miércoles, diciembre 8, 2021
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Lecciones que aprendí de mi hija y de su equipo de baloncesto

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Miramos poco a los niños. Bueno, no. Mirar los miramos mucho. Estamos muy atentos a ellos, a que no les falte de nada, a cubrir todas sus necesidades, a darles e, incluso, adelantarnos a lo que precisan… Los miramos, los cuidamos, los mimamos, nos desvivimos por ellos, pero a veces se nos olvida que la relación es bidireccional y que ellos también tienen mucho para enriquecernos.

Mi hija ha empezado a jugar este año al baloncesto. Solo tiene nueve años, pero ya resulta «demasiado» mayor para iniciarse en cualquier práctica deportiva, en un momento en el que los niños se encauzan hacia una u otra disciplina cuando apenas se sostienen en pie. Así que le ha tocado aprender a marchas forzadas infinidad de conceptos técnicos ya no para no desentonar entre los niños de su misma edad, sino para intentar seguirle el ritmo a otros mucho más pequeños. Ha sido un proceso difícil para ella, a veces desalentador, pero que ha (y hemos) disfrutado y, sobre todo, del que yo he aprendido mucho. Gracias a ella y a su equipo he aprendido…

Que los miedos se superan… solo hay que querer e intentarlo

Pocos de los niños que debutaron en el primer partido de liga disfrutaron ese encuentro. Era tal el temor por hacerlo mal que muchos incluso rehusaban salir a la cancha. Da igual que tengas 9 años, 18 o 40, por naturaleza, tememos a lo desconocido. Y ese temor suele ser nuestro mayor lastre, el freno que nos impide avanzar. Tanto si tenemos miedo a lo desconocido como, sencillamente, a equivocarnos, a cometer un error, la única forma de superarlo es enfrentarnos a ello: querer e intentarlo. Las consecuencias de nuestros fallos nunca pueden ser tan malas como no haberlo intentado siquiera.

Que siempre hay que ser generoso en el esfuerzo

Da igual que fuese el minuto 1 o el 39; da igual que fuesen ganando o perdiendo de 20… ellos nunca escatimaban en su esfuerzo. Siempre lo daban todo. Y esa es para mí la mejor filosofía para andar por la vida. Podrás acertar o equivocarte, fracasar o tener éxito en tu cometido, pero cuando pones todo el empeño en ello, cuando lo das todo, siempre podrás sentirte satisfecho.

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Que se trata de disfrutar del cómo no tanto del para qué

Ni os imagináis la cantidad de partidos en los que al acabar los niños no sabían ni cómo habían quedado. No tenían la noción, ni siquiera cuando resultaba muy evidente, de quién había metido más canastas. Durante cuarenta minutos lo importante era el juego, no el resultado. El objetivo era el baloncesto, no la victoria. La razón de ser del partido era jugar, no el triunfo. Concentrarse en el proceso y no en la finalidad era lo que les permitía disfrutar realmente. Y es que ya sabéis lo que dicen, que lo importante no es llegar, si no disfrutar recorriendo el camino.

Que la vida se disfruta gracias a sus pequeños placeres

«El árbitro abuelete que me ata los cordones y me dice que lance fuerte los tiros libres, chocar las cinco cuando metemos canasta, cuando nos ponemos en fila al final del partido para saludar al otro equipo, que abuela me haya hecho una manta del color de la equipación para taparnos en el banquillo, que la camiseta lleve mi nombre, que la madre de Maripili nos dé Donetes al final de cada partido…» Esos son los pequeños placeres que mi hija ha sacado en limpio esta temporada. ¿Acaso dar valor a los pequeños detalles no nos hace disfrutar realmente más de la vida?

Que reconocer el mérito ajeno hace crecer a uno mismo

Son pequeños, pero tienen el suficiente criterio como para reconocer quién destaca sobre el resto y asumirlo con naturalidad. Si alguien es bueno y está en nuestro equipo, somos mejores y todos salimos ganando. Todavía no están lo suficientemente maleados como para que ello les cause envidia. Es en el otro lado de la cancha, en la grada, donde los adultos convertimos al que destaca en alguien «especial» y, lo que es peor, en «especial» por oposición a los que no lo son. Para ellos, por el contrario, el que es bueno, los hace a ellos mejores.

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Que la rivalidad agota, nos roba fuerzas y no resulta divertida

Con nueve años, la amistad es como un chicle que se estira y se encoge a conveniencia. Amigo es ese niño con el que comparte pupitre desde primero de infantil… pero amigo es también ese otro al que apenas ha visto un par de partidos vistiendo la camiseta de otro equipo. No hay parque que visitemos en el que no encontremos a alguna «amiga» con la que jugar como si fuesen íntimas. «¿Y a esta niña de qué la conoces?», pregunto. «¿Cómo? ¿No te acuerdas de ella? Pero si juega en las -póngase aquí el nombre de cualquier equipo-«, contesta airada por mi falta de memoria. No hay colores, no hay recelos, no hay dudas, no hay ni una neurona dedicada a comeduras de coco -«¿le caeré bien?», «Me mira mal», «Tiene pinta de estirada»…-. Es una niña de mi edad, hemos coincidido en una cancha y podemos pasar un buen rato juntas. Cero complicaciones. ¿Os imagináis cuántas fuerzas ahorraríamos los adultos estableciendo relaciones tan fácilmente y de forma tan sana?

Que no se trata de ser «el mejor», sino mejor que uno mismo

-¿Te lo has pasado bien este año jugando al baloncesto?

-Sí, muchíiiisimo. Aunque sigo siendo muy mala.

-¿Eres mejor que al principio de temporada?

-(Risas)… Mami, ya pillo por donde vas.

Fotos: Pexels y Pixabay

María L. Fernández
Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.
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14 COMENTARIOS

  1. Hoy me pillas floja con el tema, Merak… Y necesito saber como conseguir que mi hija supere su miedo a hacerlo mal en el escenario del concierto de guitarra esta tarde a alas 17:30. ¿algún consejo express?

    • yo creo, Ruth, que lo que tenemos que hacer es perderle el miedo al miedo… y para perderle el miedo a ese miedo que tú dices, hay que salir al escenario a las 17:30, apretar los dientes y tocar la guitarra para comprobar que… después de tanto sufrir no ha sido tan terrible.
      ¿Y? ¿Cómo ha ido? 🙂 Cuenta, cuenta!

      • Pues fatal… ha salido al escenario pero a lo fácil, a tocar en grupo. Y como no ha tenido que perderle el miedo a estar ella sola tocando (y sus compañeros detrás, no pienses en un escenario gigante y ella sola con un foco, nooo), pues tan chula ella 🙁

        • Llego tarde, pero lo que siempre les digo yo a mis hijas en las actuaciones de ballet es que si lo hacen mal los únicos que nos enteraremos somos los de la familia, porque en el teatro, cada familia atiende solo a su hijo. Ahora bien, la reflexión de Nuria también es muuuuuy buena

  2. Merak, me ha encantado. Si abriéramos mas a menudo los ojos nos sería más fácil comprenderles y, desde luego, como apuntas, aprenderíamos. Ver en la mirada de Ojazos cómo descubre cosas cada día es una de las mejores lecciones de la maternidad. Intentaré mantener este artículo en mente para no dejar de hacerlo con el paso de los años.
    Un besote.

  3. 🙂 A mí una de las cosas que me ha aportado el tener hijos es, precisamente, la que mencionas: hacer lecturas más sencillas de la vida… Me han gustado mucho las lecciones que has extraído, Merak. 🙂

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