martes, octubre 26, 2021
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Ser madre me ha enseñado a…

Que no se me estrese nadie, que no vengo aquí a pontificar. Que con hijas de 9 y 12 años, a mí me queda mucho que criar y mucho que aprender de maternidad. Pero sería absurdo negar que con más de una década de maternidad a mis espaldas no he llegado a algún que otro convencimiento. Hace tiempo, nuestra querida Vero, ya nos contó la revolución interna que para ella supuso la maternidad. Hoy, yo también quiero relataros que «ser madre me ha enseñado a…»

A ser más tolerante

No se si ha sido la maternidad o simplemente los años pero, en general, me he convertido en una persona cada vez más tolerante y abierta, más empática y receptiva con las posturas ajenas. Salvo con los antivacunas, que no comulgo, me parece estupenda y no oso cuestionar ninguna decisión que un padre tome respecto a sus hijos. Que colecho, colecho; que en su habitación desde la segunda semana, a su habitación; que lactancia prolongada, prolongada; que formula, pues fórmula; que porteo, porteo; que no brazos, pues no brazos; que la dejo ver la tele, pues viva la tele; que no le dejo dispositivos electrónicos, pues ¡opa! -en mi idioma opa es equivalente aquí a bravo, pero podría ser también un saludo (opa’hi), un vale con retranca (opa por ti)…-; que los sobreproteges, me parece bien; que le das más margen para que sea independiente, pues también perfecto…

Hace algún tiempo leí un estudio sobre educación del que dos cosas se me quedaron grabadas a fuego: La primera, que los hijos agradecen que se les pongan normas, porque les hace sentir que sus padres se preocupan por ellos. Y la segunda, y que viene aquí a cuento, que ya sea un padre permisivo, un padre estricto o un madre moderado, todas las decisiones que toman los padres respecto a sus hijos lo hacen pensando que son lo mejor para ellos.

Y eso a veces se nos olvida cuando cuestionamos otros tipos de crianza o, incluso, cuando somos demasiado críticos con nuestro ejercicio de la maternidad/paternidad: que todas y cada una de nuestras decisiones están guiadas siempre por el infinito amor que les tenemos a nuestros hijos y un convencimiento absoluto de que lo que hacemos es lo mejor para ellos. Y esto me lleva, directamente, a lo siguiente que he aprendido…

A asumir que no hay verdades absolutas

Al menos en la maternidad. Y de hecho, pensar que existen, aferrarse a que estamos en posesión de ellas, nos va a poner en una situación inmovilista que nos impedirá crecer como personas y como padres y nos impedirá hacer esa autocrítica, que a mi modo de ver es tan necesaria para mejorar en cualquier orden de la vida. Probablemente muchas ya lo sabréis, otras os estaréis dando cuenta poco a poco, pero hay un periodo en la maternidad, sobre todo en los primeros años, que inevitablemente vas a estar muy en contacto con otros niños, otros padres y otras formas de criar. Pensar que estás siempre en posición de la verdad absoluta en cuestiones de maternidad va a generaros infinidad de conflictos y malos rollos absurdos.

A que un «no nunca» es igual que escupir al cielo

Resulta inevitable que por educación, imitación o convencimiento todos lleguemos a la maternidad/paternidad con una mochila de ideas preconcebidas y pautas que prendemos aplicar en nuestra recién estrenada faceta. El problema es que una cosa es ser madre «en teoría» y otra es serlo «el la práctica». Y como al final, de lo que se trata es de sobrevivir, vas haciéndote más laxa en algunos de tus principios hasta que te das cuenta de cuantos «yo nunca» se han quedado por el camino. «Yo nunca dejaré a mis hijos ver la tele», «yo nunca daré chuches a mis hijos», «yo nunca impondré mi criterio con un ‘porque lo digo yo'»… Hace falta que siga u os hacéis una idea. Esta última es especialmente graciosa, porque el «porque sí nunca es una respuesta válida» me duró a mí lo que tardaron mis hijas en acercarse peligrosamente a la adolescencia. Yo que iba a ser toda concordia… ¡cuantas veces no habré zanjado una conversación con «porque lo digo yo y punto» ¡Y tan ancha!

A relativizar las cosas

La maternidad es una fuente inmensa de felicidad, pero también, no nos engañemos, una carrera de obstáculos, en la que estás siempre sorteando problema(illas). El bebé no se agarra a mi teta, mi hijo no duerme toda la noche, no puedo con las rabietas, este niña no me estudia, me han llamado del cole para hablar, se ha peleado con los amigos, ¡ay que triste lo veo!… No quiero decir que, en el momento, no tengas que preocuparse por todas y cada una de estas cuestiones y un sinfín más que seguro que todas conocéis bien. Evidentemente tenemos que preocuparnos, buscar soluciones, lidiar con ellas de la mejor forma posible… ¡Peeerooo! De ahí a hacer un drama hay un mundo. ¿Cuántas veces te ha sacado el sueño cuestiones que con el paso del tiempo asumes que eran una estupidez? Pues eso. RELATIVIZA.

Aunque algún día profundizaré en el tema, os dejo un vídeo de Victor Kuppers que me tiene emocionada. Os lo recomiendo entero, pero si tenéis prisa, a partir del minuto siete está lo que para mí es verdaderamente importante.

Que las rutinas son necesarias, pero los horarios están sobrevalorados

Importantes no, importantísimas. Los niños necesitan rutinas, sobre todo de pequeños. Con el tiempo te das cuenta de que, como los adultos, hay algunos que las requieren más que otros porque necesitan de la necesidad que les aportan. Pero, en cualquier caso, que las rutinas sean necesarias, no quiere decir que no podamos romperlas. No podemos hacer un drama cada vez que nos salimos de la rutina. Primero porque mentalmente no es sano vivir en ese estrés permanente y más cuando lo que te traes entre manos son niños, que son auténticos expertos en generar situaciones imprevisibles. Pero también porque, si nosotros mismos no somos capaces de asumir que a es necesario salirse del guion, nos será difícil transmitirles a ellos capacidad para adaptarse a las situaciones que vayan surgiendo.

«¡Llego tarde! ¡Llego tarde!»

Nunca viví obsesionada por los horarios, pero ya os digo yo que, si pudiese resetear mi maternidad, todavía sería más laxa en ocasiones con ellos. Sí, tu hijo necesita dormir, y sí, ha de acostar se pronto, peor ¿realmente pasa algo por que, ocasionalmente, vayamos al cine entre semana y en vez de a las nueve y media se acueste a las diez? ¿o por que se nos haya prolongado la tarde en el parque y tengamos que saltarnos el baño antes de la cena? En serio, no. Y esos breaks acabarán reportándoos más satisfacciones y buenos momentos de los que podéis imaginar.

Educa, que algo queda

Ser madre, a veces, es como predicar en el desierto. Te pasas la vida tratando de educar a tus hijos, ya sea con palabras o con tu ejemplo y parece que nada les cala. Te aseguro que sí lo hace. Quizás no lo veas hoy, o mañana, pero un día descubrirás un detalle, un gesto, un argumento, una palabra que te harán ver que todos los esfuerzos no han sido estériles, que aunque parezca que no oyen/asimilan, realmente todo lo que les dices les queda ahí y acaba germinando… ¡Ojo! Tanto lo bueno, como lo malo, así que nunca pierdas la oportunidad de ser un buen ejemplo.

Que no hay que darle a todos lo mismo, sino a cada uno lo que necesita

¿Criamos los padres a todos nuestros hijos igual? Ese es el eterno debate. A los padres nos gusta pensar que sí, pero la verdad es que no. Resulta imposible. Hay tantos condicionantes que es imposible reproducirlos todos. Pero ¡oye! que eso no es malo. Sí es cierto que en las líneas maestras coincidimos, pero al final, de lo que se trata, no es de darlo lo mismo a todos nuestros hijos, sino lo que cada uno necesita en cada momento.

Fotos: Pixabay

María L. Fernández
Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.
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