Niños y gafas de sol, un tándem indisoluble

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“¿Unas gafas de sol? ¡Pero si estamos en noviembre!”. No me extraña que la abuela se sorprendiese cuando le conté lo que su nieta quería que le regalase por su cumpleaños. Vivir en Galicia no es tener, precisamente, un seguro de sol, así que, sinceramente, son un complemento de uso bastante limitado. Entre eso y el hecho de que, en general, mi hija es bastante descuidada, no parecían el regalo más idóneo. Y, sin embargo, la niña estaba empecinada y todos sabemos que no hay nada más persuasivo que una nieta de casi siete años en modo “abuela-yo-quiero”.

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Total, que además de la muñeca de turno, la enésima caja de “clis” y sus Lego de Star Wars, la niña ya tiene en su cajón las anheladas gafas de sol. Y lo cierto es que, de todos los regalos, probablemente ese sea el más útil a pesar de que a los padres muchas veces se nos olvide que la protección ocular de los rayos ultravioleta debe ir más allá de la piel. De hecho, los ojos infantiles son, según pude informarme, veinte veces más sensibles que su propia piel, tal y como advierte el Colegio Oficial de Ópticos Optometristas de Catalunya (COOOC). ¡Anda! Pues mira con qué nos sale ahora esta. Pues sí, os salgo con un montón de datos porque, al hilo de la compra de las gafas del sol para la peque, me empecé a enterar de muchas cosas que desconocía y que quiero compartir con vosotros por si os pasa lo mismo.

La verdad es que hace tiempo que me conciencié de lo perjudicial que resultaba para mi salud utilizar las primeras gafas de sol que me gustaban, sin comprobar si realmente cumplían los requisitos mínimos que garantizasen una adecuada protección para mis ojos. Y, sin embargo, os voy a confesar que -mal por mí- infravaloré lo nocivo que también podía ser el sol para los ojos de mis hijas.

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Sí, cuando les compraba gafas de sol, recurría siempre a un centro especializado; y sí, trataba de que en ocasiones extremas -playa, jornadas prolongadas al aire libre, excursiones a la montaña…- las usasen con más o menos regularidad, pero nunca se me había ocurrido que era necesario inculcarles el hábito para que las considerasen tan necesarias como el cepillado de dientes o no atiborrarse de chuches.

La charla con la optometrista incidió en lo que yo ya había leído en algunos estudios -precisamente en ese del que os hablaba del COOOC- y me abrió los ojos al respecto. Si para cualquier persona la radiación ultravioleta es de por sí nociva para sus ojos, en el caso de los niños los riesgos se multiplican. A grandes rasgos, me explicó que su pupila es mayor que la de los adultos y eso hace que deje pasar más luz. Además, su cristalino, que es como un filtro natural, no está tan desarrollado y su iris aún no ha adquirido toda su pigmentación, con lo que su protección natural contra los rayos ultravioleta es notablemente menor que la de un adulto.

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Al igual que la piel, que todos sabemos que tiene “memoria” solar, también la “agresión” de los rayos a  nuestros ojos resulta acumulativa, por lo que, de no protegerlos desde la infancia, puede ser causante de lesiones que acaban manifestándose en la edad adulta.

Sobra decir que no, no sirve comprarle a nuestros hijos las primeras gafas que nos venden en la tienda de la esquina o el puesto de la “feria”, por mucho que a ellos les gusten. Afortunadamente, en el mercado hay modelos tan buenos y seguros como atractivos para ellos, así que no tendréis grandes problemas para que encuentren el adecuado a su gusto. La mía, por ejemplo, se quedó prendadísima tan pronto las vio de estas que podéis ver en la foto, de la firma Siroko que, entre otros productos, cuenta con una línea especialmente indicada para niños.

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Así que, a modo de resumen, debemos tener en cuenta que:

  • Los rayos ultravioleta son más nocivos para los ojos de los niños que para los de los adultos.
  • Causan un impacto veinte veces mayor en sus ojos que en su piel.
  • La “agresión” es acumulativa y puede derivar en un daño permanente en la edad adulta.
  • Los niños deben empezar a utilizar gafas de sol a partir de, aproximadamente, los 2 o 3 años.
  • Debemos buscar una gafa adecuada a cada edad.
  • En verano la radiación es tres veces mayor que en invierno, lo que no quiere decir que no debamos protegerlos TODO el año.
  • Las lentes deben ser especiales -extremadamente resistentes a los golpes para evitar daños en el caso de caída del niño- y polarizadas.
  • Las lentes deben tener filtros que protejan de la radiación UV.
  • Como mínimo, deben tener una gradación 3 (de un máximo de 4), que es la cifra que nos indica su nivel de absorción de la luz.
  • Deben estar homologadas y llevar el sello CE (Comunidad Europea) para asegurarnos de que cumplen un mínimo de calidad.
  • Debemos adquirirlas en una óptica o una tienda especializada

Como os expliqué, a mi hija le encantó un modelo de Siroko Kids y yo pude comprobar que las lentes cumplían todos los requisitos. Además, son ligeras y muy cómodas, lo cual a lo mejor no afecta directamente a su salud, pero resulta una garantía para que no le moleste y se las quite a todas horas, algo que hasta ahora solía pasarle con otro modelos.

 

Imágenes: Pixabay, Pexels, Siroko y propias.

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Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.

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