El miedo a la soledad (en los tiempos de Tinder)

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Un sol de justicia en la calle. Mis manos apoyadas en la falda de cuadros escoceses. Los rayos adentrándose por los agujeros de las persianas y alumbrando de forma inquietante los ojos de la profesora, confiriéndole un aspecto casi robótico. La Prehistoria, la Edad Antigua, la Edad Media, la Edad Moderna y la Era Contemporánea. Recuerdo perfectamente lo que pensé en ese momento: “¿seguro que desde la Revolución Francesa a nuestros días estamos viviendo en la misma época? ¿De verdad la vida entonces se parecía sustancialmente a la nuestra?”.

Eso de lo que ya dudaba a los doce años se ha convertido para mí en una certeza adulta.

Cuando los humano(ide)s del futuro estudien este momento dentro de unos cuantos siglos, y por lo tanto ganen en perspectiva histórica, creo que se darán cuenta de que la revolución digital ha cambiado nuestras vidas lo suficiente como para suponer el inicio de una nueva era.

No nos relacionamos igual. Y no me refiero solo a la propia existencia de las aplicaciones móviles y las redes sociales, a cómo se gestan las nuevas relaciones y cómo se mantienen. No solo estoy aludiendo al “amor en tiempos de Tinder” ni a las amistades que nacen con un retuit o un comentario en un grupo de Facebook.

Me estoy refiriendo a qué provoca las relaciones, qué las mantiene, qué las consume y qué las hace desaparecer.

Nuestra era ha sido calificada por Zygmun Bauman como “Modernidad Líquida”. A diferencia de la infancia que les tocó vivir a nuestros padres, la mayor parte de los que ahora tenemos veinte, treinta o cuarenta años hemos crecido con (casi) todas las necesidades cubiertas. Nuestra época se caracteriza por “las innovaciones constantes de toda la industria del entretenimiento y de la comunicación, en la cual los aparatos son permanentemente superados por tecnologías más novedosas, y por ello, desechados los anteriores. Esto produce que no sea necesario que lo que se fabrica sea duradero porque el avance de ‘las novedades’ hace que las cosas resulten obsoletas incluso antes de dejar de funcionar”.

Esta filosofía que parece solo referirse al modo en que nuestra sociedad consume tecnología, se extrapola a cómo adoptamos en general nuestras decisiones de consumo (compramos barato, por impulso y muchas veces sin cubrir una necesidad real), e incluso ese modelo va mucho más allá, y modula la forma en que percibimos y valoramos las relaciones que tenemos con los demás.

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Reevaluamos continuamente nuestros afectos, de modo que sometemos a una lista de pros y contras nuestras relaciones con otras personas buscando constantemente nuestro propio beneficio o bienestar. Muchas veces son reflexiones casi inconscientes las que nos llevan a apartarnos de personas que han dejado de tener “razón de ser” en nuestras vidas, bien sea porque ya no compartimos un espacio común o porque nuestras vidas han cambiado y ya no existe esa conexión que nos unía.

Consumimos relaciones y vamos dejando cadáveres a nuestro alrededor. Estas amistades de “usar y tirar” van acompañadas de un replanteamiento casi constante de nuestro lugar en el mundo, de lo que hacemos, de aquello a que le dedicamos la mayor parte de nuestras vidas, de con quién compartimos nuestro tiempo.

Cambiamos de trabajo, de actividades, de deporte, de casa, de ciudad, de cortinas, de amigos. Nos enfadamos con nuestra familia, nos alejamos, nos encerramos, nos divorciamos, vamos al psicólogo, nos abrimos otra vez, tejemos amistades nuevas, nos apuntamos a pilates, salimos a correr, entablamos una nueva relación sentimental, se resquebraja y volvemos a empezar.

Este movimiento desenfrenado e insaciable nos lleva hacia ¿dónde? porque nuestros sueños no son constantes, vamos buscando nuestro bienestar, ese mismo que nos empuja a cambiar la trayectoria pero que no nos lleva a un destino fijo. Es como si fuésemos un conejo persiguiendo una zanahoria que cuelga de nuestra propia cabeza.

Ha cambiado nuestro sistema económico. Ya no es solo lo que producimos, es la información que manejamos. En la época del “big data”, de Google, del autodiagnóstico médico, de la compra online, el “yomimeconmigo” es la nueva neurosis consumista: la industria cosmética, el deporte y la ingente cantidad de disciplinas que nos prometen un gran cuerpo en una mente equilibrada, el auge de las teorías psicológicas más variopintas, la meditación, las dinámicas de grupo y los talleres de constelaciones. Todo un mercado dirigido al individuo porque “solo nos necesitamos a nosotros mismos para ser felices”.

Somos tremendamente individualistas y hedonistas. Pero, ¿realmente estamos haciendo lo mejor para nuestro bien? ¿Dónde están nuestras certezas? ¿Dónde crecen nuestras mallas de seguridad? ¿De verdad no necesitamos a los demás?

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Es una especie de delirio colectivo de individualismo (valga la aparente contradicción) y de narcisimo.

Siguiendo la metáfora de Zygmun Bauman, somos líquidos porque estamos en constante adaptación a nuevos contextos, relaciones, espacios, trabajos. Cambios que a veces nos vienen impuestos, pero que en otros muchos casos son fruto de nuestras elecciones, de nuestro deseo de romper, probar, conocer, experimentar, explorar(nos). Se nos olvida sin embargo que los líquidos no tienen consistencia, que si se rompe el recipiente que los contiene se desparraman y se vuelven irrecuperables.

En palabras de Gilles Lipovestsky, “el amaestramiento social ya no se realiza por imposición disciplinaria sino que se efectúa por autoseducción. Los trastornos narcisistas no se presentan con síntomas claros y bien definidos, sino más bien como «trastornos de carácter» caracterizados por un malestar difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de la vida, una incapacidad para sentir las cosas y los seres”.

Huimos de los sentimientos, del compromiso, de las ataduras. Queremos ser libres de las imposturas ajenas pero caemos presos en la red que nuestro propio ego, que nos captura y dinamita.

Miedo.

Da miedo vislumbrar una sociedad sin certezas, poblada de autómatas que no ven más allá de su propio ombligo, infelices y vacíos en sus cuerpos perfectos. Provoca terror imaginar una sociedad sin valores humanos, como la solidaridad, el compromiso, la confianza, el apego, el cariño mutuo.

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Vértigo. Vacío. Miedo. Abismo.

A veces quisiera romper con todo, huir, refundarme. En otras ocasiones, solo quiero certezas. Una malla de seguridad a la que dormir abrazada. Una mano que me acaricie la cara antes de dormir y me bese en la frente.

Recuerdo esa falda de tablas escocesas, mis pensamientos esa tarde en clase de historia acerca de si realmente la época de la “libertad, igualdad, fraternidad” es la nuestra. Y recuerdo vívidamente el bienestar que me producía en aquella época que mi madre me arropase todas las noches y me dejase la ropa bien estirada encima de la silla para que encontrarla preparada a la mañana siguiente.

Soy líquida como resultado de la sociedad que nos ha tocado vivir. Pero cada día tengo más claro que quiero relaciones sólidas a las que aferrarme y con las que dar cobijo a los míos, porque mi felicidad está en el punto intermedio entre la libertad y la seguridad. Necesito agarrarme al amor para mantenerme a flote.

Seguiré haciendo equilibrios.

 

Imágenes vía Pexels y Unplash

4 COMENTARIOS

    • ¿Verdad? Yo es que a raíz de las pérdidas en mi vida, me lo planteo mucho. Vamos por la vida como si fuésemos autosuficientes, pero la realidad es que nada tiene sentido si no tienes con quién compartir el día a día.

      Abrazo!

  1. Felicidades por tu artículo. Es una reflexión profunda digna de ser llevada a las clases de secundaria en estos tiempos que corren, o ¿deberiamos decir “fluyen”?. Me ha encantado. Lo volveré a leer.

    • Los tiempos fluyen… cierto. Y nosotros hacemos lo que podemos por el camino. Gracias por tu comentario, Imma. Un placer leerte.

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