Todo lo que sé del cuerpo humano lo aprendí con la tele

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Soy una persona de letras. Muy de letras. Las matemáticas nunca me gustaron demasiado (aunque la física y la química sí) y se me hacían bola los complejos conceptos matemáticos. A pesar de todo, una de las series de televisión que recuerdo con más cariño de mi infancia es Érase una vez el cuerpo humano (o Érase una vez la vida, o La vida es así… cualquiera de mi generación te va a entender lo llames como lo llames) porque me enseñó prácticamente todo lo que sé del funcionamiento del cuerpo.

Si tú pides a cualquiera que ronde la cuarentena que se imagine un glóbulo rojo apostaría a que muchos lo ven como eran en esta serie.

No voy a empezar con esto de que “ya no se hacen series como las de antes”: me encanta la nostalgia, pero soy perfectamente consciente de que evolucionamos y que ahora hay productos en la televisión que son absolutamente maravillosos. Pero el mundo ha cambiado: antes no había semejante oferta de programas y todos veíamos las mismas cosas, así que tenemos una infancia bastante común. Ahora incluso los programas con mayores audiencias no llegan a las cotas de productos normalitos a horas de emisión maluchas de aquellos años. Pero si buscamos hay auténticas maravillas en la tele, sea convencional o por internet.

Pero volvamos a Érase una vez la vida. En su día, a mí me parecía una maravilla porque la serie estaba planteada como si fueran casi aventuras… pero estaban sucediendo en un cuerpo que podía ser el tuyo. Cuando veías los capítulos no podías parar de pensar en que aquello en el fondo era lo que te pasaba a ti ¡y los personajes eran adorables! Cada vez que me hacía una herida (o mejor dicho ¡que me hago!) pensaba en las plaquetas, dándose la mano para tratar de cerrar la herida, o en los glóbulos blancos muriendo para tratar de contener las infecciones. Nunca he sido yo mucho de Marie Kondo y esa locura de decir adiós con respeto a las cosas, especialmente cuando las cosas son unos calcetines roñosos, pero he descubierto que sí que soy de cuadrarme ante los glóbulos blancos por hacer su trabajo. Una vez mi hija cuando tenía cuatro años me preguntó por qué luchaban los glóbulos blancos si sabían que muchos iban a morir… y ahí me veis tratando de explicarlo con un nudo en la garganta porque ¿por qué tienen que morir? ¡Con lo monos que son!

Que oye, tú piensas, ¡bah!, será una tontería lo que cuenta… pues mira, no tanto. Gracias a la serie pude entender conceptos como los aminoácidos y cómo encajan unos con otros (y entender por qué la película Gattaca se llama así, ya de paso), qué son las sinapsis o para qué diantres sirve el bazo. ¡Y todo de la manera más visual posible! De otras muchas cosas que estudié en el cole no me acordaré pero gracias a la serie tengo bastante claro cómo funciona mi cuerpo.

La serie fue desarrollada por Albert Barrillé, un cineasta que opinaba que los productos de divulgación para niños no tenían suficiente dignidad y por eso, después de producir Érase una vez el hombre y Érase una vez el espacio, se embarcó en este proyecto. Cuentan que “Albert Barrillé escribió todas y cada una de las líneas del guion de la serie”, explica Procidis. Por eso, su primer paso fue documentarse exhaustivamente sobre el funcionamiento del cuerpo humano. En Dixitciencia cuentan: “(Barrillé) Se leyó más de cien libros, fue como si volviera a su fase de estudiante”, asegura la productora. Además contó con el apoyo de Alexander Dorozynski, periodista científico, y con la revisión de todos los capítulos por parte de Joel de Rosnay, quien fue presidente del CNRS, el centro francés de investigación científica equivalente al CSIC en España.”

Érase una vez la vida es una serie que puede seguir usándose perfectamente: los episodios, que podéis ver en Youtube o en alguna plataforma, siguen siendo la maravilla que ya eran. Es cierto que estéticamente no están a la última, pero no pasa nada y es una serie que ha aguantado genial el paso del tiempo.

Si no la habéis visto con vuestros hijos os animo a que lo hagáis porque aprenderán un montón pero de un modo divertido, sin darse cuenta… así que Barrillé ¡objetivo cumplido!

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