La gestión de los conflictos y las etiquetas ideológicas

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Una disputa entre dos personas. Un espacio, un tiempo determinado y un conjunto ilimitado de escenarios posibles a partir de ellos.

Así es de compleja es la gestión de conflictos. Puede que arrastres una controversia con un vecino durante años y años, y sus límites estén perfectamente delimitados. Ambos tenéis claro que el asunto solo os implica a vosotros, con un claro motivo que os lleva a unas determinadas reacciones e interacciones mutuas. Pero de repente uno cruza una frontera que el otro considera inquebrantable, aparece un tercero en escena o cambia alguna de las variables posibles y, de pronto, todo cambia. Lo que era simplemente un conflicto entre vosotros salpica a los vecinos que son citados como testigos del altercado, a la policía, a jueces y a abogados, a las parejas de ambos o a los hijos, a dos amigos comunes que no se sabían “comunes”, al tío de uno que es el empleador del otro… De repente, la maraña se desorbita y, ante el conflicto privado, parece que cada persona que se ha visto implicada de alguna otra forma, solo tiene una opción: tomar partido.


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La equidistancia

La equidistancia puede ser explicada como la característica que define a un punto que se mantiene a la misma distancia de otros. Llevado el concepto al campo de lo político o incluso de la ética, debería ser esa posición neutral que implica no tomar partido.

Lo cierto es que explicaba en una entrevista muy bien el autor de “Patria”, Fernando Arumburu, que la equidistancia es un concepto tramposo puesto que se anula a sí mismo. Si lo que pretende definir es que una persona guarda una distancia, la misma, respecto de un bando y respecto de otro, es porque esa persona no toma en consideración que pueda existir “algo” más allá de esos otros dos bandos. La neutralidad en la gestión de conflictos pasa siempre por hacer de ellos una lectura radical o polarizar el debate: en puridad solo se puede ser verdaderamente neutro si se identifican dos polos opuestos, sin matices.

Esto es perfectamente trasladable al ámbito de las relaciones interpersonales: cuando dos amigos tuyos discuten entre sí y llegas a entender las motivaciones de cada uno, te gustaría permanecer al margen del conflicto, seguir estando ahí para ambos manteniendo una fría equidistancia amistosa, como un brazo amigo siberiano. Pero lo cierto es que en la mayor parte de las ocasiones eso no es posible: uno de los dos acaba retirándose de tu lado al sentir que tu cercanía al otro es mayor.

No existe la equidistancia porque si hay bandos, no hay neutralidad posible.

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Los códigos morales

Otro asunto curioso es el tema de los códigos morales o utilizando el neologismo en boga, los packs ideológicos. Defendemos a capa y espada la neutralidad moral como si fuese un atributo deseable, pero a la vez etiquetamos las conductas y opiniones humanas para clasificarlas en un determinado club: esa es una “progre”, este es un derechón, esta en una feminazi, este es un opresor patriarcal posmachista. Tachamos las incoherencias de cada uno, si alguna de sus conductas u opiniones no entra dentro del pack ideológico en el que le hemos introducido, para posteriormente, manipular sus supuestas contradicciones y extenderlas al grupo al que en teoría pertenece como quien dice “el feminismo es contradictorio” para señalar la supuesta incoherencia de una persona con nombre y apellidos.

Y ojo, todo esto como si fuese algo intrínsecamente malo. Sin embargo, las incoherencias son propias del ser humano, y tan deseables como que el mundo siga girando y moviéndose. Sin giros copernicanos no hay días ni noches, ni estaciones, ni vida, ni cambio, ni evolución. En nuestras propias contradicciones está el cambio, la sana crítica y el pensamiento revulsivo que nace del contraste, de la fricción y del debate.

Y la diversidad, ¿qué?

Me resulta profundamente paradójico cómo en el momento en que se ha democratizado el acceso a fuentes de información diferentes, alcanzándose una supuesta pluralidad informativa, esté más en boga que nunca el pensamiento único (packs ideológicos) que llevan a una sociedad binaria (los malos y los buenos; nosotros y vosotros), obviando por lo tanto que si algo define el criterio humano es su fractalidad. 

Ocurre por ejemplo con el terrorismo islámico, desgraciadamente en boca de todos por el atentado ocurrido en Barcelona recientemente. Cuesta encontrar posturas intermedias, conciliadoras y ponderadas. Decir que todos los islamistas no son terroristas resulta hasta ofensivo por obvio (qué decir de esa gente que confunde musulmanes con islamistas y a estos últimos con los terroristas). Pero se aprovecha un dramático atentado para cargar contra toda una comunidad y, de paso, para imponerles lo que deben pensar y decir, erigiéndonos -algunos occidentales- como tutores morales de la humanidad con el “o están con nosotros o están con ellos”. Pues no. Puede que no les guste nuestra cultura ni nuestra forma de pensar. Y pueden querer vivir entre nosotros manteniendo su religión y sus costumbres (siempre que estén dentro de la legalidad). Y eso no les convierte en cómplices de ninguna masacre ni tienen que pedirnos permiso para respirar.

Nuestro grano de arena

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El terrorismo no se llama casualmente así. El terrorismo no solo causa terror, sino que se nutre de él, se expande allí donde crece el miedo, el recelo y el odio. Y en este hábitat el pensamiento único y la sociedad binaria conforman el caldo de cultivo perfecto para que el terrorismo despliegue sus alas.

Si las matemáticas son el lenguaje de la física, la diversidad es el lenguaje de lo humano: nuestro aspecto, nuestro pensamiento y nuestro discurso solo tienen sentido si son únicos, solo existen si cuidamos lo propio y respetamos lo ajeno.

En este contexto, creo que contrastar opiniones desde una escucha (o lectura) activa, sopesar y reposar nuestras reflexiones, perder el miedo a ir contracorriente y practicar la empatía con cada individuo o grupo social son las mejores armas que tenemos para frenar el terrorismo y hacer del mundo, en general, un lugar más habitable.

Imágenes: Unplash

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