Primero, tu mascarilla

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marcarilla

Tu mascarilla, lo primero. Luego ya, si eso… Obviamente, no hablo de mascarillas faciales, ni de consejos de maquillaje, ni de tips de belleza. Hablo de pura supervivencia. En el avión están hartos de recordárnoslo. Lo que pasa es que, como somos unos listillos, nadie atiende a los aspavientos de la pobre azafata. Pero decirlo lo dicen: que te coloques primero tu mascarilla y luego (y solo luego) ayudes a los demás.

Y es que, llamada a socorrer a tus cachorros y en tu afán de protegerlos, corres el riesgo de caer inconsciente antes de terminar la operación rescate. Por eso, por el bien del resto, sálvate tú primero. Solo luego podrás ayudar.

Iba a decir que de los mártires no hay nada escrito (más allá de su martirio, claro). Pero no se trata de martirio o no martirio. Aquí se trata de pragmatismo puro y duro. Y ahora ya, amigas, salgamos del avión que se acabaron las vacaciones (o casi).

Si tú no estás bien, nada bueno harás por los demás

tristeza
Anímate, mujer, que nadie puede hacerlo por ti

Por lo tanto, ocuparte de tu bienestar, no es un acto egoísta, ni banal sino… me atrevería a decir, que es hasta un gesto altruista. Un beneficio para la sociedad, en general, y para tu familia, en particular.

Esto lo dices hoy, tras haber martirizado a un par de amigas con tus preocupaciones. En tu estado plasta, te desconoces. Te odias. Te gustas mucho más cuando eres la payasa frívola que hace reír al resto o que ríe hasta el llanto y la afonía. Prefieres que crean que no te preocupas por nada, a mostrar tu lado oscuro y desprotegido. Aunque has de admitir, que en esos momentos te hace bien (mucho) sentir que tus amigas te arropan. Sentir que aprecian hasta tu faceta más insoportable.

Sí. Tú. Tonta. Que te atolondras. Que quieres llegar a todo para… Lo cierto es que ya ni siquiera sabes muy bien para qué. Ya no te produce satisfacción llegar a todo y cumplir con todas esas expectativas. Principalmente, las autoimpuestas.

¿A qué viene todo esto? Atrás queda una semana de júbilo y alboroto en que has sufrido tres crisis de ansiedad (o dos y conatos varios, que no sabes cómo se contabiliza esto), en tu estúpido empeño de cumplir con todo. Esa punzada que te atraviesa el pecho, del esternón a la vértebra correspondiente, que te obliga, de repente (y con lo mal que te va, oye) a frenar. A ponerte en horizontal forzada. A cerrar los ojos y rezar bajito para que ese dolor no sea un infarto, que en nada llegan los invitados al cumple del peque y es, francamente, un mal momento para palmarla.

Si tiene que ser… oye, pues que sea por lo menos pasada la fiesta. Tras soplar velas, abrir regalos y buscar tesoros pirata para golosos.

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Tumbada en la cama, escaneando el techo, descubres un par de telarañas…

Atrapada en tu propia red, no puedes dejar el tiempo correr sin hacer nada. Así que aprovechas la pausa para repasar mentalmente: ¿Velas suficientes? ¿Servilletas de pirata? ¿Pinchos? ¿Zumos? ¿Globos? El tesoro con las golosinas. ¡Mecachis! Todavía te falta dibujar el mapa del tesoro. Una merienda sencilla para pocos críos, tampoco vayas a creer…

De nuevo, la punzada.
Alto.
Detente.
¡Pero detente del todo, te digo! Detén incluso tu pensamiento.

Tratas de concentrarte en tu respiración y de no pensar en nada más. NADA MÁS.

A la mierda las velas, los vasitos de papel y las patatas chips… Aquí estás tratando de sobrevivir. Escucha a tu cuerpo. Tu corazón parece un tanto perdido y late como desacompasado. ¿Es realidad o paranoia? Ya no lo sabes muy bien pero, por si acaso, tú rezas para que no se detenga. No hoy. Rezas para no tener que gritar y pedir ayuda (joder! y recuerdas con espanto, que estás completamente afónica, así que nadie va a oírte).

Delega, mujer, delega

let-it-go
Let it gooo… Let it goooo…

Recapitulas y compruebas que lo has hecho. Esta vez incluso has delegado: Tarta por aquí, magdalenas por allá… esa mano amiga de última hora. Pero no es solo lo de hoy. Es el ritmo de las últimas semanas. Demasiados acontecimientos. Demasiadas emociones, cambios y rupturas. La intendencia habitual, más la gestión de todos esos cambios que se avecinan. Tantos cambios y novedades, tantos flecos sueltos que solo intentar enumerarlos agota.

Parece que aminora pero cuando intentas levantarte… ¡Todavía duele!

Cierras los ojos y te entregas. Te entregas al dolor. Te entregas al susto o lo que sea. Porque no sabes lo que te está pasando (aunque lo intuyes que, a estas alturas, tal vez puedas ya descartar el infarto). Respiras. Solo respiras y no haces nada más que respirar. Te amorras con fuerza a tu mascarilla de oxígeno invisible, la maldita punzada te sigue atravesando el tórax, te cuesta respirar y te preguntas: ¿Para qué? ¿Cual es el premio? ¿Hay premio? ¿El premio es la satisfacción de sentir que cumpliste todos los retos?

Hasta que se te pasa.

No del todo pero lo suficiente como para seguir queriendo darlo todo en cada pequeña proeza. Proezas que no se pagan, proezas que no se ven. La sensación de la misión cumplida por insignificante que sea.

Dos días después, todavía da coletazos (aunque la afonía y la tos la arrastrarás todavía un par de semanas más).

Entonces, reflexionas y descubres que cuando tú estás bien, todo está bien. Eres resolutiva y todo funciona. Risas. Aplausos.
Cuando tú no estás bien, todo se derrumba. Se producen broncas, aparecen temores inesperados, los problemas se convierten en irresolubles… Es la hecatombe.

Te paras y lo escribes, para recordarlo, para no olvidarlo… y hasta te sale una rima:

Cuando no estoy bien,
nada lo está.
Quiero estar bien,
quiero ser zen…
Y hoy la zen-a, hermosos,
os la hacéis vosotros.

Cuando se te pasa, vuelves al circo de tu vida. Constatas que no vas a dedicarte a la poesía y a correr… Hasta el próximo aviso. Porque a estas alturas no vas a cambiar. ¿O sí?

Fotos: Pixabay y Nuria P (encabezado)

5 COMENTARIOS

  1. […] Que sí, que no me lo estoy inventando, que yo también pensaba que nunca podría dejarlo pero no lo dudes tú también puedes dejar de fumar. Si eres fumadora y quieres dejarlo, probablemente estarás leyendo esto y pensando que te voy a dar la clave para que conseguir acabar con ese hábito tan dañino sea algo sencillo, pues lo siento pero no es así. No tengo ninguna fórmula mágica ni pócima secreta, la única clave para dejarlo eres TÚ MISMA. […]

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