lunes, octubre 25, 2021
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Cómo superar las pequeñas crisis del día a día

En Mujeres y Madres Magazine suelo ofreceros mi cara más optimista, incluso cuando abordo los temas que más me atormentan. Pero yo, de diario, soy más de darme a la angustia y la tristeza sin ton ni son -mi segundo nombre es «Q’agobio»-. Así que, por pura supervivencia, he ido desarrollando diversas tácticas y técnicas para lidiar con mis crisis emocionales como buenamente puedo. Estas son mis estrategias de andar por casa para pintarle una sonrisa a ese día tan gris.

esto tambien pasara

Esta crisis también pasará

Cuando un problema me abruma me repito esta frase como un mantra. Se trata de relativizar los problemas, así que intento recordar otras ocasiones en las que me vi derrotada por las circunstancias para comprobar como, con la perspectiva del tiempo, aquello no era tan horrible o, a lo mejor, sí lo era, pero salí adelante y, al fin y al cabo, de eso es de lo que se trata. «Esto también pasará»

llorar

Llorar como si no hubiese mañana

Me declaro muy fan de llorar a moco tendido, sin cuartel ni consuelo. Sé que resulta altamente contradictorio siendo una madre que ha logrado que sus polluelos interioricen que «llorar no arregla nada y nos llena el cerebro de mocos que no nos dejan pensar», y es cierto, no arregla nada pero ¡qué coño! ¿y lo bien que sienta? Nos ayuda a manifestar físicamente nuestros sentimientos negativos, nos permite eliminar toxinas, descargar tensiones y tiene un efecto tranquilizador en nuestro organismo… ¿qué más queremos?

chocolate

Engullir chocolate

De todos es sabido que el chocolate es uno de los mejores antidepresivos naturales. Aumenta la producción de serotonina y contiene alcaloides que, como la cafeína, nos insuflan energía. Pero yo no me refiero a eso, yo voy más al aspecto «ojo por ojo»: la vida me putea, pues yo me vengo zampándome una onza de chocolate, para contrarrestar, porque yo me lo merezco, porque yo lo valgo. Dicho así suena ridículo, pero a mí, en esos momentos, me sirve como argumento. Ya que estoy para el arrastre, al menos llevarme algo bueno de la situación. E, insisto, fijaos que he dicho una onza y no la tableta entera, que todos sabemos las pésimas consecuencias que acarrea utilizar la ingesta incontrolada de comida como falso camino hacia nuestro equilibrio emocional.

Cómo superar las pequeñas crisis del día a día

Hacerme el bichobola

No como actitud vital prolongada, que puede resultar hasta destructivo, pero sí para un momentito de nada. Nunca os habéis fijado que a las víctimas de cualquier catástrofe, aunque no estén heridas, suelen taparlas siempre con una manta. Leí en algún sitio que se trata de un mecanismo que contribuye a generar una sensación de seguridad, una especie de «arrullo emocional». Pues eso es lo que hago yo. Me enfundo la ropa andrajosa de andar por casa y me hago un «bicho-bola» con la manta de cuadros en el sofá. Si lo combinas con el punto 2 y eres capaz, insisto, de tomártelo como un tránsito y no como una situación permanente, la experiencia es de lo más liberadora. Es lo que yo llamo una etapa crisálida. Te haces tu capullo -literalmente- para renacer como mariposa.

sol

Sentir el sol en la cara

Lo cual, viviendo en Galicia, no siempre está a mi alcance y es algo para, en sí mismo, hacer feliz a cualquiera. Pero os aseguro que hay pocas cosas tan reconfortantes para cargarme de energía cuando estoy de bajón como salir al balcón, cerrar los ojos y dejar que la luz del sol me ciegue incluso en la oscuridad.

labios

Pintarse los morros de rojo pasión

Tras llorar, atiborrarte consumir de forma controlada chocolate, hacer el bicho-bolla y casi casi la fotosíntesis, como decía antes, toca RENACER ¿y qué mejor manera de hacerlo que sintiéndose bien con uno mismo? Quien dice pintarse los labios dice pintarse las uñas, aplicarse una consistente capa de maquillaje, ir a la peluquería o enfundarse en esos vaqueros que te hacen sentir la reina del mambo.

Cómo superar las pequeñas crisis del día a día

El que canta, sus males espanta

Igual que tengo mi lista en Spotify para regocijarme en mi pena, también tengo un buen número de canciones de esas que me hacen saltar del sillón y que la mariposa que a estas alturas -como en el duelo, todo forma parte de un proceso- llevo dentro revolotee. No digo yo ponerme a bailar cual posesa, que no soy de esas, pero sí hay acordes que me hacen venirme arriba. No profundizaré mucho en el tema, pues me obligaría a revelaros algunos de mis más que cuestionables gustos musicales, pero sí confesaré que June afternoon de Roxette es una de ellas. Y hasta aquí puedo leer.

abrazo

Abrazo sanador

Todos tenemos esa persona que nos reconforta, que no hace falta que nos diga mucho porque entre sus brazos nos sentimos seguros. Aunque a veces andemos a la gresca y pueda resultarme un pelín sobreprotectora, mi persona sanadora es, sin duda, mi madre. Cualquier problema es menor cuando ella me abraza. Pero ¡atención! he de confesar que recientemente he descubierto que, a veces, resulta tan sanador recibir un abrazo como darlo y que, cuando todo se desmorona, acostarme con mis hijas cuando duermen y arrullarlas entre mis brazos es el mejor bálsamo para muchos males, para darle al menos una oportunidad al día que se avecina. Así que de lo que se trata es de tener claro quién puede darte o a quién dar ese abrazo y no renunciar nunca a él.

respirar

Oxigenación mental

Cuando, más que «tocada» emocionalmente, lo que me siento es desbordada en situaciones puntuales de estrés en el día a día también tengo algunos trucos para atenuar mis nervios y canalizar mi energía de forma productiva. El principal, sin duda, lo que yo llamo «oxigenación mental». Un buen suspiro a tiempo o, mejor todavía, parar de dar vueltas como un pollo sin cabeza porque no llego a todo lo que tengo que hacer y respirar profundamente. Llenar plenamente mis pulmones de aire y exhalarlo despacito. Para mí es un break que rompe con la dinámica, un punto y seguido tras el que retomar mis tareas con más calma.

levitar

Cortina de humo

Y, si lo anterior no funciona, o resulta insuficiente, he perfeccionado otra estrategia sin ningún tipo de base científica. De hecho, creo que es una mera cortina de humo que distrae mi atención de lo que me atormenta en ese momento. Se trata de cerrar los ojos, quedarme muy quieta -si estoy acostada mejor, pero no siempre es posible- y concentrarme en oír -más bien sentir- los latidos de mi corazón. Si respiro despacito y me sugestiono lo suficiente soy incluso capaz de ver unicornios -¡no! ¡esto es broma! solo quería probar vuestro nivel de sugestión a estas alturas-. Ahora en serio, si respiro despacito y me concentro soy capaz de notar el palpitar de mi pulso en la yema de los dedos y ahí se que al fin estoy relajada y preparada para volver al mundo con una mejor actitud.

María L. Fernández
Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.
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