Qué he aprendido siendo madre

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Antes de empezar, y siendo hoy el día que es, permitidme un minuto de silencio por todo el amor que ayer no pudo ser celebrado como merecía. Por todas aquellas personas que por distancia geográfica, amores no correspondidos, destinos fatales u otros intrincados motivos tuvieron que brindar a solas a pesar de querer bailar por San Valentín.

Y de amor he venido a hablar hoy, del más puro que existe: el que sentimos por nuestros hijos. Ese amor que no está sujeto a condiciones ni a vaivanes emocionales. Ese que la rutina no consigue ahogar, precisamente, porque con ellos no hay rutina ya que están en permanente cambio. Sin embargo, nosotras desde nuestra vida rutinaria, a veces somos incapaces de ver lo rápido que crecen y lo pronto que su infancia se desliza entre nuestros dedos.

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Por eso hoy hago recuento de las enseñanzas que he recibido de mis hijos y de la propia maternidad durante estos diez años de vida juntos y de la metamofosis que ha provocado en mí:

  • Ser madre es una ciclogénesis existencial. A veces no lo ves aunque el vendaval esté zumbándote en el oído, pero al final las turbulencias te llegan en ondas más o menos cortas. En mi caso, la primera consecuencia fue ponerme a estudiar una oposición, pues fue la única manera que vi de ser madre como yo quería. Pero a ese punto de inflexión le han seguido otros muchos, en los que la maternidad me ha servido como espejo en el que mirarme y ver mi desnudez como nunca antes.
  • El segundo punto de inflexión que me trajo la maternidad fue la revisión crítica (a veces demasiado) de los esquemas de crianza heredados y no pocos desencuentros con mi propia madre por ello. Le sobró susceptibilidad y me faltó empatía. A pesar de ello, conseguimos que las aguas volviesen a su cauce y ahora solo puedo echarla de menos.
  • Ser madre te lleva a conectar con la niña que fuiste. Es increíble cómo las frustraciones o reacciones de tus hijos (exageradas a ojos de la adulta que eres) ante sus desengaños reabren viejas heridas en ti si eres capaz de abstraerte de tus prisas y problemas, y pones la mirada a su altura.
  • En la misma línea, cuando eres madre se te permite hacer el majareta sin miedo a que te tachen de loca: tirarte por un tobogán, bailar encima de una silla, revivir la magia de la Navidad, tumbarte en la alfombra a hacer la croqueta o volverte loca con las acuarelas.
  • La maternidad lleva de la mano una invitada a la que no esperabas, pero que te va a acompañar ya hasta el fin de tus días: la vulnerabilidad. Tus hijos se convierten en tu talón de Aquiles, la fuente de tus desvelos. Nada que pueda ocurrirte en primera persona va a preocuparte la mitad de lo que lo harán los miedos y peligros que, al menos en tu mente, acechan a tus hijos.

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  • Descubres que la magia existe. En la adolescencia, esa época terrorífica donde el impulso vital que nos guía es desmontar todo lo que hace especial la vida, habías dejado de creer en la magia. Todo se convirtió en bleh, porque lo que molaba era ser pasota. La maternidad te trae de vuelta el apasionamiento por la vida: desde la increíble sensación de alojar a un bebé en tu interior y verlo salir de ti, hasta que subsista seis meses alimentándose de tus senos, pasando por procesos increíbles como que aprendan a hablar o leer, o se haga preguntas sobre la naturaleza o el mundo que nos rodea. Esas pequeñas grandes cosas hacen retemblar tus esquemas. Las piezas del puzzle encajan y la propia existencia parece cobrar un sentido especial.
  • Ser madre te hace entender el sentido de la dependencia y el vínculo. Desde el primer momento eres plenamente consciente de que la vida de tus hijos depende de ti y de su padre, y que por ello la tuya no podrá ser nunca ajena a esa realidad. No digo que sea peor, es simplemente que será diferente. Nunca volverás a tomar decisiones sin pensar en si les afecta y cómo les afecta. Se convierten en un parámetro de tus elecciones de forma automática, y en ocasiones en nuestra compleja sociedad, motivo de dolorosas renuncias.
  • Como ya dijo Lavoisier para referirse a la materia, los problemas en la maternidad no se crean ni se destruyen, solamente se transforman. Cada edad en la vida de nuestros hijos conlleva sus hitos, momentos críticos y aprendizajes. Es algo de lo que generalmente con el primer hijo te das cuenta tarde. Te pasas el tiempo deseando que sea “un poquito más grande”, que sepa andar, luego hablar, que te deje dormir del tirón, que corra, que pueda entretenerse solo algún rato… Y cuando te des cuenta ya se habrá hecho muy mayor, tanto que entonces no dormirás por sus salidas nocturnas, sus secretos, su  rendimiento escolar, su actitud o sus nada deseables compañías (bajo tu parcial criterio).

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  • Cuando eres madre, aparece una nueva sensación de bienestar: ser la última en acostarte para disfrutar de verlos dormir, arroparles y darles besos, y que sean ellos quienes te despierten por las mañanas. Una sensación de paz antes desconocida te envuelve.

Así que, como ocurre con los mandamientos, todas estas enseñanzas para mí se encierran en dos: intentar ser el mejor modelo para nuestros hijos y, a la vez, procurar disfrutar de la maternidad como proceso único de revolución interior que es.

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