… y lo metió en casa

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“Y lo metió en casa, qué loca.” Llevo días escuchando esta frase y cuantas más vueltas le doy más me preocupa que pensemos así.

Os voy a contar un secreto: Yo un día… ¡metí a un tío en casa!

Nos conocíamos de vista desde hacía un tiempo y habíamos coincidido en alguna fiesta pero habíamos tratado relativamente poco. Fue una relación que surgió de repente y creció con rapidez. Tras un par de salidas con amigos y un mes de intercambiar emails, quedamos para tomar unas cervezas. Otro día lo invité a cenar…

Ese tío desconocido que metí en mi casa, con quien vacié una botella de vino (y compartí manjares ibéricos que escandalizan hoy a la vegana que brega por manifestarse en mí) podría haber sido un psicópata perverso o un asesino en serie… Ese, por aquel entonces cuasi extraño, es hoy el padre de mis hijos.

¿Os cuento lo que me preocupa? Me preocupa el peligro que entraña la frase “Y lo metió en casa”.

Miles de mujeres están, en estos momentos, metiendo a un tío en casa. Algunas relaciones evolucionarán, otras terminarán tras un par de encuentros. Unas serán grandes historias de amor, otras nos harán crecer. Muchas nos harán sufrir, nos harán pensar, nos inspirarán, nos harán ser mejores personas, nos enseñarán a compartir o a defender lo nuestro, nos harán pelear por lo que creemos justo. Durarán más, durarán menos pero, por suerte, serán muy pocas las que acaben con un hecho violento, como la tragedia que nos sacudió hace unos días.

Cuando escucho “y lo metió en casa,” me echo a temblar

¿Cuántas veces hemos escuchado aquello aquello de “no me lo puedo creer, si era un muchacho la mar de normal”. Desconocemos cuál es el detonante de ciertos comportamientos (una enfermedad mental, psicotrópicos… a saber. La mente es tan compleja). El caso es que… estas barbaridades que suceden a nuestro alrededor dan taaanto miedo. Da tanto miedo pensar que nuestro vecino/amigo/tío, que es la mar de normal, de repente pueda cometer una atrocidad, que necesitamos ponernos a salvo como sea. ¿Y cómo lo hacemos? Pues como siempre: alejándonos, tratando de diferenciarnos de la víctima. Sí, sentimos compasión pero pronto empezamos a buscar “dónde cometió el error”, “qué hizo ella que yo jamás haría”, para así conseguir tener la tranquilidad-espejismo que da el pensar “yo lo habría hecho de otra manera y, por tanto, estoy a salvo”. Dicho al revés, “tendría que haberlo hecho de esta otra manera, para que no le hubiera pasado eso”.

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Con la frase “y lo metió en casa” estamos, implícitamente y sin darnos cuenta, culpabilizando a la víctima de su suerte. Haciéndola responsable de la fatalidad que la arrolló. Siempre volvemos a lo mismo. “Algo habrá hecho ella” necesitamos urgentemente encontrar el fallo en la víctima para sentir que a nosotros no nos puede pasar. “Claro, si no se hubiera vestido así”, “Claro, si lo hubiera metido en casa”… vamos que indirectamente ella es la responsable de la barbarie porque, claro, a quién se le ocurre.

Vamos, que tú que me estás leyendo jamás has metido en tu casa a alguna persona que no conocías en profundidad (el técnico del gas, el arquitecto que revisa las obras de la comunidad, el presidente de tu escalera, un amigo de un amigo…) Porque, exactamente, ¿cuál es el tiempo prudencial que hay que esperar para meter a alguien en casa?, ¿cuándo podemos considerar que conocemos a alguien? ¿quince minutos? ¿siete tardes? ¿La vida entera?

Nosotras hemos confiado

Hemos confiado igual que otros confían y podemos darnos con un canto en los dientes por la suerte que hemos tenido. ¿No os parece? Tal vez, lo que deberíamos hacer es dar gracias por esa suerte nuestra, en lugar de responsabilizar a los desgraciados contra los que se ha cometido una atrocidad. Que bastante tienen con lo que tienen. ¿No?

Cualquier persona que invite a otra a su casa se expone. Se expone también el que acude a una cita. Uno se expone a que el otro le haga daño y, si eso sucede, la responsable es la víctima… ¿por exponerse?

Para no andar por ahí expuestos, deberíamos circular en una burbuja de cristal. O no salir de casa jamás. Nos pasamos el día expuestos a merced de los demás, a merced de la casualidad, a merced de la fatalidad. Y a veces… nos topamos con ella.

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BASTA.

Las víctimas son víctimas. Y una madre a la que le violan y asesinan a una hija (algo tan salvaje y tan brutal) ES UNA VÍCTIMA. No puedo imaginar dolor más grande. Esta mujer no duerme, ni dormirá jamás, pensando en lo que podría haber hecho o haber omitido. No va a haber descanso para ella. Va a culparse de todo lo sucedido el resto de su vida y, por si eso no fuera suficiente, ahí vamos todos a cargar contra ella, porque se expuso, porque confió en otra persona.

Confiar en el prójimo te hace vulnerable. Si confías en las personas, te pueden pasar cosas pero… ¿en serio la solución es un mundo de desconfianza?

Creo que lo que deberíamos hacer es clamar justicia por la niña fallecida y rezar porque jamás nos encontremos en una situación tan terrible, tras la cual la sociedad nos juzgue sin saber a ciencia cierta lo que pasó. Sin sentir jamás nuestra pérdida como nosotros la sentimos.

Ojalá jamás tengamos que comernos nuestras propias palabras.

Imágenes: Aditya Rakhman, Iqbal Saggu, Rodrigo Paredes.

10 COMENTARIOS

  1. “Si confías en las personas, te pueden pasar cosas pero… ¿en serio la solución es un mundo de desconfianza?”
    Brutal, Núria… Aquesta te l’agafa prestada

  2. Hasta ahora no había escuchado esa terrible frase para este caso, quizá no he leído suficiente raro sobre el tema, pues me da bastante desasosiego. Y es que no me entra en la cabeza que haya gente que culpabilice a esta chica. Terrible. Y gracias por sacarlo a relucir y dejar las cosas claras.

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