jueves, enero 20, 2022
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No es lo que dices, es cómo lo dices…

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Sabéis eso de “no es lo que dices, sino cómo lo dices”… pues con los piropos pasa lo mismo. Como todo en la vida, el contexto y la intención delimitan esa fina línea entre el comentario agradable que adula nuestro ego y la burda invasión de nuestro espacio privado.

Como las armas de fuego, el piropo -como “lisonja”, tal y como lo define la RAE- no encierra nada malo en sí mismo; sin embargo, en las manos -más bien en la boca- inadecuada, en un momento inoportuno y con una intención desafortunada puede ser considerado como una agresión verbal cualquiera. Y es que ya lo dice Moderna de Pueblo, a veces, «Calladitos estáis mejor»

Hace unas semanas, al hilo de este artículo de El Mundo sobre los piropos, en la redacción de Mujeres y Madres Magazine tuvimos un animado debate acerca de la idoneidad del piropo. Vaya por delante que, a diferencia de otros contextos en los que puedo tener la mente abierta y estar sujeta a revisar mi opinión si me aportan los argumentos adecuados, cuando de piropos se trata, mi posición es bastante tajante: ni lo practico ni me siento cómoda como protagonista de uno.

Aquí no hablamos del halago sincero en un contexto de familiaridad y confianza que uno agradece y que nos reconforta nuestra vanidad. Aquí hablamos del comentario inevitablemente soez que recibimos como un zarpazo que violenta nuestra intimidad. Soez en las formas, porque su intención libidinosa suele convertir el ingenio en una notable vulgaridad; y soez en el fondo, en cuanto a que, como receptores, estamos siendo sometidos a un juicio de valor no solicitado que, inevitablemente, supone una absoluta violación pública de nuestro espacio privado. Por eso, de la misma forma que todos reprobaríamos que alguien interpelase a gritos como “gordo”, “feo”, “bajito”… también es censurable emitir epítetos aceptados socialmente como halagos.

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En cualquier caso, no es lo mismo que, si la relación es lo suficientemente estrecha y la situación propicia, te digan en la oficina “se te ve estupenda con ese vestido” -y ahí da igual si viene de un congénere o de alguien del sexo opuesto-; a que el primer indocumentado que te cruzas por la calle se sienta en el derecho y necesidad de comunicarte que “te pondría mirando para Cuenca con ese vestido”. No es lo mismo.

La acción es igual de deleznable la ejerza un hombre o una mujer, pero sí es cierto que, históricamente, el piropo es un claro ejemplo de androcentrismo, una exposición pública de una posición de dominación del hombre sobre la mujer. Se invade su intimidad, se cosifica a la persona y, además, se hace públicamente para dejar patente esa superioridad. Un piropo es la verbalización de la hipersexualización a la que la mujer está sometida en la sociedad occidental.

Es cierto que una mujer, en grupo o escaramuza individual, puede llegar a intimidar verbalmente a cualquier “caballero”; sin embargo, este acoso suele ceñirse a situaciones muy concretas, en un espacio desinhibido, normalmente festivo, nocturno, con alcohol de por medio o, cuando menos, con un claro propósito de flirteo.

A la inversa, cualquier escenario parece propicio para que uno o varios hombres, a plena luz del día, en cualquier contexto imaginable arrollen verbalmente a la primera mujer que se le cruce en el camino, desplegando un inaceptable e inexplicable derecho a enjuiciar su aspecto y, lo que es peor, hacerlo público, como signo de posesión y dominación. En el mejor de los casos, reprimirán su lengua; en el peor, serás juzgada y conocerás -tu y el resto de viandantes que te rodean- su veredicto “in situ”. Y aquí no se trata ni de una cuestión de belleza, ni de provocación, ni de actitud… -que tampoco lo justificaría en ningún caso- sino de hacer algo “porque puedo” y porque así reafirmo mi posición de superioridad y dominio sobre ti.

No es mi intención quedar aquí de santa. Todos enjuiciamos es aspecto del prójimo en algún momento determinado e, incluso, lo compartimos con nuestro círculo cercano. Pero de ahí a «estamparle» nuestra opinión no solicitada a la cara y con testigos media un trecho.

Que levante la mano qué mujer no ha cambiado alguna vez de acera para no pasar entre un grupo de hombres «ociosos» metidos a jurado de «Tu si que vales» (Me reitero en mi censura cuando las tornas se cambian y son ellas las que adoptan una actitud tan verbalmente explícita e intimidatoria).

Los defensores del piropo público esgrimen como mejor argumento -podríamos decir que casi como único- que son un gesto apreciado por muchas mujeres que ven en él un acicate para su ego. Y no van desencaminados. A cualquier mujer -¡qué digo! A cualquier persona- le gusta agradar a los demás. Lo ideal sería sentirse bien con uno mismo independientemente de lo que los demás opinen. Pero, no nos engañemos, en muchas ocasiones se invierten las premisas y la imagen que construimos de nuestra persona emana de la aceptación que encontremos en los demás y, qué mayor exposición de esa aceptación que un piropo bien plantado.

¡Pues no! No es justificación. Inferir que a todas las mujeres les gusta ser piropeadas porque a algunas -o a todas-, en un momento determinado, nos gusta que nos regalen los oídos y reforzar así nuestra autoestima es irreal, absurdo y desmedido, nos violenta. En este caso, podemos hablar de un claro micromachismos, aunque yo, personalmente, creo que más allá de la barrera de la violencia de género -en cualquiera de los dos sentidos- el piropo se instala, directamente, en el plano de la mala educación.

Y a ti, ¿te gusta que te piropeen?

Foto: Pixabay/ Viñeta: Moderna de pueblo

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María L. Fernández
Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.
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12 COMENTARIOS

  1. Amen hermana. Nada que discutir. Yo soy de las tuyas. Es asqueroso y maleducado. Ya bastante tortura es que te miren las tetas sin filtros como para que encima lo proclamen a los cuatro vientos. Y cuando ya es un viejo verde me estremezco. Me dan miedo.

    • Sí, es tremendo sentirse observada y juzgada y, como dices, si aún encima no es solo una percepción, sino que te lo dicen explícitamente, apaga y vamos!!

  2. Completamente de acuerdo, sobretodo con eso de que encima quien siente vergüenza eres tú cuando deberían ser ellos.

  3. Me encanta la reflexión y obviamente la comparto al cien por cien, sobre todo en el hecho de que mediante «el requiebro» se marca esa superioridad en la que el macho alfa (muchas veces porque él sólo se lo cree…) se ve obligado a ejercer de juez de la desconocida que se cruza en su camino a la que obviamente considera inferior de una forma aunque sólo sea inconsciente.
    Tenemos mucho que hacer aún con estos «pequeños detalles» que en muchos casos no son más que la punta de algo mayor que no sabemos o no queremos ver. La educación como el único arma para luchar por la igualdad, es lo que nos toca amiga.
    ¡De quitarse el sombrero el post de hoy, señora!

    • Gracias!!! La verdad es que hay pequeñas realidades y gestos cotidianos de los que no reparamos su verdadera importancia hasta que reflexionamos sobre ellos. Y es ahí donde acaba marcándose las diferencias, no con las grandes declaraciones, sino con los pequeños gestos.

  4. A mi me parecen, muchos de ellos, denigrantes y lo que realmente me gustaría es dejarlos totalmente en evidencia, para que se piensen dos o tres veces antes de volver a hacerlo.

    Hace años, mis padres tenían un bar. Un día, como otro cualquiera, un grupo de operarios de un obra, vinieron y se sentaron en la terraza a almorzar. Entre ellos había un hombre mayor, andaluz, muy «salao», bueno, pues era el típico viejo que soltaba «piropos» a las chicas que pasaban. Esa mañana echó un par y las chicas pasaban sin decir nada, poniéndose rojas como tomates y los demás compis de mesa, riéndose a carcajadas.
    De pronto, una chica, alta, morena, pelo largo, con un vestido bastante corto y bonito, con tacones y un mini bolso pasó por delante de ellos. (Recuerdo mucho todo aquello, en plena adolescencia, con mi madre sentada en la terraza, mientras aquellos hombres decían cosas que se suponía tenían que ser bonitas a chicas guapas).
    El hombre silvó. Después la repasó y por último, a voz en grito le soltó: Mi arma, te comería lo que nadie ta comío. (Palabras textuales)
    La mujer se paró en seco. Se giró. Se acercó a él contoneando la cadera, se agachó y le dijo lo más serena posible: Pues como no me comas el bolso es lo único que me queda por comer.
    Como verás, después de eso, los compañeros empezaron a reír, todos lo miraban, el hombre se puso rojo de rabia. La chica se fue, contoneando su cadera y ahí acabó todo. Yo no pensé que eso hiciera nada. Pero días después aquellos hombres volvían al desayuno y aunque los compañeros le picaban para que les dijera cosas a las niñas bonitas que pasaban, el hombre dejó de hacerlo y en una de estas, mi madre le preguntó y el hombre dijo, creo que me retiro de los piropos que buena respuesta me dio aquella chiquilla tan salerosa.
    JAJAJAJAJAJAJA.

    Eso no estaría mal, no crees? 😀

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