Pruebas irrefutables de que eres una “señora”

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… y no me refiero precisamente a ese doloroso momento en el que oyes a un adolescente imberbe decir “señora, se le ha caído la chaqueta” y tras un buen rato y a base de que él insista tú te das cuenta con espanto de que la “señora” no es la octogenaria que pasea su carrito de la compra a tu lado, sino tú misma.

No, no… yo no me estoy refiriendo a esa cruda bofetada de realidad que a base de repetirse hace que la crisis de los 40 se te adelante casi una década y luches contra viento y marea, perdiendo cualquier atisbo de sentido del ridículo en un intento de embutirte en alguna pieza imposible del “gresca” -lease Bershka-.

¡Qué va! Yo voy más allá, yo pretendo desvelar algunos indicios sutiles de que, irremediablemente, lo quieras o no, te estás convirtiendo en una señora, o lo que es lo mismo, estás trasmutando en tu propia madre que, al fin y al cabo, es la señora con mayúsculas, a la que tú identificaste como tal en tu más tierna infancia y a pesar de que ella apenas superaba los 27.

Si no hay baño, no hay playa

Cuando eres “joven” un día de playa no puede considerarse como tal si no te has bañado una, dos… tres veces. Da igual que el agua esté congelada, que el cielo esté nublado o que haga tanto viento que nada más salir estarás empanada en arena. Si no te bañas es como si no hubieses ido a la playa y todos sabemos que el verano es sinónimo de playa. Cuando te conviertes en señora, cualquier excusa es buena para evitar el baño. De hecho, puedes contar con los dedos de la mano las veces que lo harás a lo largo del verano.

Eres capaz de bañarte en la playa/piscina sin mojarte la cabeza

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Y lo haces, además, única y exclusivamente por no despeinarte. Esa es la realidad. Puedes disfrazarla de “llevo puestas las lentillas y no quiero que se me mojen los ojos”, o de “me duelen los oídos si me entra agua” pero, no nos engañemos, lo que no quieres es mojarte el pelo para que siga teniendo buen aspecto.

Mojarte bajo la lluvia ya no es una opción

Directamente ligada con la anterior y en un intento indigno por mantener tu peinado a salvo eres capaz de taparte con cualquier cosa la cabeza cuando la lluvia te sorprende sin paraguas. Un bolso, el fular, la carpeta de tus hijas… es más, sólo un mínimo resquicio de dignidad te impide no echar mano de una bolsa del supermercado.

Mantienes profundas conversaciones en la cola de la pescadería

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Quieres una merluza pequeña, que la corten en rodajas y no te vas a llevar la cabeza. Esa es toda la información que la pescadera necesita. Es más, intercambiar esos datos es toda la relación que deberías mantener con la pescadera, pero no por ser borde, sino porque, básicamente, ella está trabajando y no necesita que le des la chapa. Además, al resto de clientes les importa un bledo tu vida, solo quieren que liquides rápido el pedido y que avancen los números. Esa es la teoría, eso es lo que has detestado durante los últimos años pero, un día, a eso de “no quiero la cabeza de la merluza” le añades un “porque la voy a hacer a la romana” y ahí es un no parar, has abierto la caja de Pandora y no podrás volverla a cerrar. “A mis hijas les cuesta comer pescado”, “¿tú cómo la preparas?”, “¿estará fresca?”… Y poco a poco te vas creciendo, comienzas a referirte a la chica de la pescadería por su nombre, os preguntáis por la familia, le cuentas cómo te va el trabajo y compartís quejas maritales para espanto de esa jovenzuela de ventipocos que os mira encolerizada porque tiene prisa.

No necesitas que nadie te pregunte tu opinión para darla

No va contigo, tú estás solo esperando tu turno en la mercería, deberías concentrarte en lo tuyo, repasar mentalmente las tareas del día, tararear en silencio alguna canción, cualquier cosa para no caer de nuevo en la trampa… pero no puedes evitarlo. La chica que te precede le ha preguntado a la dependienta acerca de cuáles son las mejores camisetas interiores para su hija y tú, aunque no va contigo y nadie te ha preguntado, en vez de callarte, te sientes con derecho a meterte en la conversación y compartir con ella, aunque no te lo haya pedido, toda la información que has ido acumulando acerca del tema en tu extensa experiencia como madre.

Tu técnica puede incluso ser más depurada cuando aprovechas un descuido de la dependienta para advertir a la incauta clienta que están intentando engañarla y venderle la más cara cuando con las de tres euros estará perfectamente servida. Si entras en esta fase, de verdad, preocúpate porque ya no hay vuelta atrás.

Juventud divino tesoro

Hubo una época en lo que eras una pipiola y, lo que es más importante, te sentías tal y lo reafirmaba el hecho de que eras coetánea de cualquier “yogurín”. Ahora las cosas han cambiado. Todos y cada uno de los cantantes, actores o futbolistas de moda no solo han nacido al menos una década después que tú, sino que alguno podría casi ser tu hijo.

La comida nunca es suficiente

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Aquí me atrevería a decir que más que un síntoma de que ya eres una señora se trata solo de reafirmar que tu condición de madre está en pleno apogeo. Ante cualquier reunión que se programe en torno a mesa y mantel la comida nunca, nunca, nunca, nunca, va a ser suficiente. Si la intendencia depende solo de ti, la situación puede reconducirte, pero si es una de esas reuniones en las que todos aportan algo y hay más de una madre/señora probablemente podréis comer, merendar, cenar e, incluso, tendréis que repartir los restos antes de regresar a casa.

La belleza de una prenda de ropa es inversamente proporcional a su precio

Cuando eres una chica:

-Me encanta tu camisa

-(posibles respuestas) Es de XXX/La vi en una revista de moda/Creo que me sienta muy bien…

Cuando eres una señora:

-Me gusta tu camisa

-(única respuesta posible) ¡Pues solo me costó 10 euros!

Fijaciones domésticas

Hubo un tiempo en que yo tendía la ropa tal cual salía de la lavadora, sin orden ni concierto, con la única premisa de que quedase suficientemente sujeta como para que mis bragas no saliesen volando con el viento. Era una suerte de rebeldía después de años sometidas a las reglas domésticas de mi madre, poseedora de una antigua sabiduría ancestral al alcance solo de algunas amas de casa iniciadas conocedoras de las mejores condiciones para conseguir que la ropa se seque cuanto antes. ¿Y ahora? Ahora soy yo a la que la cabeza le da vueltas cómo a la niña del exorcista cuando mi marido hace la colada y no entiende cómo, dónde y en qué orden ha de tender cada prenda según su tamaño, composición, color…

Peinado de almohada

Cuando te conviertes en señora olvidas tu cogote. Más bien que tienes pelo en el cogote, más allá de lo que refleja tu espejo a simple vista. Solo eso puede explicar que olvides pasarte el cepillo por detrás cada mañana y salgas a la calle tan digna aunque parezca que te acabas de despegar la almohada de la cabeza.

Desarrollas manías absurdas

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Absurdas y que aparecen a traición sin que sepas ni cómo ni cuándo. Solo pasa y lo mejor es asumirlas. La mía gira en torno al fiambre. Tal cual lo oís. La descubrí -¡cómo no!- en el medio natural de cualquier señora que se precie, el supermercado. Me planté en la charcutería y le dije: “Isa -sí, se su nombre, porque nuestra relación, atendiendo al tercer punto, está en ese punto de intimidad que nos contamos nuestra vida-, quiero 200 gramos de pavo, pero córtamelo finito”. El espanto se dibujó en mi cara, tuvieron que notarlos todos alrededor. “¿Córtamelo finito?” ¿Eso ha salido de mi boca? Ya no es que sea mi madre, es que me ha poseído mi abuela… Pues ¡hasta ahora! Ahí sigo, que no sé cómo había podido sobrevivir hasta ese momento sin especificar el grosor de las lonchas, pero ahora es mi única meta en el mundo cuando voy al super: salir con el embutido cortado bien finito.

Bueno, eso e intentar ganarle la posición a algún despistado cuando abren una nueva caja y dicen esa frase que hace que se accione el resorte en el cerebro de cualquier señora que se precie: “pasen por orden de caja”.

Fuente:Pixabay

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Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.

21 COMENTARIOS

  1. Jajaja… Pues a mí me ponen de los nervios esas señoras que se saltan el orden de la cola cuando abren una nueva caja…
    Me muero de la risa con tu lista. Algunas las cumplo (sí, me he dado cuenta que yo también digo el precio de la ropa nueva, tengo fijaciones domésticas, hablo con el carnicero…), pero otras todavía no las he desarrollado. Siempre me baño en la playa/piscina: me encanta. Y me mojo el pelo: ya me lo lavaré después. Supongo que todo se andará…

  2. jajajaja… aunque me quedan muchos puntos por cumplir está claro que voy para señora y no sólo porque ya me lo llamen en la calle, sobretodo por el punto de juventud divino tesoro, el mundo ahora está lleno de yogurines y ya me pasa hasta con mis clientes, aissssss si es que el tiempo corre que vuelaaaaaa

  3. Dios de mi vida, me estoy convirtiendo en señora… No llego a los 30 y soy de las que piden el fiambre finito, charlo con el pollero del súper y salgo corriendo a las cajas que abren en ese momento :0
    Será psicológicamente me estoy acercando a la edad de mi querido esposo, sus casi 40.
    Por cierto, me acabo de dar cuenta que nos llamamos igual, apellido incluido! Jajaja (últimamente me fijo en cosas que no van ni a cuento )
    Saludos!

  4. Socorro!!! soy una super señora!!!
    Lo de comentar el precio de la ropa si estaba en oferta, lo de pedir el jamón cortado finito y lo de poner comida como para todo el vencindario jajaja
    Eso sí, yo si no me mojo la cabeza es como si no me hubiera bañado 😛

  5. Lo del fiambre finito es de señoras?? Porque entonces lo soy desde los veinte años, madre de dios.

    Lo del pelo estoy empezando a hacerlo este año, más que nada porque se me cae a chorros.

    Te ha faltado lo de ponerse la rebeca sin meter las mangas 🙂

    Muy divertido María.

    Besos

    • Peor, querida, peor. Ser señora implica olvidar la existencia de botones y cremalleras y cruzarse los bordes de cualquier tipo de prenda de abrigo a poco que sople algo de frío.
      Juro por mi vida que me he fijado en la juventud por la calle, y no veo a ninguno cruzarse la chaqueta, se la cierran, sin más, aunque no acierten con los ojales. ¿Pero las señoras? Dior nos libre. Nos cruzamos la puta rebeca. Esto es asín.

  6. En muchos aspectos dejo mucho que desear como señora pero… cuando abren la segunda caja se mantener (o mejorar) mi posición en la cola, que mi yo adolescente y panoli se dejaba arrebatar (ya se en qué ángulo situar mis codos). El orden en la caja es un concepto relativo y el embutido cortado finito cunde muchísimo más, ¡adónde vas a parar!!
    Gracias, Merak, por hacerme reír! (mucho)

  7. Esta claro que tardaré mucho en ser una señora.
    Las que cumplo (pocas, no bañarse en la playa, hablar con el carnicero y pedir las cosas finas, tender con orden…) las cumplo desde que empecé ha hacerlas… Mi abuela nos abrí caña en el chalet si tendíamos “mal”…aprendí muy pronto…. Empecé a a ofrecer el mar a los 20….siempre he hablado con los del mercado (con los de toda la vida, que me vieron nacer…. Y con los nuevos que dan pie… Si no, pues no) y es que en mi pueblo si no pides las cosas finas, te plantan un kilo de tren asco en tres chuletas….
    Así que, o soy una señora desde los 10/15 años…. O nunca lo sere…. Y creo que voy camino de la segunda.
    Las madres de mi entorno de madres tienen todas 10 o 15 años menos que yo y se enteraron el otro dia. Jejejeje.

  8. Aixxx, me estoy convirtiendo. Poco a poco paso al lado oscuro. Algunas cosas las cumplo, otras me niego, lo intento, no pueeeedo!!! Lo de ir a la playa y no bañarme, como que no. Pero lo del pelo, eso sí, lo reconozco, que luego llevo unos pelos que ni Carmen de Mairena.
    Lo de la pescadería, lo veo en mi madre cuando a veces vamos a comprar y me da un no sé qué, que cuando salimos del mercado le digo: Pq cuentas a todos lo que quieres hacer? Lo pides y listo. Y ella siempre me dice, noooo, porque si se lo cuentas a veces te da ese trozo que tanto nos gusta.

    Saludos

  9. […] Eres toda una señora, has terminado de hacer la compra y divisas la línea de cajas al fondo. Ya empiezas a sentir los músculos contraídos, señal de que empieza la prueba. A medida que te acercas vas estudiando el volumen de los carros que esperan en cada una de las colas, la supuesta destreza de la cajera (sí, lo determinas así a lo loco en un golpe de vista) y haces tus cábalas. Todo inútil. Te vas a colocar indefectiblemente en la más lenta. Siempre. […]

  10. […] La amiga de una amiga de una amiga -ya sabéis cómo va esto, así que ahorradme las bochornosas explicaciones- vive acomplejada porque las únicas canas que luce en toda su anatomía han aparecido, precisamente, en su monte de venus. No se entremezclan en su melena trigueña como coquetas mechas, no ¡qué va!… las cabroncillas se han ido a instalar en su parrocha, mincha, almejita, conejillo, chochito, ostrita del amor -os emplazo para un post de sinónimos de nuestra venerada vagina- lo que la cohíbe considerablemente en su vida íntima. ¿Para qué tanta crema antiarrugas? ¿para qué insistir en un look juvenil? si cada vez que se baja las bragas copito de nieve asoma entre sus piernas haciéndola sentir una señora. […]

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