domingo, mayo 22, 2022
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Se acabó ser una mujer políticamente correcta

El espíritu Grinch se apodera de mí. Después de un tiempo queriendo ser bondadosa, fantástica y maravillosa como un unicornio en el mundo de las hadas de colores, he sentido una transformación. Es como si fuera un Gremlin y con la llegada de la noche me poseyera un espíritu gruñón. Y, en vez de rumiar mis cosas en solitario (que luego me duele la úlcera) las voy a gritar a los cuatro vientos. ¿No dicen que compartir es vivir? Pues eso mismo. Toca ponerse reivindicativa y decir esas cosas que me cabrean.

Sí, se acabó eso de dar respuestas lo más diplomáticas posibles por el simple hecho de quedar bien. Como diría mi madre “al pan, pan y al vino, vino”. Igual es algo derivado de la edad porque lo que si he notado es que cuando pasas una barrera te importa un bledo lo que piensen los demás.

Querida, será mejor que te calles

cosas que me cabrean gritar

Estoy deseando soltar esta frase porque, sinceramente, estoy una de las cosas que me cabrean mucho son esas mamás (también hay papás pero reconozcamos que por eso de la conciliación son los menos) que a la puerta del cole no hacen más que contarte, día tras día, todos los días del curso escolar (y eso que es largo) que maravillosos son sus hijos. Que si piano, flauta, trompetín, viola, deportes acuáticos, sincronizados, deportes de equipo, individuales, idiomas variopintos… Pero bonita ¿no has visto que estás amargando a tu hijo que no tiene ni un minuto para jugar?. El día que el niño se rebele y te cuente que no quiere hacer nada de lo que le propones te va a dar un síncope.

No me toques la siesta

Si hay un placer reservado para las tardes del domingo es la siesta. En mi casa es sagrada, aunque solo lo sea para mí. Adoro terminar de comer, repanchingarme en el sofá con un té caliente y que me entre la modorra con una libro. No suelo aguantar más de un capítulo. Y lo que mas me cabrea en ese momento es que suene el teléfono y alguien te diga “estamos por la zona, nos pasamos a tomar café”. No. ¡Eso sí que no!. ¿Tú, que te llamas amigo mío me vas a amargar mi placer del domingo por un café de media hora? En ocasiones creo que la amistad está sobrevalorada.

Ponerme un cartel con mi nombre

cosas que me cabrean

Hay espacios de tu vida donde la gente no te llama por tu nombre. En el colegio, por ejemplo las primeras semanas, es normal que te reconozcan como “la mamá de”. Pero ¿y ese tendero dónde vas todas las semanas? ¿Tanto le costará aprenderse el nombre o si tiene mala memoria directamente no decir nada? Estoy hasta el moño de “guapa”, “jovencita”, “rubia”… No, no me llamo así. Yo no les llamo a ellos “tendero gracioso” o “comerciante calvito”. ¿ A qué no tiene gracia?

Hasta las narices de esperar

No me gusta esperar. Tampoco que me esperen. Por eso llevo fatal de lo ir a sitios con cita y que te tengan ahí, como un pasmarote esperando a ver si al “profesional” de turno se le ocurre atenderte. Me tocan los pies los notarios que te dan cita y te tienen una hora en la sala de espera (además de cobrarte un potosí), los restaurantes que cogen mesas a sabiendas de que no van a poder sentarte, las peluquerías donde te hacen mirar durante media hora que guapos dejan a los demás… ¿Y a mí¿ ¿A mí quién me atiende?

Y después de saber las cosas que me cabrean ¿qué añadirías tú a la lista? 

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