De tutús, pelucas y masculinidad

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Parece ser que tutús, pelucas y masculinidad no se llevan bien. Por lo visto, las masculinidad y la testosterona no se lleva bien con nada que se salga de la más rancia norma establecida. Si os preguntáis “a son de qué viene esto ahora” seguid leyendo y veréis que no es que me haya vuelto loca, sino que la gente debe de tener mucho tiempo libre. Y andar un poco regular de la cabeza.
Veamos.

Charlize Theron, su hijo y Elsa de Arendelle

La primera “noticia” que ha motivado que me vuelque sobre el teclado es que Charlize Theron permite a su hijo que lleve falda y se ponga una peluca con la archiconocida trenza de Frozen. Podéis leerlo en El País haciendo click aquí.

La verdad es que veo la foto y no se me ocurre que haya mucho que comentar. Una madre y su hijo pasando tiempo juntos, comiéndose un helado… Más allá de que sea más o menos tierno ver a las estrellas de Hollywood con sus hijos, no creo que la noticia dé de sí. Pero mi parecer no debe de ser el mayoritario, por desgracia, porque a Charlize le están lloviendo las críticas por permitir, como señalaba más arriba, que su hijo lleve falda y peluca. Y no sólo permitir, por lo que señalan en el diario:

Brian Williams, un conocido locutor de radio, fue el primero en pronunciarse sobre el tema sembrando la polémica con un mensaje en su cuenta de Twitter, que borró horas después, en el que decía: “¿Cómo es legal que Charlize Theron deje que su hijo lleve vestido y peluca?”.

¿Alguien se cuestiona la legalidad de que una madre deje a su hijo vestir como le dé la gana? ¿Pensaban en denunciarla o llevarla a la cárcel?

El niño del tutú y el energúmeno de los gritos

La segunda noticia también ha sido publicada en El País, en su sección Verne, y podéis leerla aquí. Os resumo: una madre y su hijo paseaban por un parque cuando tuvieron un encontronazo con un hombre que se dedicó a increparles porque el pequeño de 3 años llevaba un tutú e incluso sacó fotos como prueba para que lo supiera todo el mundo. El energúmeno en cuestión -no se me ocurre otro calificativo más suave para hablar de él- se dedicó a decirle al pequeño que su madre era una mala madre y que aquello era abuso de menores.

La madre explica en su cuenta de Facebook que a su hijo le gusta vestir tutú porque le hace sentir bonito y valiente y que nunca ha supuesto un problema hasta ese desagradable encuentro. Además, pide que la historia se comparta y ha tenido tanta difusión que un amigo de la familia ha creado el hashtag #TutusforRoo (Tutús para Roo) como muestra de apoyo al pequeño.

La libertad, el machismo y los niños

Es curioso que las dos noticias aparezcan en el mismo medio, el mismo día, contando historias con elementos similares. En una sociedad en permanente evolución, en la que los movimientos sociales en busca de la igualdad más allá de sexos, razas, religiones o colores, llama poderosamente la atención que comportamientos tan arcaicos sigan teniendo lugar. Pero, sobre todo, hiere profundamente la sensibilidad que los principales afectados de tanta crítica o mofa sean menores de edad.

La libertad, la seguridad en uno mismo, la empatía, el respeto, comienzan en el hogar. Nos pasamos media vida adulta tratando de quitarnos las etiquetas que alguien nos puso de pequeños, pero levantamos el dedo acusador ante los padres que no hacen caso de esas etiquetas en la educación de sus hijos. Permitidme que no lo entienda.

Estoy cansada de oír en mi entorno el famoso “lo vas a amariconar” cuando un niño usa los zapatos de tacón de su madre o se pinta los labios, sencillos juegos de imitación de los comportamientos que les rodean, como si aquello de la sexualidad tuviera algo que ver con vestir calzoncillos de princesas -si es que los hubiera, que lo dudo mucho-. Porque estas voces siempre gritan más alto cuando hablan de lo que se identifica con lo femenino y lo usan como algo peyorativo. ¿Recordáis el vídeo “Corre como una chica”?

Mucho me temo que estos comportamientos dicen más de sus propios demonios internos, que las palabras que aquel profiere de su destinatario. Pero los sufren los niños. Lo más puro que tiene esta sociedad, quienes se merecen explorar y crecer sin nuestros males endémicos. Por ellos es por quienes tenemos que luchar.

Mi hijo me pide que le pinte las uñas si me las pinto estando él delante. También juega alguna vez con mis brochas y me pide que le pinte los labios si me ve hacerlo. Juega con coches y con pelotas. Con puzles, construcciones, muñecos. Mi hijo es un niño descubriendo el mundo desde su azul y limpia mirada. Y si el día de mañana viene con otro hombre a casa y me lo presenta como su pareja no tendrá nada que ver con mis uñas y mis labios, sino con su corazón y su sexualidad.

Señores repletos de testosterona -y alguna que otra señora rancia, que también las hay- que andan por el mundo levantando dogmas de fe: ¿por qué no se callan? Guarden sus monstruos en el armario o púrguenlos como mejor les parezca, pero no corrompan y no juzguen. Lávense sus heridas. Y si, después de todo ello, no son capaces de mantener la boca cerrada, es mejor que se vayan con la música a otra parte. Y sin hacer ruido.

Imagen destacada: Pixabay

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Soy Leticia la mamá de Ojazos desde 2013, mujer desde 1978. Siempre corriendo y con mil cosas en la cabeza para hacer pero con poco tiempo para llevarlas a cabo. Escribo en Esto no es como me lo contaron y Las Letras de Let porque es lo que más me gusta hacer en el
mundo. Activa, habladora y comprometida, cabezota y risueña vivo en una permanente contradicción. Necesito contar las cosas que me pasan para que no se me enquisten en alma.

8 COMENTARIOS

  1. Creo que también es problema de las convicciones sociales actuales y como definen lo que está bien y lo que no. Como comentaba, un par de siglos atrás las mujeres tenían prohibido llevar pantalones. Prohibido, no es que estuviera mal visto (que durante mucho tiempo también fue así, que se lo pregunten a Katherine Hepburn) sino que era ilegal. Pero es que en Roma los guerreros llevaban falda, los guerreros irlandeses llevaban falda, en el antiguo Egipto los hombres se maquillaban. De hecho que Cleopatra se maquillase era por hacer lo que hacía un emperador, no porque fuera mujer.
    En fin, que si nos preocupasemos un poco menos en lo que piensan los demás también nos iría mejor. El problema es que no sólo lo piensan sino que juzgan en función de ello. Habrá que ir cambiando las normas poco a poco…

  2. En mi familia no hemos necesitado enseñar a los hijos estas cosas. Las niñas me imitaban a mi y los niños a mi marido. Creo sinceramente que si una familia tiene una referencia masculina y otra femenina, los hijos emulan aquel que más se le parezca.

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