miércoles, enero 19, 2022
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Qué no debes decir a unos padres cuyo hijo sufre acoso escolar

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Nadie que no sea padre/madre debería poder emitir juicios de valor sobre cuestiones que competan a otros padres/madres. Lo sé, suena tremendamente radical, pero la mater/paternidad  es un estado vital de tal calado, que revuelve nuestro ser desde las entrañas de una forma tan vehemente, que en lo que a ella compete nadie está capacitado para enjuiciar al prójimo. Eso de ponerse en el lugar del otro, calzarse sus zapatos para comprenderlo mejor, es complicado siempre -de hecho, si lo practicásemos más mejor nos iría-, pero en el caso de madres y padres no es más que una quimera.

La sociedad está cada vez más concienciada respecto al acoso escolar. Nos perturban esos vídeos de agresiones físicas, nos estremecen las noticias de suicidios, de niños que han dicho «ya no puedo más». Pero antes de que la situación se desborde, antes de que no haya vuelta atrás, hay un largo recorrido. Un insulto ocasional, un par de recreos en soledad, risas maliciosas… pueden parecer hechos sin importancia y, probablemente, no vayan a más. Pero por experiencia sé que ese «acoso de baja intensidad» puede llegar a perturbar la vida de cualquier familia. Mi hija fue objeto de él y sé de qué os hablo cuando denuncio la falta de empatía de muchos de los que nos rodeaban. Si os encontráis con una familia que pase por ello, quizás vosotros no veáis o entendáis el problema pero, por favor, no lo agravéis diciéndoles: 

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Que son cosas de niños

Sí, pero eso no lo hace menos grave. Son cosas de niños, riñas teóricamente entre iguales, pero las cosas no son tan sencillas. Una cosa son los enfados habituales entre ellos, algún enfrentamiento más o menos airado que forman parte de su tránsito hacia la vida adulta  y otra es el conteo incesante de vejaciones físicas y verbales. Sin estridencia, sin grandilocuencia, pero lo suficientemente reiteradas como para minar la moral de cualquiera. Que sean cosas que suceden entre niños no hace que sean menos importantes que las que se producen entre los mayores. Los insultos se viven de la misma forma, la exclusión es igual de dolorosa, pero las consecuencias más dañinas si cabe pues pueden dejar una huella indeleble, una pesada mochila con la que cargar toda la vida.

Que no debería darle tanta importancia

Es fácil no darle importancia a las cosas cuando cierras la puerta y las dejas tras de ti. Pero cuando una familia convive 24 horas al día con un «problema» -con SU problema- y este trasciende del ámbito escolar para salpicar buena parte de la rutina en una casa, ¿qué quieres qué te diga? ¡pues claro que le doy importancia! Además, no hablamos del cuidado de una planta, no hablamos de una abolladura en el coche, ni de que se rompió una tubería. Hablamos de un niño, de un hijo, de MI hijo y si yo, que soy la persona encargada de protegerlo, no le doy importancia a cualquier cosa que a él le afecte, le estaré fallando estrepitosamente.

Coincido, eso sí, en que a las cosas hay que darles importancia en su justa medida pero, hablando de hijos, acoso, sentimientos… quién sabe calibrar con exactitud donde está esa línea de la «justa medida».

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Que siempre han pasado estas cosas

Sí, seguro que es cierto pero, sinceramente, creo que la pérdida de valores que afecta al conjunto de la sociedad ha hecho que algunos niños carezcan totalmente de empatía. No quiero decir que ahora los niños sean peores que los de antes, pero sí que en algunos casos viven desbocados sin atenerse a ningún tipo de autoridad. Si a eso le añadimos hasta qué punto las redes sociales pueden llegar a avivar estas conductas, perdona que no comparta tu opinión, pero «no, estas cosas no pasaban antes de esa manera» y, aunque lo hiciesen, eso no es disculpa para que las obviemos y miremos para otro lado, si no, ninguna sociedad avanzaría en la erradicación de conductas no deseadas.

Que debe solucionar sus propios problemas

No me cabe la menor duda. En un mundo ideal y en un entorno ideal todos criaríamos hijos tremendamente autónomos y capacitados para lidiar con cualquier tipo de adversidad. Pero discúlpenme que yo, en estos nueve años, haya fracasado en mi tarea de inculcarles todas las herramientas emocionales que le permitan sobreponerse al escarnio público, a las vejaciones o el maltrato físico. Pero ¿acaso los adultos somos expertos en hacerlo? ¿nada nos perturba? ¿nos enfrentamos a nuestros jefes abusivos con resolución? ¿somos asertivos en nuestras relaciones de amistad o pareja? No, no somos infalibles. Incluso el adulto más seguro de sí mismo titubea a veces, cuánto más no lo hará un niño con su carácter en formación.

Y, en cualquier caso, ¿no forma parte de mi responsabilidad darle cobertura en todo aquello que se escapa de sus capacidades emocionales? ¿no contribuyo a reforzar su seguridad en sí mismo haciéndole entender que suceda lo que suceda siempre voy a estar a su lado para ayudarlo? ¿Qué es eso de «sus propios problemas»? ¿Acaso una situación de injusticia cometida sobre una persona en situación de inferioridad no es un problema que trasciende a su propia persona?

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Que lo sobreprotege

Sobreproteger es una de esas palabras con las que a muchos se les llena la boca cuando hablamos de educación. Sobreproteger es una de esas palabras con las que la sociedad se empeña en poner el acento -otra vez la dichosa culpa- en los padres a la hora de buscar una explicación a cualquier problema en la conducta de sus hijos. Sobreproteger es proteger en exceso pero, una vez más, volvemos a movernos en términos muy subjetivos. ¿En exceso? Puede que todos lleguemos a un consenso en lo que es pasarse la de la raya en la protección de los hijos… de los hijos de los demás. Porque cuando se trata de los nuestros, «el miedo es libre». Y en una situación como esta, ni te cuento. Cuando tú y tu familia paséis por algo así, si quieres, nos sentamos de nuevo y consensuamos otra vez la frontera entre proteger y sobreproteger.

Has criado un/a hija/o débil

Dicho así, de esa forma, partimos de un razonamiento doblemente erróneo. En un nivel superficial, el de culpar a los padres de cualquier cosa que le sucede a su hijo. El fracaso escolar, el mal comportamiento, cualquier tipo de adicción… los problemas, lejos de ser una suma de factores complejos, se simplifican hasta el absurdo de reducirlos a un único plano: la culpabilidad -si algo malo sucede alguien tiene que ser el responsable directo-. Y es precisamente eso lo que nos impide avanzar en la búsqueda de soluciones.

Escarbando un poco más sale a la luz algo más grave. Con frases como esta trasladamos el foco del problema, la raíz del mal, del verdugo a la víctima al igual que sucede en muchos casos de violencia sobre las mujeres. Si a mi hijo lo acosan -en cualquier contexto- la culpa no va a ser mía y, mucho menos, suya. La culpa SIEMPRE va a ser del acosador, del que ejerce una posición de fuerza para someter al otro.

Y, además, que mi hijo no responda ante esa vejación de la forma que tu esperas, con violencia física o verbal, con indiferencia o indolencia, no indica, ni mucho menos, su debilidad, sino tu incapacidad para entender el complejo universo infantil.

Lo que sí nos ayuda

Lejos de todo lo anterior, sí puedes ayudar a mi familia de muchas formas:

  • La primera, teniendo paciencia. Porque vamos a estar muy pesados con el tema. Probablemente muchas conversaciones acaben derivando hacia el mismo asunto, buscaré que reafirmes mi punto de vista, que me consueles en mi preocupación, que odies conmigo a esos pequeños infantes malvados.
  • Hazlo, escúchame pero, si de verdad crees que estoy magnificando las cosas, intenta que ponga otra vez los pies en la tierra cuando me enroque en mis desvaríos. Hazlo con tacto, hazlo con cariño… pero por favor, no minimices nuestro problema.
  • No juzgues mi modelo de crianza ni la forma en la que me enfrento al problema. Esta situación ya genera en nosotros bastantes dudas y un irracional sentimiento de que algo hemos hecho mal como para que tu las alimentes.
  • Aconséjame que busquemos ayuda profesional. Por muy buena sintonía que tengamos con el colegio o, incluso, con los padres de los otros alumnos, si la situación nos supera, contar con apoyo psicológico, alguien que trabaje directamente con el peque y nos oriente a nosotros respecto a cómo actuar será de gran ayuda.

Fotos: Pexel y Pixabay

Equipo MMM
Las chicas de la redacción de Mujeres y Madres Magazine contando sus cosas. Nos gusta compartir lo que pensamos.
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4 COMENTARIOS

  1. Muchas gracias por post como estos, chicas. Sigo leyendoos cada mañana con interés y cariño. Y un post así, de reflexión e introspección, para saber como reaccionar ante estas situaciones, siempre ayuda.
    Un besazo

  2. Minimizar o incluso ignorar el problema, acusar de sobreprotección, culpabilizar a la víctima, etc. es lo que se suele hacer en estos casos y vistos los datos, estas soluciones no están ayudando en absoluto.

    Si los padres no ayudamos y defendemos a nuestros hijos en una situación de abuso ¿entonces quién lo hará? yo es que a veces alucino con algunos comentarios de algunas personas…

  3. Sí. De esto hay que hablar una y otra vez.
    Hasta cuando la culpabilizacion de la víctima…
    Esto no es así. El culpable es el que comete el acto, ya que opta libremente por atacar, avasallar, pegar, reirse de alguien o simplemente callar y permitir que suceda. Basta de ser espectadores. Basta de aplaudir silenciosamente el acoso del tipo que sea.

    Basta de decir que hay actitudes, comportamientos o personalidades que lo fomentan. Lo que hay es una falta de respeto y de afecto desmedida.

    Un gran artículo, compañera.

  4. Gracias por tratar este tema desde este punto de vista. Es reconfortante y un apoyo para los que hemos pasado por situaciones parecidas.

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