Maridos de alta demanda

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¿Tu bebé es muy intenso, demandante, hiperactivo, insatisfecho, impredecible, hipersensible, absorbente…? Tienes entre manos a un niño de alta demanda”

Sí, sí y sí, póngame a todo un sí… Pero, perdone, acabo de tener una revelación, yo lo que tengo no es un bebé de alta demanda ¡qué va!, yo lo que tengo es ¡un marido de alta demanda! Pero, a diferencia de esas tiernas criaturas, he de admitir, no sin cierto sonrojo, que el marido de alta demanda nace -viene programado de serie directamente desde casa de su madre al lecho conyugal-, pero también se hace y ahí he de entonar un rotundo “mea culpa”. Ya me lo decía mi suegra “mételo en vereda desde el principio, que después las costumbres se hacen leyes y no hay forma de enderezarlo” -sí, sí, mi suegra, no mi madre-, pero yo, incauta, me dejé llevar y asumí el peor de los roles que una mujer puede desempeñar en su vida marital, el de madre.

Así que, aquí estoy, a punto de cumplir una década de casada, con dos hijas biológicas y un marido de alta demanda. Y es que, a veces, me pregunto si en vez de una pareja con hijos no habré formado una familia monoparental con tres niños a su cargo… con la diferencia de que, por desgracia, no computa como familia numerosa y no tengo ningún tipo de beneficio fiscal.

Pongámonos en situación. Imaginad una tarea cualquiera, como hacer la compra, de la que, por cierto, el padre de las criaturas es fan. Ahí no hay fallo, el asume esa responsabilidad gustoso. El problema es la ejecución. Da igual que detalles en la lista el producto, la marca y el número de unidades porque, al final, nadie te libra de, cuando menos, cinco o seis llamadas: “¿La pizza congelada o fresca? (¿qué pone en el papel? Pues eso), “en la lista está apuntado tomate pera, pero yo creo que mejor en rama” (pues si tu solo has llegado a esa conclusión, ¡adelante!, toma la iniciativa), “¿el líquido para limpiar el suelo estás segura de que es el de color azul que pone PH neutro?” (lee las notas: color azul PH neutro. No tiene duda), “los cereales de siempre los han cambiado de sitio, ¿sabes dónde pueden estar?” (Espera que me teletransporto y los busco)… DEPENDIENTE.

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Segundo supuesto. Recoge la ropa del tendal y le pides que la guarde. Es su casa, debería saber dónde va todo pero le concedo que pregunte dónde se colocan mis medias, incluso en qué cajón van las camisetas de cada niña. Pero, ¿de verdad has dejado tus calzoncillos encima de la cama porque no sabes donde van? ¡Hombre, donde los coges todos los días!… DEPENDIENTE.

Tercer y último ejemplo. “Hoy cocino yo. Voy a hacer una tarta de zanahoria”. Perdona, cocinar es hacer la comida para mañana. COMIDA, no esa receta que has visto en Robin Food y sin la que podríamos pasar tranquilamente. Además, el “hoy cocino yo” implica una autonomía de la que careces. “Tu siéntate en el salón, que lo hago solo”. Dos minutos después… “¿Tenemos zanahorias?”. Cinco minutos después… “En el vídeo se la echan rallada, ¿valdrá picada en la Thermomix?”. Siete minutos después… “¿Cómo tengo que hacer para picarla en la Thermomix?”. Al tercer viaje a la cocina, con cara de culo ya, pregunta “¿estás enfadada? Es que es como si te molestase que cocinara”. Siento no hacer la ola. Aún no he regresado al salón donde, por cierto, no estoy viendo la tele sino fregando, y vuelve a atronar: “La receta pone 250 gramos de aceite de girasol, ¿será mucho?”. Te haces la sueca… “Maríiiiaaaaa”… DEMANDANTE e IMPACIENTE.

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Que ¡ojo! yo quiero mucho al padre de las criaturas, ser plagado de virtudes y que, emocionalmente, me complementa y sostiene en mis malos momentos. Lo amo con todo mi alma. Pero seamos realistas, domésticamente, reitero, es limitado. Nadie le puede negar, eso sí, que él pone toda la voluntad del mundo, lo cual es de agradecer, y que las ganas han hecho que mejore en muchos ámbitos del día a día. Quizás por eso me aferro a la idea de que en un futuro no se si a medio o largo plazo adquiera las competencias básicas mínimas exigibles en el hogar.

Podéis llamarme tonta, pero yo soy de las que se consuela cuando ve que las “desgracias son de muchas”. No tienes más que desahogarte en Twitter con quejas del tipo “¿Qué parte no entenderá mi marido de la frase ‘pon el lavavajillas cuando acabes de cenar’?” para que surjan voces comprensivas que comparten generosas sus trucos: limítate a dar órdenes más concisas -“Pon el lavavajillas”- , introduce elementos espacio temporales -“Pon el lavavajillas que está en la cocina a las diez de la noche”-, usa palabras fácilmente reconocibles -“cierra el lavavajillas y dale al PLAY”-, haz que te repita la orden para comprobar que la ha oído y entendido -“mírame a la cara y dime qué te he dicho”-.

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Algunas ya las pongo en práctica con más o menos éxito. Pero, sin duda, en estos años he descubierto que lo que mejor funciona es, al igual que con mis hijas, el refuerzo positivo. No hay nada más motivador para él como un “¿Has tendido la ropa? ¿Sin que yo te lo recordase? -baile de la victoria de por medio- ¡Dios mío! ¡Ni te imaginas lo feliz, descansada y satisfecha que me siento de llegar a casa y ver la ropa ya recogida! Es más, creo que tiendes la ropa genial, deberías hacerlo con más frecuencia, porque a mí no me queda tan bien estirada ni de coña. Seguro que hasta seca antes”. Sí, lo sé, puede sonar exagerado, esto también es un arte y hay que aplicarlo con destreza, no vaya a darse cuenta de la estrategia. Pero si dominas este punto, los avances son rápidos y evidentes.

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Hoy comimos lasaña, adivinad quién hizo la boloñesa. “Joer, cariño, nunca comí una lasaña tan jugosa. Te sale riquísima. Deberías hacerla más a menudo”.

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Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.

9 COMENTARIOS

  1. Jajaja pobrecitos, si hay algunos que hacen esas cosas sin tener que irles detrás. Eso dicen, vamos. Muy chulos los gifs.
    Yo en esos casos intento pensar en tareas que a mi se me dan mal y que mi marido tiene que irme detrás y explicarmelaas muyyyy despacito para que las pille. Creo que se da un equilibrio bastante aceptable. XD

    • Te entiendo, no se consuela el que no quiere!!! A mí me pasa lo mismo. A él le dejo, por ejemplo, pelearse con la informatica para nutrirnos de series. El problema es que sin series viviríamos igual -o eso creo-, pero sin comer… Ay! ahora que lo pienso, no sé que es más necesario en esta casa, si series que ver o la alimentación…

    • Te entiendo, no se consuela el que no quiere!!! A mí me pasa lo mismo. A él le dejo, por ejemplo, pelearse con la informatica para nutrirnos de series. El problema es que sin series viviríamos igual -o eso creo-, pero sin comer… Ay! ahora que lo pienso, no sé que es más necesario en esta casa, si series que ver o la alimentación…

  2. Alucinante, parece que me has hecho un reportaje a mí. Hasta la tarta de zanahoria de Robin Food la hemos tenido que alabar meses!!!Jejejeje Consuela un poco ver que por lo menos su patología tiene nombre 😉

    • Sí, lo primero para solucionar un problema es identificarlo. Y el nuestro lo está… ahora hay que ponerle remedio… y en ese camino estamos. Yo voy a confesar que le he dado un curso acelerado para hacer la colada y lleva dos semanas a ello.

  3. Genial! Me veo reflejada en cada letra! jajaja! Lo de “los tomates pera” me pasa casi toooodos los días! Y si, yo también uso el refuerzo positivo pero a veces agota…

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