lunes, mayo 16, 2022

¡Vive!

Ultimamente vivo rodeada de mujeres exitosas en muchos ámbitos de su vida. Fantásticas madres, abnegadas profesionales, emprendedoras entusiastas, trabajadoras incombustibles y unas luchadoras natas. La mayoría son interesantísimas, muchas resultan inspiradoras y, además, algunas son realmente excelentes -¡Qué digo excelentes! ¡BRILLANTES!-.

Y, sin embargo, cada vez me resulta más habitual percibir en ellas un discurso derrotista, tremendamente crítico consigo mismas y en el que el “yo” que revelan o dicen ser tiene poco que ver con el que quienes las rodeamos vemos. Y es aquí cuando cambio la tercer persona por la primera, porque sí, yo también me instalo en más ocasiones de las que debería en esa postura tan autodestructiva.

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Una noche, en una concurrida conversación virtual con un grupo de amigas en la que el sueño y el cansancio tras una larga jornada nos “soltó la lengua”, acabamos compartiendo temores y desnudando nuestras flaquezas. Una se veía insegura, la otra no se encontraba conforme con su cuerpo; una tercera se había considerado siempre poco agraciada y no tardó en aparecer quien confesase que le abrumaba no estar a la altura de las exigencias de su trabajo o quien no se consideraba una persona lo suficientemente interesante… La lista de “hándicaps” era innumerable.

Pero lo realmente curioso es que, a cada nueva revelación, aparecían voces discordantes que desbarataban todos y cada uno de esos argumentos. A la que se consideraba insegura, las demás la encontraban “fuerte, con encanto natural, magnética…”; la que renegaba de su cuerpo era para el resto “atractiva y estilosa”; la que se veía fea tuvo que escuchar voces que la calificaban como “hermosa”; la que se encontraba insustancial se topó con apelativos como “interesante, brillante” hacia su persona; y más de una que dudaba de sus competencias tuvo que escuchar nuestro dictamen: “eres brillante”. Ese ejercicio de empoderamiento se alargó más de una hora y os aseguro que, de la misma forma que las quejas -aunque infundadas- estaban absolutamente interiorizadas por su protagonista, todos los elogios que se vertieron eran sinceros.

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Lo más revelador de aquella noche fue constatar la disociación que en muchas ocasiones se da entre la imagen que tenemos de nosotros mismos, la que proyectamos hacia los demás y el quién somos realmente. Hace unos meses, preparando un artículo acerca del desarrollo infantil en la etapa escolar, encontré un texto de la psicóloga Alejandra Guerrero Teare en el que explicaba que uno de los hitos vitales de ese periodo era el desarrollo del “autoconcepto” y la “autoestima”. En el primero interactúa el “quién soy” y el “yo ideal”, basado este último en las exigencias y expectativas sociales y los valores que nos inculcan. El segundo hace referencia al valor que nos damos a nosotros mismos en comparación con ese “yo ideal”. El amor y aceptación que percibimos, la competencia que demostramos o la capacidad que tenemos para influir en nuestra propia vida son determinantes en un sano desarrollo de nuestra autoestima.

Está claro que, ya sea como una actitud vital permanente o como efecto secundario de una etapa que nos ha tocado afrontar, existe toda una generación de mujeres cuya autoestima no se ha desarrollado de forma satisfactoria. ¿Demasiada exigencia a nuestro alrededor? Puede. Pero, sobre todo, demasiada exigencia en nuestro interior. Somos nuestro peor enemigo. Y si juzgar de forma precipitada o subjetiva a los demás no es conveniente, hacerlo con nuestra propia persona tiene efectos demoledores.

Una buena amiga dice que ser feliz es una “actitud” y creo que es una de las reflexiones más reveladoras que me han ofrecido últimamente. Ser feliz es algo que, en contra de lo que pensamos, emana de uno mismo, no de los/lo que nos rodea. Sin embargo, diariamente gastamos demasiadas fuerzas y recursos en juzgarnos, en cuestionarnos, en ponernos zancadillas, en perdernos en crisis existenciales de todo tipo y llegamos agotados a ese momento de reclamar nuestra propia felicidad.

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Así que desde aquí te digo -y me digo, no os vayáis a pensar que yo ando sobrada de todo esto que predico-:

¡Quiérete! Porque el amor hacia los demás debe empezar por nosotros mismos y, sin embargo, no tenemos reparos en entregarnos a los que nos rodean mientras nos rateamos a nosotros un mínimo de cariño.

¡Disfruta! Que la vida en demasiadas ocasiones es dura no te lo voy a negar. Pero, precisamente por ello, aprende a disfrutar de los momentos de sosiego que te brinda. No se trata de vivir en una nube permanente: ser realista y asumir que todo es cíclico, e igual que estás arriba puedes verte abajo, no es incompatible -es más, diría que es necesario- con saborear al máximo nuestros pequeños placeres y éxitos diarios.

¡Confía! Sobre todo, en tí. ¿Realmente cuantos de los malos adjetivos que te dedicas son ciertos o tienen la importancia que les das? Sé objetiva.  No se trata de negar la evidencia pero, realmente esa parte de ti que te “amarga” incluso suponiendo que fuese cierta es lo que realmente te define. O, incluso mejor dicho, ¿quieres que sea lo que realmente te defina? ¿Sabéis eso que tenemos tan interiorizado las madres de que no debemos etiquetar a nuestros hijos porque ello acaba condicionando su conducta? Pues empecemos por aplicarnos a nosotras el mismo rasero. No te etiquetes o acabarás ejerciendo el rol que tu misma te has adjudicado.

Pero, sobre todo… ¡Vive! Porque aquí estamos para eso. Aunque suene a psicología barata, realmente es cierto lo que dicen de que lo importante no es llegar a nuestro destino, sino disfrutar del camino y la compañía.

María L. Fernández
María L. Fernández
Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.
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31 COMENTARIOS

  1. Querida, queridísima, Merak!
    Este es un escrito absolutamente brillante. ¡Tan brillante como necesario! Muchas gracias por escribirlo. Está claro que algo no marcha pero lo mejor! Es que parece estar en nuestras manos el cambiarlo…
    Un abrazo de mil leguas!!

    • Actitud, esa es la clave. Pero ya sabes: Consejos vendo, para mí no tengo, que diría una gran amiga nuestra

    • Muchas gracias, Pilar. Por qué a veces somos tan buenas con los demás y tan duras con nosotras? El problema es que es muy fácil hablar y reflexionar y tremendamente difícil aplicarse el cuento.

  2. Difícil viraje el que debemos hacer las personas para evitar esa colisión continua en la que entramos a diario, por esa duda constante sobre nuestro físico, nuestra personalidad, nuestro yo-tú. Preocupados y ocupados, por lo que dirán o pensarán de nosotros….Hemos conseguido romper la barrera de la luz, pero ay esas barreras interiores….no hay manera de derribarlas…Felicidades por la reflexión….aplausos y más aplausos.

    • Gracias! Es un placer leer siempre tus comentarios. Sí es cierto que hay muros interiores que parecen infranqueables y, sinceramente, creo que en este sentido las mujeres los levantamos más y más altos. Y lo peor es que creo que no estamos avanzando lo suficiente en ello. Las generaciones que nos siguen siguen “pecando” de lo mismo…

  3. Vivimos en una sociedad que no ve con buenos ojos a la gente que presume de sus logros. Desde pequeños, el niño que saca buenas notas es el marginado, el empollón. El guay es el que suspende. Esto lo tenemos tan interiorizado que nos cuesta horrores ver lo bueno que tenemos hasta que llega un momento que no sólo no lo vemos, sino que lo convertimos en lo contrario.

    • Exacto. Durante mucho tiempo intenté que mis hijas no fuesen de “sobradas”. Gran error. No deben ser altivas, pero sí valorar las cosas que hacen bien. De lo contrario, serán como su madre, un tanto apocadas…

  4. ¡Qué bichos somos con nosotras mismas! Yo debo decir que a mí me critico poco, para eso ya tengo un entorno de lenguas afiladas que me hace el favor de ponerme de vuelta y media. Pero aún así, hay facetas en las que noto que no me valoro lo suficiente, por ejemplo en la laboral, tras haber renunciado al trabajo para ser madre. Ahora soy autónoma, y aún así no he cambiado el chip y si alguien me pregunta sigo diciendo que estoy en el paro, que no hago nada de provecho y que me paso el día rascándome la barriga (cuando no es cierto).

    • Pues eso es lo primero que debemos de cambiar. Para que los demás nos valoren, debemos empezar por uno mismo!!!!!

  5. Que bonito mensaje, vive!!! Yo soy de las felices de actitud, se vive mejor evitando preocupaciones y si las hay lo mejor no es preocuparte, es ocuparte de ellas!

    • Lydia, tienes mucha razón. El problema es que se trata de una cuestión de actitud y a veces esa la tenemos tan interiorizada que nos sale todo. Lo que no quiere decir, sin embargo, que no tratemos de poner medios para ser más optimistas y, sobre todo, menos críticas. Besos

  6. Tienes toda la razón, he escuchado muchas veces mensajes de este tipo, motivantes, e incluso yo misma los he escrito, pero jo, se me olvida tan a menudo…de hecho ando en uno de esos momentos, cómo diría, de verme distorsionada ante el espejo, una de esas rachas absurdas de las que es tan difícil huir. Por ello te doy las gracias, por venir a recordarme que tengo que cambiarme de “gafas” para mirarme. Muchos besos.

    • La palabra clave es “absurda”. Porque, al final, mitad de las veces, nuestros temores, criticas y lamentos no están justificados o, al menos, no lo están en la medida que nosotros le damos una importancia demasiado grande. Así que ya sabes! a ponerse unas bonitas gafas de sol y mirarse de color de rosa. Besos

  7. Se puede decir más alto,pero no mejor….cuánta razón….la verdad que yo soy autodestructiva,ahí ando intentando asimilar lo bueno que me dice la gente que tengo…aunque yo no lo vea,siempre está bien tener a alguien que nos ayude a mirar con otros ojos las cosas…
    Muchas gracias por este post…me ha gustado mucho,deberíamos centrarnos en la actitud y cambiarla o adaptarla a nuestro yo más positivo

    • Destructiva número dos al aparato. A ver si a base de repetir el discurso lo interiorizamos un poco. Una confesión: Mi hermana ayer me mandó un mensaje: “Qué patrañas escribes en internet? A ver si te aplicas el cuento porque pareces otra persona”, jajaja. Pues sí, a ver si acabo creyendo mi propio discurso

  8. Madre mía que reflexión. Últimamente estoy conociendo cosas de mi misma que ni sabía que existían pero de lo que me he dado cuenta es que todos tenemos una grandisima fuerza intetior que puede cambiar lo que nos ha limitado toda la vida. A lo largo de la vida se adquieren creencias que sin darnod cuenta les damos veracidad y acaban siendo muros que no nos dejan avanzae. Darse cuenta de lo que crees que eres te enseña quien de verdad eres.
    Un besazo

    • Totalmente de acuerdo contigo. Interiorizamos ideas distorsionadas que acaban limitandonos. Yo creo que madurar es liberarte de todo esto. Pero llevo diciendo eso desde los 20 años sin lograrlo. Solo espero que algún día me llegue esa sensación de plenitud y tranquilidad, de aceptación de mi yo

  9. Me ha encantando el post. Estoy muy de acuerdo contigo.
    Mi autoestima a mejorado con los años, pero después de mis años en el instituto acabo muy mal, muy debilitado, sin saber valorarme ni quererme. Gracias a dios aprendí a rodearme de la gente que me convenía y, sobretodo, que me valora tal y como soy. Tanto es así, que del instituto no mantengo ninguna amistad. Ninguna.
    Mi marido me enseñó a quererme más, a no ser tan dura conmigo misma, a ser más segura e ir con la cabeza bien alta.
    Espero poder enseñar a mi futuro bebé, cuando sea mayor, a valorarse y a que deseche de su vida a quien no le haga bien.

    • Me encanta eso que cuentas de tu marido porque he de decir que yo también he encontrado en el mío a ese gran aliado. No como una persona que me sustenta con sus halagos, sino una persona que me hace ver lo bueno que hay en mi misma. Somos afortunadas. Ahora lo complicado es transmitírselo a nuestros hijos

  10. Yo soy de las derrotistas conmigo misma soy mi peor enemigo y a veces sufro sin neceaidad ole y ole por este articulo creo que tu y yo nos parecemos bastante debe ser la sangre gallega un beso y simplemente genial

    • Lo sé Teresa, lo de que estamos en un momento vital parecido. Pero seguro que eso no nos viene de los genes gallegos. Esa sangre lo que nos hace es apreciar la buena comida y no tener mesura como anfitrionas. Jajaja. Un beso muy grande y gracias por tus palabras

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