de compras, amigos a los que buscar en caso de necesitar físicamente un abrazo: los cuento con los dedos de las manos (y seguramente me sobra una)
  • Amigos en la distancia, que por una circunstancia u otra solo forman parte de mi día a día en formato digital: decenas y decenas.

Y la realidad es que salvo una honrosa excepción, me desahogo más con mis amigos “a distancia” (hayamos traspasado o no la barrera digital). De alguna manera siento que con ellos “soy más yo”. Sé que somos muchos los que compartimos este sentir.

Supongo que es así porque sabemos que mostrarnos con ellos tal cual somos no supondrá un obstáculo para nuestra vida. Podemos hablar con ellos de nuestra pareja con sinceridad, sin temor a que nuestros encuentros parejiles con toda la prole se vean afectados; podemos hablar de nuestros errores en la crianza sin miedo a soportar su mirada enjuiciadora o compasiva a pie de parque o puerta de colegio. Al final, las pantallas se convierten en nuestra coartada para ocultar parte de nuestra vida y de nuestra psique, y liberarla allí donde no nos compromete, previa selección del entorno digital, el grupo o la persona en la que las compartimos.

Esta realidad no sería problemática sino fuese por la omnidisponibilidad. Hacemos partícipes a los otros de nuestras vivencias y lógicamente, sentimos que debemos corresponder, y responder a sus compartires. Alentarles, animarles, escucharles, reírnos con ellos… Todo ello multiplicado por cada una de las personas que conforman nuestra vida digital supone una inversión en tiempo muy considerable, y lo que es peor, una quiebra continua de nuestra atención. Como ya explicó Susanna Tamaro, “de unos 20 años a esta parte, la irrupción de las tecnologías de comunicación instantánea ha quebrado por completo nuestra capacidad para mantener una atención profunda. Estamos pendientes, sí, pero solo a chasquidos superficiales, a timbres de teléfono, chirridos, lucecitas electrónicas; siempre listos para contestar, siempre localizados para todo el mundo y siempre con el pánico a perder ese cordón que nos mantiene conectados al mundo virtual que nos rodea. Pero este ser nuestro eternamente conectado nos ha llevado, como no podía ser de otra manera, a vivir en un estado de alerta constante”.

Utilizamos el móvil absolutamente para todo y lo tenemos de forma permanente cerca de nosotros. Nuestra parcela profesional y privada se fusionan peligrosamente con la consulta de mails y llamadas telefónicas de trabajo. En lo personal, estamos siempre listos para contestar a quien nos invoque o compartir de forma constante nuestras sensaciones, como en una especie de narcicismo narcotizante, embriagados de nosotros mismos.

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Esto supone un gran problema para la productividad en los trabajos, para el desarrollo de nuestros propios proyectos y por supuesto para la profundidad y la fluidez de nuestras relaciones vivenciales y tangibles. Contra esa omnidisponibilidad pretenden luchar los adeptos al mindfulness, toda un concepto psicológico en boga en el mundo del coaching.

El año pasado Matthew Abele dirigió un pequeñísimo cortometraje llamado “Pass the Salt” (Pásame la sal) que precisamente pretende invitarnos a bajar la intensidad de nuestra hiperconectividad para hacer posible la conexión real con las personas que tenemos más próximas a través de una escucha activa, plena y sincera.

Personalmente, cada vez me siento más presa de esa hiperconectividad. Me asfixia, aunque me atrae como la miel a las moscas. Es evidente que en el enorme reto de superar esta “condición” está la clave para tomar las riendas de nuestra atención, e impedir que por culpa de nuestra omnidisponibilidad con otros, acabemos abriendo fisuras en nuestras relaciones presenciales, construyendo muros y privándonos de la más genuina de las conexiones sociales: la que implica a todos los sentidos. Esa que supone el insustituible placer de vernos frente a frente y de tocarnos.

Y ahora si me disculpáis…

 

21 COMENTARIOS

  1. Para mí es indignante que hayamos substituido las relaciones personales físicas por las relaciones personales online. Y me considero adicta a todo lo relacionado con este mundo pero creo que hay que saber diferenciar muy muy bien. A mí me han invitado a una boda, me han anunciado un aborto, se han preocupado por una operación importante y me han felicitado por mi cumpleaños por whatsapp amigos íntimos e incluso familiares sin ni siquiera hacer una llamada o una pequeña visita. Personalmente pensaba que era algo de mi entorno pero te das cuenta que esto está a la orden del día y, o bien sigues la coerriente y te resignas o, como yo, empiezas a descartar a esa gente. Quizás sea un poco radical pero, sinceramente, lo último que nos queda es el contacto personal.
    Para todo lo demás, internet 🙂 Buenos días!

    • ¿Ves? Me parece increíble que lleguemos a ese punto que comentas. Utilizar el Whatsapp para felicitar el año o el cumpleaños a una persona a la que de otra manera no la felicitarías, no tiene nada de malo. Pero hacerlo así con personas de nuestro entorno más íntimo me parece aberrante, por no hablar ya de dar el pésame o invitar a una boda. La cuestión no es el qué, si no a quién. Se trata de que las tecnologías sumen y complementen, y que nunca sustituyan.
      Gracias por tu comentario
      Un saludo

  2. Con dos pollos adolescentes la verdad es que yo he acabado por relativizar y aceptar que las relaciones digitales han venido para quedarse. A mi me da que toda la vida en una parada de autobús los que esperan estuvieron siempre cada uno a lo suyo – o será que soy un poco zulu-, que el diálogo con los pollos va a depender de si en el día les toca estar despectivos, desinteresados, aislados, o, si hay suerte, coloquiales. Pero sin echar cohetes, que lo mismo se trata de intercambiar monosílabos. Que recibo más atención por whatsapp? Puede ser, pero al menos la recibo!
    Ahora en serio, quiero quedarme con las ventajas de las relaciones virtuales, y toda la gente a la que han acercado son una muestra de ello.

    • Yo no reniego de las relaciones digitales en absoluto. De hecho, gracias a las tecnologías, he tenido la oportunidad de conocer a gente estupenda que de otra forma no habría llegado a mi vida. De lo que reniego es de la hiperconectividad (y en esto hago autocrítica totalmente), de la quiebra de la atención y de la sustitución de relaciones tangibles por las virtuales. Lo que me preocupa es que las segundas vayan en detrimento de las primeras, no que se complementen.
      Gracias por aportar
      Besos

  3. Gracias a las nuevas tecnologías he llegado a añadir a los dedos de la mano, alguna amiga, además de todas esas personas que ahora estan en mi entorno aunque sea digitalmente. Pero tampoco interrumpo a nadie con quien esté hablando en persona para atender las rrss. Todo es cuestión de no perder el norte.

    En las paradas y esperas….seamos realistas y sinceros. Cuando no había internet en el móvil…qué hacíamos? mirarnos las uñas, al cielo, al libro, o concentrarnos en la musica con tal de no hablar con desconocidos.

    Ahora al menos, ese tiempo si se emplea en preguntar por wassap a gente que antes teniamos mas abandonada, qué tal su dia. Necesitamos relacionarnos, qué duda cabe. Y bien utilizadas, las tecnologías nos lo están facilitando.

    Saludos

    • Exacto, tú lo dices perfectamente. Se trata de no perder el norte, de mantener un equilibrio entre ambos mundos. En no desatender las relaciones presenciales por culpa de las virtuales. Yo creo que todos hemos presenciado estas sobremesas en los restaurantes en las que los hijos ya mayores están con móviles o tablets en lugar de hablar con sus madres. He oído a madres quejarse de que sus hijos chatean con sus amigos mientras tratan de hablar con ellos. He visto en el parque a padres y madres desatendiendo a sus hijos por estar pendientes del móvil. Y yo misma muchas veces me he quedado eclipsada por un conversación virtual, en detrimento de quien me reclamaba atención en el presente. Eso es lo que me parece peligroso y en ese juego estamos entrando demasiado. No critico las tecnologías en general, sino el abuso que podemos hacer de ellas en detrimento de nuestra propia atención o de relaciones “de piel”.
      En cuanto a la parada del autobús, no me cabe duda de que entre las seis personas que estaban allí, algunas se conocían entre sí. En cualquier caso, la estampa del autobús es la que me llevó a esta reflexión, pero todos los días veo parejas que mientras toman algo en un bar, no se miran a la cara… Es una imagen, una foto fija, quizá ya han conversado de lo divino y humano antes, pero cuando esa imagen la ves repetida una y otra vez, es inevitable hacer este tipo de reflexiones.
      No es más que una reflexión compartida sobre los límites de la hiperconectividad, no una crítica a las relaciones digitales o virtuales.
      Un abrazo y gracias por tu aportación.

  4. Todo en exceso es malo. Con la tecnología 2.0 puede pasar que dejes de tener vida “física” para vivir únicamente la parte en red. El día que mi madre me envió el primer whatsapp, pensé que el mundo estaba avanzando; ahora que se pasan los días sin que nos llamemos/veamos porque ya nos hemos enviado algunos whatsapp, pienso que igual no estamos avanzando tanto.
    Hay que saber diferenciar muy bien y la línea entre avanzar o retroceder, para muchos y me incluyo, es bastante difusa.
    ¡Buenos días de martes a todo el mundo!

    • Exacto, Arantxa, ese es para mí el mensaje, la reflexión y también la autocrítica que he querido compartir. Los límites de las tecnologías. Se trata de evitar que su uso no se convierta en abuso, que complementen nuestra vida social pero no la sustituyan ni tampoco pongan en peligro nuestra capacidad de atención.
      Muchas gracias por tu aportación
      Besos

  5. Bien sabes que me encantan las nuevas tecnologías, pero reconozco que me molesta cuando estoy hablando con alguien y se pone a mirar el móvil…ahí creo que ya estamos hablando de respeto.

    Yo por ejemplo no me considero adicta porque para empezar me olvido el móvil muchísimos días en mi casa jajaja y para seguir cuando estoy con amigos, con mis hijas o con mi familia no saco el móvil para nada (está en el bolso que es su sitio). También es verdad que yo misma me di cuenta hace un tiempo que estaba mirando el móvil más de lo que quería así que empecé a mirarlo menos con toda la intención.

    Creo que todos debemos hacer un esfuerzo consciente por no estar todo el día conectados al 100%…al principio cuesta un poco pero luego ya sale sólo.

    ¿que nos vamos a perder cosas del 2.0? seguro…pero yo creo que vale la pena

    • Esa es la reflexión, Pilar. Ponernos límites, algo que no siempre es fácil porque el mundo virtual es dinámico y profundamente atractivo. Pasan muchas cosas cada minuto y romper con esa estimulación no es fácil. Yo estoy en ese camino. Y como tú, hace mucho tiempo decidí que cuando estoy con mis hijos, estoy con mis hijos. Da igual que sea una hora o cinco o diez. El tiempo que tenemos para estar juntos, es para ESTAR de verdad, no solo en cuerpo sino también con el alma.
      Muchísimas gracias por tu aportación
      Besos!!!

  6. Querida mía, no dejaré impreso comentario alguno, más allá de citarte para dentro de un ratito, y conectarnos como lo hacemos a diario, sin necesidad de darle al clic. Bendita realidad….

  7. Creo que todo tiene su momento y lugar, debemos saber cuando y como hacer las cosas. A mi me saca de quicio hablar con alguien y que en cuanto le suena el movil pasa de lo que estamos hablando, incluso diciendo él o ella misma, para ver ese aviso.
    Tengo una amiga que “nunca se entera del movil” me da igual cuando la llame o la escriba, pero cuando estoy con ella tiene el teléfono pegado y en cuanto le pita lo mira corriendo… Que ha ocurrido? Que ya no me molesto en llamarla o escribirla ya si eso que lo haga ella.

    Es cierto que hay ratos en los que te salva esa conexión a las rrss o al whatsapp pero hay otros que deberíamos controlarnos y atender a quien tenemos en frente!! A este paso será todo tan digital que hasta las relaciones íntimas serán al estilo de la película de Demolition Man… Mu triste vaya

    Saludos!!

  8. A mí me da miedo quedar atrapada para siempre en las redes de la tecnología y dehumanizarme por completo. Es cierto reconozco en mí misma algunas conductas preocupantes, como estar charlando en Twitter mientras ignoro a mi marido. Pero por otro lado, puedo pasarme una semana con el móvil en silencio y mirarlo sólo esporádicamente para ver si alguien me ha contactado. Lo sé, soy una contradicción con patas y un caso difícil de diagnosticar.

  9. Pues creo que como todo en la vida, es cuestión de mesura. Yo no cambio el contacto directo, el piel a piel, aunque agradezco enormemente a la digitalización de las relaciones, porque las distancias y los tiempos se acortan gracias a ella… pero nunca, reemplazaran a lo otro.

    Por eso ando tan ausente, tan medida y me he hecho mi propia rutina de “desconexión” e impuesto mis propios ritmos también.

    Los que vivimos de y en las redes sociales no podemos caer en la trampa de la sustitución. Nunca.

    Un placer leerte, como siempre.

  10. Las redes sociales aportan la sorpresa y lo inesperado que muchas veces falta en la vida real. Ejemplo, esta página es más interesante que las conversaciones sobre gente del pueblo que no conoces.
    En mi opinión, lo que pasa es que las normas de educación son anteriores a los móviles y que deberían cambiarse para integrar estas nuevas tecnologías en la vida social

  11. Hubo un tiempo, cuando empecé a usar activamente las redes sociales y a escribir mi segundo blog, que me volví peligrosamente adicta a las redes. Enseguida llegó whatsapp y todo se complicó. He pasado muy buenos ratos gracias a todo aquello y compartido muy buenos momentos (muchos contigo) pero me dí cuenta que aquello no era normal ni sano. Dejé de leer libros, no me enteraba de cosas que me decían en casa y mis hijas se quejaban de que estaba siempre con el móvil. Afortunadamente eso pasó a la historia. Aunque sí que, en mi (absurdo?) afán de hacer mil cosas a la vez y aprovechar cada milisegundo de la vida, uso los tiempos muertos de desplazamientos, colas, y demás para contestar y mirar mensajitos.

    Siempre tan lúcida Vero.

    Muchos besos

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