Recuerdos de Navidad

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Estamos a un paso del inicio oficial de la Navidad. Unos la odian, otros la aman… y otras somos fans (que es un grado superior). Dejadnos hoy, sin que sirva de precedente, ponernos un poquito nostálgicas y recordemos esas cosas que recordamos con más cariño de nuestras propias navidades. Nos encantaría que en los comentarios nos contarais vuestro momento navideño más especial.

Las gimkhanas de regalos, por Sara

Regalos navideños
Mi madre siempre ha sido una persona a la que le ha gustado mucho hacer regalos, mucho más que recibirlos. Y por eso es una exagerada: comienza a comprar regalos en septiembre (o antes) y cuando llega el día de Nochebuena la casa queda inundada. Cuando éramos pequeñas yo recuerdo con especial ilusión las gimkhanas buscando regalos. Además de todo lo que ponía debajo del árbol, que era una barbaridad, había un regalo escondido en algún lugar de la casa. Había que ir siguiendo las pistas y era genial la emoción de encontrarlo.

Ahora lo que me parece genial es mirar la cara de mi madre cuando nos ve abriendo los regalos. Eso sí que no tiene precio.

Las visitas de Papá Noel, por Nat

papanoel
Y os preguntaréis que tiene tiene de especial la vista de Papá Noel si es algo de los más normal en Navidad. Os cuento. Cuando era pequeña en Nochebuena siempre cenábamos fuera, en casa de algún familiar. Por eso Papá Noel decidió que a nosotros nos repartía los regalos de los primeros, en el turno de tarde. Y no sé cómo se las apañaba pero un piso de apenas 70 metros cuadrados, colocar los regalos con toda la familia pululando no era nada fácil, os lo puedo asegurar. Pero recuerdo esa tarde como una de las más divertidas de cada Navidad, esperando ansiosa su regalo deseando pillarle in fraganti colocando los regalos.

La zambomba de mi bisabuela, por Nuria

abuelita-zambomba
Hablar de la Navidad y no hablar de mi bisabuela sería no hacerle justicia a la mujer que me regaló sus rasgos. Mi Navidad infantil está estrechamente ligada a una familia chillona, ruidosa, besucona y zambombera. A la cabeza, la bisabuela más dicharachera de la huerta murciana. Una abuelita que nos enseñó el valor de lo soez y del refranero español. Que ahora la gente se pirra por la meditación y el Mindfulness pero eso es porque no tenían una bisabuela que los pusiera a desenredar madejas. “Esto es pa que estés a lo que hay que estar.” Con ese ejercicio simple me enseñó el significado del estar presente. Y presente estuvo ella en todas esas navidades de jolgorio, avisando siempre de que esa iba a ser la última, hasta que acertó. Mi recuerdo de Navidad: mi bisabuela y su zambomba.

Los tigres, por Ruth

mejillones tigres
Soy muy mala comedora. Me lo decía mi madre (vale, me lo dice todavía) y ahora lo digo yo, consciente de que lo soy. Así que en las comidas de festejar, paso de mariscos y sus derivados, de muchos de los embutidos raros, de las salsas, los espárragos, la sopa de pescado, el pescado al horno y el asado. Por eso, los tigres de mi abuela Herminia, eran casi todos para mí en Nochebuena. Comiendo pan (el del pueblo siempre está más bueno) y con un plato de tigres aguantaba hasta los turrones. Desde que falleció mi abuela, mi tía Raquel ha tomado el testigo y nos hace unas croquetas que están de vicio: exclusivas para los malos comedores.

Los nervios de la noche de Reyes, por María Jardón

Reyes Magos en camellos
Si hay un recuerdo que tengo grabado de la Navidad son los nervios que pasaba la noche de Reyes. He de confesaros que no era por el tema de los regalos (que también) si no porque les tenía bastante respeto a sus majestades de Oriente. En mi casa siempre me dejaban alguna señal de que habían estado en mi habitación durante la noche o se me quedaba la cara pintada de negro por un beso que me había dado Baltasar (si lo sé, me lo tragaba todo); o Melchor me dejaba una nota debajo de la almohada (firmada y todo por supuesto); o un trocito de turrón que se había dejado Gaspar en mi mesita de noche. Una noche incluso recuerdo haber visto pasar una de sus capas por delante de mi puerta… Así que, como os podéis imaginar hacía todo lo posible para no dormirme y pillarlos in fraganti entrando en mi habitación, más que nada para poder gritar como una loca llamando a mis padres.

El caldo del día de Año Nuevo, por Let

caldo-navidad
Si tengo que elegir uno mi recuerdo de Navidad es, sin duda, el del caldo del día de Año Nuevo, ese caldo reconstituyente que te ponía el cuerpo en orden después de la cogorza de Nochevieja. Mi recuerdo es sensorial, creo que podría reconocer ese olor en cualquier parte y es que, como si de una viñeta de cómic se tratara, se colaba por debajo de la puerta cerrada de mi habitación hasta llegar a mi nariz y hacerme salivar como el perro de Paulov. Os diré que no se trataba de sopa, no, no, solo una o dos tazas de caldo, que hasta hace poco preparaba mi abuela y que ahora prepara mi madre, bien calentito antes de empezar a comer. Tal es mi afición a ese caldo que el único año que la mujer que me dio la vida decidió no hacerlo le “cayó” bronca. Las tradiciones son para mantenerlas.

Que nadie arruine nuestra navidad, por Merak

chihuahua
La salud de los abueletes se había resentido aquel año y, entre uno y otro, habíamos pasado prácticamente todo el mes de diciembre en el hospital. Estábamos resignados a que sería así también en las Navidades y que, por primera vez en nuestra vida, no las pasaríamos los cuatro -mis padres, mi hermana y yo- juntos, pero los astros se aliaron a nuestro favor y, contra todo pronóstico, a los abuelos les dieron el mismo 24 de diciembre. La Nochebuena se presentaba idílica hasta que, justo antes de la cena, al anciano, queridísimo e idolatrado perro de mi abuela comenzaron a darle espasmos mientras dormía en el sofá. Solo mi hermana y yo estabamos en el salón. Nos miramos y no hicieron falta las palabras. Una cogió una manta y la otra asintió: “Si la palma, lo tapamos y que nadie se entere hasta mañana“. Suena cruel, pero no lo fue tanto y, afortunadamente, el perro solo sufrió un ligero ataque de ¿asma? y se recuperó para dar por saco amenizarnos durante toda la cena.

Fotos: Pixabay, Flickr, Mejillones Tigre de Ilovetapas

6 COMENTARIOS

  1. Chicas, que me han encatando todos vuestros recuerdos, gracias por ser tan generosas y compartirlos. Lo de la gimkhana de la casa de Sara me hubiera gustado vivirlo a mí (y la de la casa de María, que sé yo que en su casa también se hacía) y la visita de Papá Noel es magia pura, pero la abuelita de Nuria me ha enternecido el corazón. Mucho. Un beso enorme compañeras. Y felices fiestas. ¡Os quiero!

  2. A mi me pasaba como a Maria Jardón. Aquella noche era mágica. Pero también la de Nochebuena, saber que Papa Noel llegaría mientras cenabamos y me dejaría algo en mi cuarto. Mis padres no me dejaban levantarme de la mesa si no había acabado de comer/cenar, asique aquella noche entre tanto plato no había manera, ni diciendo que quería ayudar… no colaba! Jajaja. Tengo 28 años y aún le pregunto a mi madre como se apañaba para meter los regalos a mi cuarto esa noche y que no sonase la puerta, porque mi puerta sonaba mucho y yo la dejaba cerrada a conciencia jajajaja. Pues nada, la mujer no me lo dice.

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