Una serie de catastróficas desdichas… domésticas

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¿Sabéis eso que dicen de que, en ocasiones, las mascotas se parecen a sus dueños? Pues, a veces, las parejas también acaban mimetizándose. Y no me refiero a esa proceso del que todos hemos sido testigos alguna vez cuando un amigo/amiga, al emparejarse, acaba convirtiéndose en un “mini yo” de su novio/novia. No, yo me refiero más bien a esa mutación profunda que muchas personas acabamos experimentando cuando vivimos con un congénere y que va más allá de modas, gustos, creencias políticas/religiosas o “coletillas” en el habla. Un trastorno que se instala en lo más profundo de nuestro subconsciente amenazando con alterar esas cualidades que nos definen como persona. Últimamente, como si de un zombie se tratase, temo que mi Paco, de naturaleza descuidada y como todos recordaréis un marido de alta demanda, acabe por inocularme el virus ese que lo convierte en blanco fácil para todo tipo de incidentes/accidentes/desdichas domésticas a cada cual más peculiar.

nokia

En el último medio año, hemos padecido entre ambos la rotura de seis pantallas de teléfono móvil. Dos de ellas, de forma consecutiva, en dos terminales distintos y en menos de 48 horas. Hemos llegado a ese punto en el que Murphy se carcajea en nuestro rostro cada vez que un teléfono se precipita de nuestras manos. Da igual que tengan carcasa, da igual que los protejamos con cristal templado, el adoquín siempre encontrará la forma de impactar con una esquinita de la pantalla desde la que desencadenar la catástrofe.

Los móviles, ahora que lo pienso, siempre han sido un imán para las catástrofes en esta familia. Mi Paco acumula tantas y tan variopintas desgracias con un terminal entre las manos que si las relato en cadena a veces es difícil creer que puedan ser ciertas. Su primer y venerado Nokia acabó pulverizado en la autopista después de que lo dejase olvidado en el techo del coche tras repostar gasolina.

Si el hombre suele tropezar dos veces en la misma piedra, mi marido se ha especializado en hacerlo de forma repetitiva. El triste final de su Nokia lo compartió el tapón del depósito de gasolina de su querido Seat Ibiza, también conocido como esa-caja-de-Pandora-hecha-coche. Sí, ese Seat Ibiza al que un desalmado le lanzó un pedrusco desde un puente y abolló el techo como si un meteorito hubiese impactado contra él. El mismo que acabó varado en las dunas del aparcamiento de la playa. Aquel al que -¡en dos ocasiones!- se le desparramó la salsa de un lacón asada por los asientos. El que llegó a tener ambos espejos sujetos con cinta aislante y en el que el retrovisor se despegaba de la luna casi todas las semanas. Ese Ibiza en el que, o funcionaba la radio, o funcionaba la calefacción, pero que con ambas a la vez cortocircuitaba.

llaves

No os creáis que el mal fario al volante se esfumó cuando cambiamos el coche, ¡qué va! Las llaves de mi pequeño Ka le cayeron por el hueco del ascensor y en otra ocasión llenó su depósito de gasóleo cuando el coche era de gasolina. Así que fue haciendo una “fumata blanca”, en punto muerto por la autopista -menos mal que era cuesta abajo-, hasta la siguiente salida. El siguiente vehículo familiar impactó contra la barrera del telepeaje en la autopista, perdió su luna trasera dando marcha atrás en el garaje y rodó sin control -ni freno de mano-casi cien metros mientras que mi Paco echaba una carta al buzón. Milagrosamente, paró por sus propios medios para asombro de conductores y viandantes al llegar a un semáforo y sin haber impactado antes con nada. Cuenta la leyenda, porque afortunadamente yo no estaba presente, que el protagonista de este artículo entró silbando en el vehículo como si no fuese con él la cosa.

Silbar y hacerse el sueco se le da especialmente bien cuando suceden estas cosas. Cuando se olvida las llaves en el ascensor, en el buzón o, directamente, en la puerta de casa ¡por fuera!, dejándome a mí encerrada dentro y sin posibilidades de salir, acosando a los vecinos por el telefonillo para que me rescatasen. O cuando me fui a trabajar y el duchó, vistió y bajó a las niñas al parque pero, ¡oh! ¡sorpresa! olvidó ponerle bragas a una de ellas.

También silbó, o más bien silbamos, cuando durante unas vacaciones, tras una parada en la playa a cuarenta grados, los hospitalarios vecinos de aquel pueblecito de la costa Dálmata nos saludaban efusivos. ¡Joer! Con el calor asfixiante que hacía antes del baño y lo fresquitos que íbamos después en el coche… ¡Cómo para no ir, si recorrimos casi dos kilómetros con el maletero abierto mientras la gente trataba de advertirnos! No nos saludaban, no… ¡hacían aspavientos!

basura

Pero no hablemos de coches ni de hijos, hablemos de nuevo de móviles, que es el tema estrella en el que nos hemos especializado últimamente. Como os podéis imaginar, cada vez que recibo una llamada a deshora me pongo en lo peor ¿qué habrá ocurrido ahora? Todavía estamos gestionando con el seguro de la casa el arreglo de la pantalla del último móvil malherido y esta tarde ha sonado el telefonillo: “Me acaba de caer el móvil de sustitución -de sustitución, este dato es clave, porque ni siquiera es el suyo- en el contenedor del cartón al tirar la basura”. ¿De verdad? ¿Es posible? ¿Dónde está la cámara oculta?

Si recuperar cualquier cosa de un contenedor es de por sí un asquete -y lo digo por experiencia, porque en otra ocasión ya lanzó la bolsa de la ropa y metió en el coche la de la basura-, hacerlo de un contenedor de cartón, con su mini ranurita, es una misión imposible. “¡Mándame a la niña -pequeña- para abajo con una linterna!”. “Este está muy de coña”, pensé mientras montaba el gabinete de crisis y nos plantificábamos toda la familia, en harapos-de-andar-por-casa, en plena avenida, a las ocho de la tarde, en hora punta.

“Ni de coña vas a meter a una de mis hijas ahí. Ya me va a dar bastante vergüenza llamar a los de la empresa de limpieza para pedirles que rescaten el móvil, como para explicarles que también se me ha quedado la niña dentro”. Pero ¡claro! después de verlo a él meter el brazo y acto seguido la cabeza y, ante la posibilidad de que acabase convertido en un titular en Upsocl– “La cabeza de un hombre se atora en el contenedor mientras trata de recuperar su móvil” o “13 signos que demuestran que usted es imbécil”- permití que la niña -la mayor, la que se apunta a un bombardeo- probase fortuna.

car
Marido subiendo al coche que rueda solo en punto muerto…

Un brazo, la cabeza -“¿Ves algo, cariño?”-, medio cuerpo dentro  y, al final, cuando solo le quedaban las pantorillas y los pies fuera de la ranura, cuando pataleaba como un dibujo animado, cuando estábamos a punto de rebasar ese punto de no retorno en el que tirar para atrás ya no es posible ¡Eureka! encontró el puñetero móvil perdido. A distancia, la esquirola pequeña, que es la más lista de todos, había puesto tierra de por medio con el resto de la familia para que los transeúntes extrañados no la relacionaran con nosotros.

Tras este resumen entenderéis que, al menos, yo pueda vivir tranquila porque mucho tengo que cagarla -y a veces lo hago- para llegar a su altura. ¿Y vosotros? ¿También sois un imán para los desastres domésticos?

Fotos: Pexels y Pixabay

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Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.

3 COMENTARIOS

  1. Os hago la ola. A tu Paco, porque tantos despropósitos juntos parecen imposibles para el común de los mortales. Y a ti, por la gran paciencia que debes tener…

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