Nos separamos, y ahora ¿qué somos?

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Igual que llega un momento en la vida en que empiezas a ir de boda en boda porque tus amigos y primos van pasando por el altar (o el juzgado), a partir de los treinta y tantos, empezamos a ser testigos de no pocas disoluciones matrimoniales o rupturas de parejas. Y ante esta situación hay dos cosas que nos inquietan:

  • Una, puramente existencialista, que podríamos definir como “cuando veas las barbas de tu vecino cortar…” o lo que es lo mismo, nos ponemos en la piel de nuestros amigos o familiares imaginando que podríamos ser nosotros los protagonistas. Y hacerlo inquieta, claro que inquieta.
  • La otra, de carácter fáctico: constatamos el dolor que acompaña cualquier separación, por amistosa que sea, especialmente cuando hay hijos de por medio.

En solo unas décadas, la forma en la que nos unimos sentimentalmente a otra persona y nos desunimos ha cambiado enormemente. Se está rompiendo con un status quo que llevaba instalado durante siglos.

Aunque se sigue alimentando mitos como el de “encontrar la media naranja” o “el amor de tu vida”, lo cierto es que tenemos interiorizado que la unión con una misma persona puede ser para toda la vida, pero no tiene por qué serlo. Cualquiera de los dos, o incluso ambos, pueden decir “se acabó”, rompiendo así con esa relación de exclusividad.

En el lado opuesto a esta forma de concebir las relaciones sentimentales, hay quienes creen y practican el poliamor, que consiste – así para entendernos – en tener relaciones íntimas y sexuales estables con más de una persona de forma consensuada con todas las partes implicadas. Esta utópica forma de amar está desarrollada a nivel teórico pero falta la práctica, faltan las estructuras sociales e individuales para aplicarla (con éxito) y hacerla pasar  del manual del amor libre al mundo de las emociones.

Volviendo al mundo de lo “convencional”, al de las parejas monógamas, el problema se repite. Sobre el papel, sabemos que existe libertad para romper ese lazo que nos une a la otra persona, pero en la práctica ocurre que no es tan sencillo: ataduras morales varias, dependencia económica o psicoemocional (mutua o de una de las dos partes), bienes inmuebles compartidos, vértigo a los cambios… Y la madre del cordero: hijos en común.

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Cuando la pareja tiene hijos, la ruptura pesa el doble, se medita el triple y se teme al infinito.

Un montón de preguntas empiezan a poblar la cabeza de las personas que rumian una separación: ¿cuánto tiempo voy a pasar sin mis hijos?, ¿dónde vamos a vivir?, ¿se apañará el/ella sin mí para… ?, ¿cuánto me echarán de menos los niños?. Y yo, ¿podré soportar pasar días sin verlos?, ¿cómo se adaptarán a tener dos casas?, ¿nos guardarán rencor?, ¿qué pensarán mis padres, mis amigos, mis compañeros? Pero hay una pregunta que resulta especialmente inquietante: ¿cómo será mi relación con él/ella a partir de la ruptura?

Todo parece un precipicio insondable.

Tengo la sensación de que tenemos esa idea colectiva que no admite matices ni grises: toda separación es un drama, es una apisonadora de sueños, parte la vida de los dos en dos, los niños sufren lo indecible, todo es un fracaso mayúsculo. Sin embargo, cuando me ha tocado una separación de cerca, he estado al lado de mi amiga para apoyarla, pero todo ha fluido de forma mucho más natural y “sencilla” de lo que yo misma (y ella) imaginaba.

Por supuesto que hay casos en los que no es posible terminar la relación de forma sana. Por supuesto que hay quien se instala en el dolor, quien colma al otro de reproches o quien utiliza a los hijos, lo más lamentable de todo, como monedas de cambio o armas arrojadizas para dañar al otro.

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Evidentemente, y aunque todos los “duelos” son duros, las circunstancias en las que la pareja se ha roto influyen de forma decisiva en cómo evoluciona la relación después: no es lo mismo que sea de mutuo acuerdo, que sea solo decisión de uno de ellos. No es lo mismo que exista un hecho detonante y/o traumático concreto, a que la ruptura se deba al deterioro de la convivencia. Cada caso en diferente, está claro. Pero casi siempre hay una máxima que todos ellos tienen en común:

¿Por qué parece tan difícil integrar a una expareja en nuestra vida? ¿Por qué en la mayoría de casos, aun tratándolo de evitar, se pierde la amistad y no se pueden compartir momentos juntos de bienestar y alegría como cumpleaños, meriendas espontáneas, navidades, otras celebraciones o planes?

¿Cómo se pasa de ser amantes/confidentes/compañeros de vida a ser casi unos desconocidos o, peor, unos enemigos?

Nuevamente, y como pasa con el poliamor, falla la estructura. La estructura social y sobre todo nuestra propia estructura mental, y es que seguimos pretendiendo hacer encajar las piezas nuevas en moldes viejos. Seguimos percibiendo las separaciones – al menos en abstracto- con la mentalidad de nuestros abuelos, cuando solo se podía elegir una vez y lo contrario era un estigma social, como si separarse fuese un fracaso cuando en realidad es parte del camino.

Cuánto mejor nos iría si dejásemos de etiquetar las relaciones que tenemos con las personas. Si dejásemos de definir a este como “amigo del alma”, a este como “amigo circunstancial” y a este como “expareja”, porque el problema no es tanto la etiqueta descriptiva que ponemos a cada relación, sino la letra pequeña que lleva impresa esa etiqueta y que enmaraña nuestras interacciones con los demás llenándolas de expectativas, juicios, decepciones y obstáculos.

Lo sé, lo sé. No hacerlo es tremendamente difícil y, por mucho voluntad que pongamos, las relaciones son siempre cosa de dos.

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No obstante, creo que encajar a alguien en el molde de “expareja” hace que sepa a decepción, que suene a hundimiento de proyecto en común y suponga no soltar el lastre del pasado: desde el dolor no se puede cimentar una relación nueva, sana y constructiva. El padre o la madre de tus hijos siempre será algo mucho más importante que una expareja, será siempre la otra mitad para las personas que más amas.

Por ello, una vez pasado el duelo necesario y superada la fase de negación de la ruptura de la pareja (por los adultos o por los niños), poner el contador a cero y cultivar una amistad entre ambos, debería ser el nuevo objetivo común, un proyecto para el que se necesita de la voluntad de las dos partes. El motivo, el bienestar de los más pequeños, lo merece.

Para ello es necesario que concurra la voluntad de ambos. Si uno de los dos no pone de su parte, la meta será entonces que la comunicación sea al menos cordial.

El otro día me encontré con una amiga que se separó hace un par de años de su marido. Estaban en una chocolatería, ellos dos, la nueva pareja de ella, los dos hijos que tuvo con su ex y la hija de su novio. Superada la extrañeza inicial, sonreí para mis adentros y pensé: ¿por qué no? son honestos con sus sentimientos, racionales y civilizados.

Y al llegar a casa, escribí este post.

 

5 COMENTARIOS

  1. Creo que lo fatidico es la particula EX- que determina que esa persona fue algo que ya no es. Tal vez sería bueno encontrar otras maneras de llamar a “quien fue y ya no es”.
    Ponerle el nombre de esa otra cosa en que se ha convertido o, mejor aún, utilizar el término de lo que siempre fue y seguirá siendo: “el padre de mis hijos” por ejemplo. Siempre es interesante leerte, Vero.

    • Exacto, Nu. El problema es la etiqueta y todo la carga que ponemos en ella. Hace que se ponga el acento en lo que esa persona fue pero ya no EX (festival del humor :D), en lugar de centrarse en lo que puede seguir siendo. Porque si no existe un motivo para dejar de ser, ¿por qué? ¿POR QUÉ hay que dejar de ser? Yo estoy tan a favor del amor en todos sus estados y formas, que replantearse estas cosas me parece tan natural como respirar.
      Besos amorosos

  2. Una vez escuché a una chica hablar en la radio. “Cuando me case iré al altar de la mano de mis dos padres, y mis dos madres estarán conmigo también, consideraba hermanos suyos a los hijos de las parejas de su madre y de su padre, ¿no debía ser siempre así?

  3. Me ha gustado mucho la reflexión. Creo que tienes razón cuando dices que falla la estructura social. Yo pienso que puedes dejar de ser pareja pero si tienes hijo seras familia siempre. Pero claro es fácil pensar, luego hay que ponerse en la situación… Saludos!!

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