Yo soy el Grinch

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Prometo no odiar la Navidad cuando… Aunque sé que la adoraré porque…

… Cuando, calculadora en mano, compruebe que satisfacer los deseos que mis hijas recogen en su carta a los Reyes Magos va a dejar mis cuentas “tiritando”.

… Porque adoro percibir su emoción y expectación en las jornadas previas, esperando el momento mágico de encontrar los paquetes bajo el árbol.

… Cuando, pensándolo fríamente, y sin el candor de madre-todo-por-mis-polluelos, me dé cuenta de que nunca llegarán a jugar ni rentabilizar tantos juguetes.

… Porque anhelo disfrutar con ellas de cada nuevo presente que reciben, aunque acaben jugando con el papel de regalo.

regalo

… Cuando deba hacer un ejercicio de diplomacia y geopolítica para distribuir equitativamente y cuadrar sin herir susceptibilidades comidas y cenas familiares en “días señalados” e intentar que, este año sí, tengamos la fiesta en paz.

… Porque las Navidades son la excusa perfecta para reencontrarse con esa parte de la familia a la que casi no veo pero, sobre todo, para disfrutar y apreciar la compañía de los más cercanos, de aquellos a los que a veces, por las prisas, veo sin mirar en mi día a día.

… (En esta llevo ejercitándome ya algunas semanas) Cuando ya a principios de diciembre recibí la primera llamada de mi madre pidiendo ayuda para elaborar el menú navideño. La primera de una interminable serie de conversaciones estériles en las que sé positivamente que ni quiere ni necesita mi consejo -aunque me lo pida- y, por supuesto, que acabará haciendo lo que a ella le de la gana no sin echarnos en cara que “no me ayudáis nada”.

… Porque sé que cada una de esas charlas emana su deseo de complacernos, aunque ello implique hacer casi un menú por comensal.

cocina

… Cuando vaya por el tercer viaje al trastero para bajar el árbol, los adornos, el belén y demás decoración navideña. Cuando las cajas, que me empeño en bajar haciendo equilibrios, se desparramen por el ascensor, las bolas rueden por el descansillo y la casa acabe sembrada de espumillón.

… Porque sé que tres semanas después, agotada tras unas interminables fiestas, emprenderé el camino de vuelta con cierta añoranza.

… Cuando tras cinco minutos de cordialidad y de ejercer de familia pinterest, niñas sobreexcitadas y padres perturbados convirtamos el bonito momento de “poner” el árbol en un sinfín de reproches, gritos e incidentes varios.

… Porque sé que para ellas, aunque sea durante esos primeros cinco minutos, ese es uno de los momentos más especiales del año. Porque sé que irán colgando con esmero los adornos que han ido confeccionando en Navidades pasadas y fantasearán con los que añadirán este año. 

arbol

… Cuando descubra que la probabilidad de que se hayan agotado los juguetes que mis hijas pedían en sus cartas es directamente proporcional a lo deseosas que estén de ellos y, un año más, quede claro que me he demorado demasiado en afrontar las compras.

… Porque no ceñirme al guión establecido me da la oportunidad de improvisar, de investigar, de buscar con esmero ese regalo perfecto para cada una de ellas. Ese regalo que sorprenda, ilusione y divierta en la proporción justa para compensar mis desvelos.

… Cuando comiencen las disputas en la oficina para ajustar la fecha de la cena de empresa y sigan a la hora de determinar presupuesto y  menú. Por supuesto, también cuando acabe sentada justo al lado del tipo más baboso y que peor me cae o, lo que es peor, llegue tarde y me tenga que sentar en la única silla libre a esas alturas: la que está al lado del jefe.

… Porque es cierto que a alguno de ellos -los menos- no los soporto, pero siendo justa, tras años de convivencia, adoro a varios y aprecio a la mayoría. Y, además, con un par de gin tonics de por medio, pueden ser realmente divertidos.

comida navidad

… Cuando comience a hacer malabares en la agenda para comprar los regalos para toda la familia y, cuando digo TODA, es absolutamente toda. Los míos para ellos, los de ellos para mí, los de ellos para mis hijas, los de ellos para mi marido… Y no, “así eliges lo que a ti te gusta”, no es una justificación válida. ¡YO TAMBIÉN QUIERO SORPRESAS!

… Aunque la verdad es que así siempre acierto.

… Cuando, un año más, no acaricie ni la pedrea en el gordo de Navidad a pesar de haberme gastado un pastón en lotería y, sobre todo, tener el palpito -de nuevo- de que me va a tocar.

… Porque de sueños también se vive y me divierte fantasear con reencontrarnos todos en la oficina la mañana del día 22, abriendo champán y diciendo ante las cámaras de televisión que vamos a emplear el dinero ganado en “tapar algún agujerito”.

… Cuando los villancicos me taladren la cabeza en todos los establecimientos y centros comerciales.

… Porque entre ello, siempre encuentro un hueco para poder recordar que All I want for Christmas is youuuu“.

all i want

Cuando ir de compras al centro se convierta en una odisea. Cuando no haya aparcamiento, la circulación sea un caos, el transporte público vaya fatal y la gente, exaltada por el consumismo, parezca vivir al borde de un ataque de nervios.

… Porque, aunque sea a contrarreloj, cargada de bolsas y de tienda en tienda, pasear bajo las luces, con las niñas extasiadas con el colorido y la decoración navideña y repartir “felices fiestas” a diestro y siniestro acaba sumiéndome en un contagioso estado zen.

… Cuando la disputas entre “cocineras” arrecien a la hora de preparar la cenas y comidas en fechas señaladas. “Tiene mucha sal”, “está soso”, “se te va a quemar la cebolla”, “no le eches nata a la salsa”, “la carne está muy hecha”, “a mí los langostinos me gustan más a la plancha”, “qué morro tiene esta tía, que siempre se escaquea -de cocinar, de recoger, de fregar. No mueve el culo de la silla, así arda la casa-“.

Porque mientras cortamos, sofreímos y pelamos aprovechamos para bajarnos media botellita de vino, la lengua se nos suelta y alcanzamos el estado de embriaguez justo y necesario para hacer frente a los chistes del “cuñao” de turno y los improperios de la tía de Cuenca. 

… Cuando resulte imposible reunir a toda la pandilla a pesar de que en verano habíamos jurado y perjurado que de estas Navidades no pasaba lo de hacer un hueco para quedar todos.

… Porque seamos muchos, pocos, todos o alguno, merecerá la pena reencontrarnos.

… Cuando la sobremesa familiar se alargue y la ingesta abusiva de comida y alcohol haga aflorar todas las rencillas que se mantienen latentes durante el resto del año.

… Porque, entre pulla y pulla, también saldrán a la palestra esas anécdotas tan divertidas, alguien terminará cantando, nos echaremos unas risas y añadiremos nuevos recuerdos al álbum familiar.

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Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.

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