El día que acudí a un reflexólogo

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Yo me consideraba una persona descreída respecto al mundo de las medicinas alternativas-tradicionales, pero como todo en la vida, no crees hasta que ves. Y vaya si vi, ¡las estrellas y el firmamento entero! Pero vayamos por partes.

Llevaba casi un año con un dolor del tipo “sordo” y del fenotipo “continuo” que empezaba justito en la ingle derecha y se irradiaba por toda la pierna hasta el tobillo. Según los médicos no era ciática, no era desgarro, no era NADA. El dolor era un ente abstracto para nuestra amiga Seguridad Social, pero para mí era una cruel realidad.

Una aciaga mañana en la oficina, mi inseparable compañera de fatigas (never better said), se ofreció a llevarme rauda y presta hasta la noble villa de Soria, allá donde habitan algunos seres del tipo “de pueblo”, y del fenotipo “artes ocultas”.  Comenzó a hablarme de la pericia del señor, de los tullidos que ante sus ojos habían salido de la consulta del buen soriano hechos un brazo de mar. Pero me advirtió: “es tocarte el pie y querrás morir, pero eso sí, no te volverá a doler”. Y lo negó hasta tres veces, como Pedro. “No te volverá a doler”. Yo seguía escéptica, pero pensé: “si solo cobra la voluntad, ¿qué puedo perder por dejar que me toque el pie?”.

Concertamos la cita y esperé pacientemente la llegada del día D.

Salió un sábado soleado y mi amiga llegó puntual a recogerme. Yo me sentía guay, como quien va de excursión.

(He ahí una realidad de madre: cualquier salida con otra persona del tipo adulto, fenotipo amiga, te parece un despiporre por naturaleza, sin importar el dónde o el qué)

 

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La menda de camino a Soria, así, pletórica surcando la carretera

 

De vez en cuando restallaba en mí como un látigo sus frases “duele de narices”, “ves las estrellas”, y yo la miraba con cara de “ajáaaa” (¿sabéis qué cara digo, no?), pero para mis adentros estaba descubriendo a mi amiga como una blandengue. Por mucho que duela, – pensaba yo- te está tocando el pie y por encima de la media. “No puede ser para tanto”, me repetía a mí misma una y otra vez.

De repente, me vi en frente de un bloque de edificios corriente y moliente, llamando al interfono. Una voz como de ultratumba contestó al otro lado del aparato y ahí empecé a venirme abajo. Mi mente comenzó a adelantar acontecimientos: la voz profunda de Gloria Serra en “Equipo de Investigación La Sexta” sonaba en mi cabeza sin remedio. “El anciano utiliza-ba toddddo tippo de tretas para embaucarrrr a sus víctttimas”. Era como si estuviese viendo uno de sus reportajes sobre timadores y sanadores chungos, pero en este caso la pardilla… ¡era yo!

Cogí aire antes de meternos en el ascensor, por si acaso.

La puerta del piso estaba abierta. Una voz desde lo profundo nos animó a entrar. Ante nosotras, una casa amueblada para una película de Almodóvar con las paredes llenas de crucifijos. Llegamos hasta la habitación del fondo, la que era claramente la de las “visitas”. En otra estancia, quizá la cocina, un hombre tosía sin tomar aire, y entre esputo y esputo, carraspeaba haciendo temblar hasta el último pelo de mi cuerpo. Parecía que llegaba su hora. Mi acojone era máximo. Mi amiga se reía (tensa) en un fútil intento de quitar hierro al asunto. Las cámaras tenían que estar a punto de llegar. Cerré los ojos y lo deseé con fuerza…

Ya por fin, pañuelo en mano, el reflexólogo del tipo dinosaurio, del fenotipo Coelophysis, entró a la habitación y empezó sin prolegómenos con mi amiga. La sentó en una silla sencilla y él se acomodó en frente sobre una banqueta estilo María Antonieta.

Él no pregunta qué te pasa, qué te ocurre. Nah. Eso es de ignorantes.

Él empieza a deslizar su mano rápidamente por todos los recovecos de tus pies, mientras espera ávidamente la reacción de su paciente, escudriñando en su mirada.

 

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Así son los movimientos del anciano reflexólogo

 

“¿Te duele ahí?”, le decía, mientras mi amiga empezaba a chillar. Noooo… Va a ser que está emulando a la Caballé… Y entonces él se regodeaba en esa zona del pie y le diagnosticaba el problema (estrés, tensión de la muñeca, espalda…) Y ahí estaba yo mientras los gritos de mi homológa empezaban a subir de decibelios. Hummmm… “Pero si ella ha venido a acompañarme, si no le dolía nada… “ Reconozco que empecé a asustarme seriamente, pero no quería creer lo que estaba viendo. Buscaba argumentos del tipo… “¡Pero si ha parido! ¿cómo puede tener el umbral del dolor tan bajo? Hay que ver cómo se pone por unos pellizquitos!

Y por fin llegó mi turno.

Me senté en la sillica de plástico, con mi dolor sordo y continuo pero sin darle ninguna pista a nuestro amigo. Le miré desafiante en plan “Ajáaaa” (ya sabéis a qué cara me refiero) dando por sentado que no iba a ser capaz de averiguar y mucho menos de arreglar mi dolencia.

Ahí estaba yo, recibiendo un masajito en los pies que estaban cubiertos por unos pantys a través de los que se clareaban mis pelillos (OMG!!!) y en esos pensamientos estaba cuando de repente…

 

 

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¡¡F*CK, FU*K, FUC*!!! 

 

“Tienes ciática”– sentenció sin paños calientes. “Te va a doler un poco, ¡eh?”

Al principio quería mantener intacta mi dignidad… No creía lo que estaba pasando. Miraba su mano y solo estaba TOCANDO mi pie. No hincaba la uña, no lo pellizcaba… Hasta donde mis ojos llegaban a ver, era solo un masaje. Sin embargo, un dolor profundo estaba atravesándome el pie como si me clavase un puñal una y otra vez (dolor que conozco por todos los puñales que me han clavado XD)

Al principio, como respuesta a sus “caricias” yo solo me retorcía un poco, cerraba los ojos y apretaba los dientes, así como un híbrido entre La Panto y Britney Spears.

 

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Marino de luces… Mec***en toloquesemenea 

 

Pero aquéllo fue subiendo de intensidad, y subiendo….

Y subiendo….

Y SUBIENDO

Y empecé a dar patadas al aire (y al soriano) que ríete tú de Fu Manchú. No eran premeditadas ni vengativas, eran como una especie de acto reflejo, una suerte de espasmos primarios. Le pedí disculpas y me vi a su merced como una niña que se avergüenza cuando el pediatra le da un toque con el martillo y su pierna se escapa de la órbita.

Empero, el remordimiento por mis patadas me duró poco, amigas. Justo lo que él tardó en separarse prudentemente de mí y seguir con sus “masajes”.

¡A tomar vientos la mesura, la compostura y la honrilla de trimadre!

 

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 Dándolo todo, a LÁGRIMA VIVA

 

Sin descanso, entre mocos, lágrimas y gritos pasé el rato en casa del soriano.

¿Pero sabéis qué? A los dos días me percaté de que el dolor había desaparecido TOTALMENTE y hasta hoy. ¡Os lo prometo, palabra de Tri!

¿Será la reflexología cosa de meigas?

¿Habéis tenido alguna experiencia parecida?

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10 COMENTARIOS

  1. Ay compañera de fatigas..estoy en un mar de risas (a lágrima viva). leerte ha sido sentir de nuevo los masajes esos, que son como cristales clavados hasta el garganchón. Y tú poniendo en duda mi umbral del dolor eh¡¡¡¡ Lo cierto que es que fue como llevarte al matadero, pero del que saliste más que viva (y sobre todo recuperada). Hay que volver, antes de que nuestro particular mediquillo cierre definitivamente y baje la persiana por jubilación forzosa. Esta vez avisa a la parroquia y montamos un microbus..lAh, y por cierto, lo de los esputos de bienvenida podías habértelo ahorrado. Ahora más que nunca entiendo el eslogan de SORIA NATURAL..y tanto. Saludos.

    • Jajaajajajajajajjaa!!! Lo de los esputos era fundamental para contextualizar a los lectores, jamíaaaaa.. Que cuando digo que me temblaban las canillas (ERRR.. bueno, los troncomuslos), es LITERAAAL!!! Pero ya sabes, te estaré agradecida FOREVER!!
      Me alegro de haber sabido reflejar nuestra experiencia religiosa. ¡Hay que repetir, sí!
      Besazos

  2. Sí, me pasó una experiencia igual. Me empezó a doler el pie izquierdo, de ahí subía el dolor por toda mi pierna y la cadera. Apenas podía mantenerme del dolor. fui a varios fisios de mi pueblo y nada de nada, q tenia fascitis plantar me decian, q se podia curar pero q volveria…. No se curaba.. Me dijeron de un osteopata de Albacete, q decian era infalible, me sacaba una pasta en cada visita, decia q era un caso atipìco, q nunca le habia pasado, y nada de nada. 8 meses estuve yendo al osteópata… Al final fui a una chica q cobraba la voluntad, yo si creo en estas personas mucho pero no sabia a quien acudir…. La chica por teléfono ya me comentó lo q tendría. Fui a ella y en 20 minutos, de un dolor tremendo, me curó. Luego fui un par de veces más y curada. Me he pasado casi 2 años en saber lo q era mi pie, en poder llevar cierto calzado pero al fin está bien.

  3. Jajajajajajajaja….. Si es que hay terapias que funcionan….
    Yo experiemento, cada menos tiempo de lo que querría, el osteópata, pero aunque en este país no, en otros países de Europa está reconocido como carrera universitaria…. Así qué nada de crucifijos, pero sí títulos universitarios en las paredes!
    Un besico, querida!

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