El mejor recuerdo de nuestra infancia

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Muchos de los recuerdos más bonitos que atesoramos los seres humanos son de nuestra infancia, quizá porque vemos el mundo con otros ojos, porque todo es más nuevo o porque sencillamente, vivimos todo con más intensidad, sea cual sea el motivo, la realidad es que cuando te paras a pensar en tu infancia la sueles recordar con ternura y como una de las mejores épocas de tu vida.

Hoy en Mujeres y Madres Magazine hemos querido hacer un ejercicio muy complicado y que te invitamos a hacer también en nuestros comentarios: elegir un recuerdo, solo uno, de cuando eras pequeña. Este ha sido el resultado ¿te animas?

Mi abuela (Nat)

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Destacar al mejor recuerdo de mi infancia es complicado pero, sin duda, mi abuela representa para mí un gran recuerdo. Por circustancias de la vida pasé mucho tiempo con ella y tengo muchísimos recuerdos buenos a su lado. Haciendo rosquillas, jugando a las cartas, de paseo buscando piñones, jugando con sus tacones… El maldito Alzheimer me la quitó en vida mucho antes de lo que me hubiese gustado, mis hijas no pudieron disfrutar de ella, pero todos esos recuerdos que tengo siempre me sacan una sonrisa cuando pienso en ella.

Mi familia, en el sentido más amplio (Sara)

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Nosotros siempre hemos sido muy clan. Tengo infinitos momentos bonitos que recordar, pero con lo que me quedo es con lo fantásticamente bien que nos llevábamos (nos llevamos) toda nuestra familia en el sentido más amplio. Nos íbamos de vacaciones con nuestros tíos y abuelos, nos encantan las comidas familiares y somos todos muy de hacer cosas juntos. La verdad es que tengo mucha suerte. Mi infancia no se entendería sin un montón de gente loquísima y encantadora de mi misma sangre.

Mis Padres (María Jardón)

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Es muy complicado elegir un recuerdo de la infancia… en un primer momento me decanté por los veranos con mi familia porque vivíamos todos juntos y nos lo pasábamos genial, pero si tengo que elegir un recuerdo son mis padres. Soy hija única y cuando pienso cómo jugaba cuando era pequeña veo a mi padre tirado en el suelo conmigo haciendo castillos o a mi madre ayudándome a vestir a las muñecas… Soy afortunada porque tuve una infancia muy feliz y, sin ninguna duda, fue gracias a ellos.

Mis abuelas (Merak)

Hay cosas que solo aprecias con el discurrir de los años y creo que la relación con los abuelos es una de ellas. Por mucho que los quieras cuando eres pequeño, no eres verdaderamente consciente de todo lo que han aportado a tu vida hasta que pasan los años y, en muchos casos, ya no están. Yo me he dado cuenta de que, cuando pienso en mi infancia, tengo muchos recuerdos felices pero, sin duda, los que más me enternecen son los que tienen que ver con algunos de mis abuelos y mi madrina -tía abuela-. Afortunadamente, aunque una ya no sea consciente ni para reconocerme, tengo a dos de ellas todavía conmigo y eso me permite devolverles parte de ese cariño y, sobre todo, compartir con mis hijas lo que ellas fueron para mí.

Mis primos (Majo)

Primos en la playa

Echar la mirada atrás y descubrirme en la piscina del pueblo, subida a los “pilonetes” para tirarnos al agua, es ese recuerdo que me hace sonreír. Pasábamos los veranos de la piscina a la calle. Recorriendo las calles y disfrutando de los primos que durante el invierno no teníamos la suerte de tener a mano. Excursiones, caminatas, paellas, la gramola y tantos y tantos momentos, que siguen siendo mágicos.

Por eso, ahora ese es uno de los momentos que me encanta transmitir a mis hijas, que guarden recuerdos vivenciales como esos, para que sean un poquito más felices.

Un fin de semana en Alicante (Let)

paseo-maritimo-Alicante

Nuestra familia no pudo nunca hacer grandes lujos. Tuvimos vacaciones, sí, y pisamos la playa, unas veces todos juntos -abuelos, tíos y prima incluidos- y otras por tandas. Pero si guardo un recuerdo especial de mi infancia relacionado con esa playa que tanto me gusta es un fin de semana en Alicante con mi hermana y mi madre. 

De repente mi madre nos dijo que nos íbamos a Alicante, hizo una maleta, nos metió en el coche y allí nos fuimos a la aventura. Sin reserva de habitación, sin ningún plan cerrado, sólo con la ilusión que mi madre nos acababa de contagiar pintada en el rostro. Terminamos alojadas en un hostal 1* que para nosotras fue el paraíso. Comíamos en algún bar y cenábamos bocatas en la habitación. Sol, playa, un paseo marítimo bonito para caminar al atardecer y dos de las mujeres más importantes de mi vida, ¿acaso se puede pedir más?

Siempre imaginé que mi madre hacía magia para nosotras, pero desde ese fin de semana lo sé con seguridad.

Imágenes: Propias y Pixabay (Let)

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