¿Está cambiando el porno nuestra sexualidad?

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El que encabeza este artículo, parece un título sencillo, pero lo he tenido que corregir tres veces antes de conseguir el resultado definitivo. Aquí no se trata solo de reflexionar acerca de si el porno está cambiando nuestras prácticas sexuales, sino también de pensar cuánto está incidiendo en nuestras fantasías y, en relación con ello, si está determinando nuestra capacidad para disfrutar del sexo.

Si el lema de la transición política en España fue el “café para todos” respecto a las Autonomías, en esta materia podemos hablar del “porno para todos”. Existe un sinfín de portales web donde tenemos acceso gratuito a infinitos vídeos porno clasificados en todas las categorías posibles.

En un primer acercamiento a la materia, una se conforma con cualquier cosa. Una ayudita rápida para encontrar alivio: el clásico calentón entre una pareja heterosexual con algún preliminar que acaba en un glorioso coito. Fin de la función. Y así seguirá sucediendo las siguientes veces.

Pero un día, así como por accidente, visionas un vídeo lésbico, y al principio no te gusta, pero al final acaba enganchándote.

Otro día aparece por allí un vídeo de un “shemale” (transexual) de protagonista, y abres horizontes. Otro día resulta que ves una bukakke, ¡qué ascazo!, pero en fin, no sé, a la cuarta… Otro día das con un vídeo de Gonzo, BDSM o “humillada” y la cara de susto no se te quita en una semana, pero al final te insensibilizas.

Mujeres haciendo la tijera, orgías, dobles penetraciones y sexo salvaje interracial o no consentido acaban invadiendo poco a poco el monte de tus fantasías sexuales. Y no han aparecido ahí porque tú te las hayas imaginado con más o menos acierto. No. Es que lo has visto con tus ojitos. Has visto a otras personas haciéndolo, disfrutando de ello y has sentido placer siendo voyeur de sus viajes. Un voyeur virtual, pero voyeur al fin y al cabo.

¿Y ahora qué, eh?

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Está claro que muchas de las prácticas que nos excitan cuando vemos porno, son simplemente la materialización en carne ajena de nuestras fantasías. Nos sirven como estímulo para alcanzar el autoplacer, pero no tenemos nada claro si verdaderamente nos gustaría hacerlas realidad, y en algunos casos lo tenemos meridianamente claro (¡no!).

Luego está la escurridiza frontera entre sexo pasional / salvaje / violento. Supongo que el sexo pasional (y un pelín – o pelón- salvaje) nos gusta a todas. Pero lo del sexo violento ya es harina de otro costal. ¿Es una impresión mía o eso solo se puede llevar a cabo con desconocidos? Creo que cuando hay amor o cariño entre dos personas es muy difícil hacer daño, humillar o dominar a la fuerza, por mucho que sea en el marco de un juego sexual. Me parece tremendamente difícil abstraerse de lo subjetivo en pos de un objetivo (el placer).

Está claro que el porno, de una manera u otra, modifica nuestras prácticas sexuales. Ésta es la parte positiva, positivísima. Visionar a otras parejas (o lo que sea) procurándose placer tiene un claro potencial pedagógico. Es una herramienta puesta al servicio del hedonismo que nos permite abrir horizontes y explorar (y explotar) nuestra propia sexualidad, en compañía o a solas. Y es que está demostradísimo que una imagen vale más que mil palabras.

Yo no tengo ninguna duda: por supuesto que modifica nuestras fantasías, ese espacio oculto e íntimo de nuestro imaginario que nos sirve de motor para la libido. El problema llega cuando nos planteamos pasarlas a la acción.

¿Sientes que el misionero con tu Paco es lo más aburrido del planeta? Pero, y ¿cómo le planteas que… esto, mira… uhm, pues igual podemos probar…? ¿Os imagináis la conversación: ¿ahora resulta que te gusta que te zurren? (y no lo diría –o quizá incluso, sí- pero tú leerías entre líneas: “a ti, a tus taitantos, y madre de MIS hijos, una mujer respetable”). No lo veo, no-lo-veo.

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Sí, hay que mantener el picante en la pareja, innovar, probar cosas nuevas… Pero hay un montón de fantasías (o de cositas que has visto en las pelis XXX) que no te ves haciéndolas realidad, ya sea por tu pareja, por ti o por ambos. Que me van a decir que todo es cuestión de comunicación. Pues será eso, que me comunico fa-tal.

La cuestión, sin embargo, va más allá (de mis taras). Y es que ¿qué pasa con nuestra capacidad para sentir placer en las relaciones sexuales? ¿Puede verse modificada por la visión de vídeos pornográficos? Ciertos estudios insinúan que las personas que ven mucho porno tienen menos desarrollado el cerebro, aunque no está demostrada la relación causa-efecto. En cualquier caso, sí parece probado que quien acostumbra a ver material pornográfico muy explícito puede desarrollar un comportamiento adictivo.

Al parecer, tanto tener relaciones sexuales como verlas conduce a la liberación en el cerebro de dopamina, responsable del placer. Pero la diferencia es que al ver porno, se produce una “inundación” de dopamina, y nuestro cerebro se puede volver adicto a esa sensación, llegando a ser insuficiente para lograr tal placer las relaciones carnales en las que no hay tantos “efectos especiales” como en el mundo del sexo profesional. Esto es más preocupante en los hombres  – lo siento, amigos- por dos motivos: su deseo sexual es más visual. No depende tanto del contexto, sino de lo que está viendo. Si se acostumbra a excitarse con vídeos de posturas, encajes, prácticas o cuerpos imposibles, lo tiene difícil. Pero además es que en el coito se necesita que el hombre se venga arriba, así que si no se excita, se complica el asunto. Y – lo siento, amigas- pero nos afecta a ambos.

Así que dicho queda: el porno es bien, con mesura para la práctica autoamatoria y/o como estímulo para practicar sexo. Pero sin abusar, que ya hemos visto que luego viene Paquito con las rebajas…

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7 COMENTARIOS

  1. Me parece un gran artículo.
    Creo que el porno o más bien su proliferación o normalización dentro de la vida de una pareja ha provocado que nos atrevemos a hablar de sexo entre nosotros y a pedir a nuestra pareja o partner pasajero aquello que nos gusta o lo q nos gustaría probar.

    El problema q veo es el mismo que teníamos hace años, y es que nos sigue dando vergüenza hablar, pedir ( y por qué no, exigir) a nuestra pareja un cambio en los hábitos, nos preocupa el qué pesará, seguimos teniendo en mente que el sexo es algo sucio, que daña nuestra imagen y hasta que no liberarnos ese tabú será complicado llegar a esa relación cuasiperfecta.
    Creo que debemos arriesgarnos, no pasa nada por probar algo nuevo, se supone que estamos con alguien que nos quiere y aprecia y a quien podemos decir “mira, lo siento, pero esto no me gusta”.
    Es complicado porque como dices no venís el sexo de la misma forma y tenemos q encontrar un terreno común donde ambos nos sintamos cómodos y no nos sintamos obligados a realizar algo q no nos guste por complacer alguna fantasía de tu pareja.

    Muy bueno

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