Mis abuelos son los mejores

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¿Sabéis que tienen en común la tortilla-de-patata-de-mi-madre y los abuelos? Que los nuestros siempre son los mejores. Sí, se mire por donde se mire, no nos podrían haber tocado unos abuelos mejores. Hayamos tenido más o menos trato con ellos de niños, no existe nadie en el mundo que te pueda llegar a hacer sentir tan, tan, tan, especial como una abuela o abuelo con su amor y devoción incondicional. Así que vamos a ponernos tiernas homenajeando a los nuestros.

Merak

Con seis abuelos -cuatro de ley y dos postizos- que he tenido la suerte de disfrutar hasta la edad adulta, ¡anda que no me va a costar dar solo un ejemplo de por qué mis abuelos son los mejores del mundo! Si me pongo sentimental os diré que no hay nada que me aporte mayor paz interior que poder devolverle a una de las abuelas que me queda viva un mínimo de los cuidados que ella me dio durante toda mi vida ahora que apenas queda en ella nada de lo que fue salvo, precisamente, la huella que ha dejado en nosotros.

Pero como de lo que se trata es de mirar a la vida con una sonrisa puedo confesar que mi abuelo M. hacía fumar a mi muñeco preferido y -lo peor- es que a mí eso me encantaba. También hacía jaulas para grillos con juncos y me llevaba y traía a clase en su Vespa. Su mujer, L., es probablemente la persona que más me haya consentido en el mundo porque para ella yo era, sencillamente, perfecta -icono de carcajada-. Una me consentía y la otra me cumplía caprichos, así que “Madri” desafió la tiranía paternal y nos regaló un perro por Navidad, me grababa mis series preferidas y amenazaba con darme un “taconeo” que nunca ejecutaba. Nunca conoceré a nadie más generoso. Su hermano P., mi otro abuelo postizo, era la bomba. Siempre lo recuerdo viejo, maniático… y entrañable, con los toros y protestando porque no le dejábamos ver “el parte”. Y L. y P… ellos eran los abuelos jóvenes y postmodernos, los abuelos que no parecían abuelos. Los que estaban de juerga, ponían pocas normas y en su casa siempre se cantaba.

Sara

abuelos Walewska

Mis abuelos maternos fueron unas de las personas más entrañables del mundo y aunque hace diez años que se marchó mi abuelo y seis mi abuela me sigo emocionando cada vez que pienso en ellos. Fueron jóvenes de espíritu hasta que murieron y genio y figura. A mi abuelo lo llamaban “el Almodóvar” porque se dedicaba a grabarlo TODO con su cámara de vídeo. Todo es todo. Sus grabaciones eran infumables pero las recuerdo con muchísimo cariño. Iba siempre con camisas de flores y calcetines con sandalias y aunque en su momento me parecían un horror hoy las recuerdo hasta con cariño. Mi abuela cosía mucho y bien. Era divertidísimo verla super orgullosa de todos los nietos y de Aldara, mi hija mayor que fue la única que conoció. Para ella, todo lo hacía bien. Los dos eran generosos (una vez hicieron chocolate con churros para 600 personas gratis sólo porque yo se lo pedí), trabajadores, familiares y felices. Con 75 años se iban de campamentos y se disfrazaba cuando tocaba. Cuando celebraron los 50 años de casado hicieron una fiesta en el barrio y acudieron unas 200 personas. Eran muy queridos y especiales, no sólo para nosotros.

La única duda es si son los mejores ellos o los abuelos mejores son los que tienen mis hijas. Esa es la única discusión posible. Cuánto los echo de menos…

Ruth

Yo he conocido a dos abuelos, dos abuelas, dos bisabuelas y un bisabuelo. A los tres últimos, siempre los recordaré viejitos. Las bisabuelas, con el pelo blanco y recogido en un pequeño moñito primero y luego muy corto, en sus últimos años. Recuerdo arrugas en todas partes y batas negras como vestido. Y creo que nunca las vi con zapatos (puede que nunca las viera fuera de su casa…) Mi bisabuelo nos legó el gusto por el chocolate para hacer en trocitos, que fue un básico en su alimentación en el final de su vida, en casa de mis abuelos maternos.

Mis abuelos, los cuatro, me cuidaron durante largas temporadas en mi infancia. Pasábamos los veranos en el pueblo, mi abuelo A. vivió con nosotros durante años en Soria. Recuerdo el sillón de mimbre donde se sentaba y me leía cuentos al volver de trabajar. Mi abuela H. fue modista, mis tías dicen que tengo mucho de ella (aunque creo que no he dejado salir la creatividad que me transmitió). Mi otro abuelo A. falleció sin que pudieramos despedirnos, así que desde entonces, el tiempo que pasé con mis abuelos y los momentos que comparto con mi abuela, son oro. Sí, mi abuela A. está divinamente, disfruta de sus tres biznietas, vive sola y es feliz. ¿Qué he aprendido de mis abuelos? A vivir cada momento con plenitud.

María José

Mi abuela

En mi caso, viví a mis abuelos tanto paternos como maternos de una manera muy presente. Pero sin duda, fue la figura de mis dos “yayas” la que me acompañó durante mucho tiempo. Cada una de ellas me aportó lo mejor que tenían. Una fue mi cómplice, mi “ocultadora” de aventuras. Una mujer adelantada a su época: culta, erudita, amante de la innovación. Siempre dispuesta a escuchar mis cuitas amorosas. Hoy seguro que tendría su cuenta de “gmail”.

La otra, fue mi compañera de piso, renegona, fuerte, discutidora, nada cariñosa en el gesto, pero sin duda, la persona que más me influyó en mi vida. Verla cómo se desmoronaba, cómo se hacía pequeñita, cómo mantenía el tipo cuando ya ni recordaba quién era ella, me hacía llorar por las noches. Era pequeña y me encantaba ir a su casa los viernes a dormir. Me acurrucaba a su lado, y me dormía sintiéndome protegida y segura. Aún cierro los ojos, y la veo con sus labios rojos, sus cejas perfiladas y ese aspecto impecable.

Tener abuelos, y poder haberlos vivido y aprendido de ellos fue sin duda una gran experiencia.

Pilar

De mis cuatro abuelos de sangre, sólo pude conocer a dos. Pero mi abuela materna “postiza” fue la mejor abuela que nadie ha podido tener. Ella tenía un nombre cariñoso para cada uno de sus nietos y era capaz de hacernos sentir especiales a pesar de estar todos juntos al mogollón. A mi me llama “perla fina” o “perla del Turia” y yo ni entendía lo que significaba, pero me sentía genial cuando me lo decía.

Mi abuelo materno era el hombre más culto que he conocido jamás. No había un libro que no se hubiera leído y tenía una biblioteca INMENSA. Lo mejor de todo es que me dejaba sus libros y me recomendaba los mejores según mi edad o mis gustos personales. Me encantaba escucharlo hablar de cualquier tema, con su lenguaje pausado y tranquilo, siempre nos estaba enseñando cosas aunque no pretendiera hacerlo. Su salud de hierro lo abandonó un día y se fue de sopetón. Tres meses después nos dejó su mujer porque no quería vivir la vida sin su hombre. Ahí fui testigo de que una persona puede dejarse morir y conseguirlo.

En cuanto a mi abuela paterna (porque a mi abuelo no tuve la suerte de conocerlo) era una mujer menuda, muy menuda, pero con una fuerza que achantaba al que hiciera falta. Hacía el mejor arroz al horno del mundo pero como a mi no me gustaba, me cocinaba macarrones 😉 La conocí enferma de mil achaques, pero nunca dejó de hacer cosas: ayudar a su hija en la peluquería, cocinar para todos, cuidar a sus nietos si hacía falta. Tenía una fortaleza que ya la quisiera yo para mi.

De todos mis abuelos he aprendido cosas importantes. Todos se fueron hace ya muchos años, pero aún así dejaron una huella importante en mi vida.

Let

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Por los avatares de mi pasado solo he tenido abuelos maternos pero tuve la enorme suerte de vivir con ellos, así que valieron por todos. Mi abuelo Enrique era el que nos consentía y nos daba los caprichos. Llevaba la bondad en la palabra y el mar en la mirada. No puedo contar muchas cosas concretas porque se fue demasiado pronto. A los once y medio me pasé varios dias llorando, sin querer jugar ni casi hablar porque se había marchado. Fueron quince días de hospital que recuerdo como oscuros porque a las  niñas se nos contaba poco. No me llevaron a su entierro y es algo que siempre me pesa en el alma. Su mujer, Antonia, siempre fue más arisca y menos apegada pero tiró de nosotras cada vez que mi madre no llegaba. Con el paso de los años hemos labrado una relación tremendamente especial, cosas de vivir hasta los treinta y dos en casa, y ahora cuando la veo cada vez más chiquitita en las visitas me muero de la pena. Qué tirano es el tiempo y qué cruel la edad. La foto es de 1984, de uno de los pocos viajes que hicieron solos. No es la mejor, ni la más bonita, pero escenifica perfectamente la personalidad de cada uno. Y está en mi salón porque siempre me acompaña.

Fotos: Sara (propia), María José (propia) y Let (propia)

2 COMENTARIOS

  1. Hoy me habéis hecho emocionar. Yo, por circunstancias de la vida, casi no tuve trato con mis abuelos paternos pero mis abuelos maternos valían por dos y nunca eché en falta tener dos abuelas y dos abuelos. Mi abuelo era cariñoso, poco antes de morir aún se tiraba por el suelo para jugar con mi hija. Nos hizo montones de juguetes de madera. Tenía una paciencia de santo y era bueno, muy bueno. Y mi abuela, qué pena el declive de los últimos años. Siempre recordaré lo poco que me gustaba que me hiciera cosquillas en el pecho a ver si me habían crecido ya las tetas pero cómo me hacía reír cuando me lo hacía. Y sus macarrones. Y sus croquetas, que no las he vuelto a probar igual de buenas. Mi abuela pudo conocer, por poco tiempo, a mi hijo. Me apena que mi abuelo no le conociera. Yo también les echo de menos.

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