Una oda a los maestros y maestras

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Llevo 5 comienzos de curso en el colegio de mis hijas. 5 momentos preciosos, llenos de ilusión y planes, en los que ellas ponen toda su atención y confianza en sus maestras. ¿Quién soy yo para cambiar eso? ¿Tengo algún derecho, por mucho que sea “la madre” a truncar sus sueños desde septiembre? Para mí, la maestra o el maestro de mis hijas, es intocable, intachable e inigualable durante todo el curso.

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Escuchemos a los niños y niñas; tengamos en cuenta el factor humano antes que la medida de los conocimientos; recordemos que cada niño es un universo y que cuanto más difícil sea el niño, mayor ha de ser nuestro reto (y en la mayoría de los casos bastará ver que lo único que necesitan es cariño). Y nunca, nunca se puede medir con la misma vara: por mucho que no lo crean algunas personas, las emociones o la felicidad no se pueden calibrar y también hemos de educar para darles las herramientas para que las encuentren por sí solos. Ésa debería ser nuestra misión como maestros. César Bona

Estas palabras de César Bona (sí, ya sabéis lo que nos gusta este profe a las chicas de MMM) son música para mis oídos. Y afortunadamente, no es música puntual, o algo que me gustaría escuchar. Es algo en lo creo de verdad y creo que todos los maestros y maestras de nuestros peques piensan igual. Y si hay alguno que no lo hace, sospecho que llegará a creerlo.

Desde hace un par de años, sigo el blog de una colaboradora de este magazine, Noni Con M de Mami y sus entradas sobre los maestros y maestras, son una oda a esta profesión. Por eso creo que es vocacional, de verdad. Porque solamente así, desde la pasión por la enseñanza y la educación y el cariño por los alumnos, pueden ponerle tanto empeño para que salga bien ese proyecto tan delicado que tienen entre manos. Desde Septiembre hasta Junio, modelando cerebros, escuchando risas y llantos, historias reales e imaginarias, alimentándose de tristezas mañaneras y sonrisas vespertinas. Viendo crecer a nuestros hijos e hijas, durante muchas más horas al día que nosotros. ¡Como no confiar entonces en sus maestros y maestras! Para nuestros pequeños, son la referencia en el colegio, el apoyo, la persona a la que acudir ante cualquier imprevisto, quién escucha su última aventura del patio o el agujero que se han hecho en los pantalones tras la novena caída de la mañana con la misma atención que la respuesta a un problema matemático.

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Estos últimos años, al menos los que me han tocado de colegio, creo que están siendo más complicados para esta profesión. Por eso, planteamientos como el que hace César Bona son tan importantes, para padres y para maestros. Porque somos los padres, en nuestro afán por saber y conocer, por proteger y sobreproteger, quienes quizá nos hayamos pasado de frenada, juzgando capacidades y métodos, intentando que nuestros hijos destaquen y sin tener en cuenta el guión que sus maestros y maestras han diseñado para ellos.

Escucho a madres y padres opinando sobre los maestros y maestras de nuestros pequeños como si fueran catedráticos de didáctica o eminencias en pedagogía y desarrollo motor. Y lo que es peor, lo hacen delante de sus hijos, destruyendo así la imagen a respetar y querer que los pequeños tienen que tener de sus profes. Separemos la educación en el hogar de la educación en el colegio, por favor.  Los maestros y maestras no tienen culpa de que los gobiernos de este país, de uno y otro color, hayan jugado con la educación como si de un Scrabble se tratara, cambiando siglas y leyes a su antojo. Ni el hecho de que haya “malos maestros o maestras” hace que se pueda generalizar, porque también hay malos médicos, malos policías, malos políticos, malos técnicos, malos albañiles, malos agricultores, malos conductores de autobuses… En todos los desempeños, hay mejores o peores profesionales, pero eso no nos da derecho a meterlos a todos en el mismo saco.

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Los maestros y maestras de nuestros hijos son un modelo a seguir y si no nos gustan, lo mejor es intentar encontrar lo positivo de ellos y ellas (que seguro que lo hay), empatizar, ponernos en la piel de alguien que entra a las 9 de la mañana en un aula con 25 o más niños, que arrastran sueños y problemas y que solamente quiere lo mejor para ellos. Y lo dará todo, se dejará la piel por escuchar a cada uno de ellos, por saber de sus miedos y sueños, por conseguir que cumplan los dichosos objetivos curriculares y lo que es más importante, por darles los conocimientos y recursos necesarios para que puedan cambiar y transformar la sociedad del futuro. La educación es la mejor inversión de un país.

Así que mil gracias, a todos los maestros y maestras que he tenido yo y que tienen y tendrán mis hijas. Espero que recuerden sus nombres cuando olviden sus rostros. Porque son y serán personas muy importantes en sus vidas.

Imágenes de Cedec_intef en Flickr

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Soy de esas personas que siempre llega tarde, siempre tiene que hacer más de tres cosas para ayer pero siempre lo hace con una sonrisa puesta. Estoy encantada con mi vida, aprendiendo cada día, disfrutando todo lo que puedo. Y riéndome, que es el ejercicio más saludable de todos

6 COMENTARIOS

  1. No puedo estar más de acuerdo contigo en que la profesión de maestra o maestro es de héroes, para mí siempre han merecido el mayor respeto y toda mi comprensión. Por desgracia, viví el año pasado una mala experiencia en ese sentido que nunca había vivido y que no merece la pena contar ahora. No me dediqué, sin embargo, a hablar mal de ella por los grupos de whatsapp del cole ni tampoco delante de la niña. Escribí un post eso sí, para expresar lo que no pude delante de ella. Afortunadamente estos casos son los menos, aunque haberlos haylos. Gente sin vocación hay hasta en las carreras más vocacionales.

    Un beso

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