Vecinos, ¿amor y odio?

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Aquella no era una tarde cualquiera. Aquella tenía que ser mi tarde. Lo había planeado todo. Estaba sola en casa, había comido ligero y puesto el aire caliente en el salón mientras comía. Me preparé un café descafeinado, para irme con el sabor en la boca pero que nada estropeara el momento… Aquella tarde, por fin, iba a tener media hora para echarme una siesta.

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Me tumbe en el sofá que normalmente ocupa mi paco en toda su extensión. Me tapé con la manta de lana del Val de San Lorenzo, que me regaló mi amiga y compañera de piso en la universidad cuando nos separamos y cerré los ojos. Móvil en silencio, gafas fuera. Postura de dormir, con un cojín sobre el estómago para favorecer el sueño.

Odio al vecino de arriba

Creo que había conseguido dormir un par de minutos, seguro. Estaba a punto de entrar en fase REM y entonces le escuché. Puede que al principio integrase sus golpes en el suelo dentro de mi plácido estado onírico. Pero duró poco, demasiado poco. Allí estaba él, con su metro de estatura, generando en mi una tonelada de odio. Que ya se que es muy fuerte llamarlo así, pero necesito que me entendáis.

Hablaba mi compañera Lydia la semana pasada de los placeres diarios. Este es uno de esos placeres, que el día que puedes disfrutarlo, lo coges con muchas ganas. ¡No es justo que te lo interrumpan así (léase con tono llorón, muy llorón). Vale que el niño es niño, que tiene solo 4 años y ganas de jugar, jugar y jugar. Y que le sonrío cuando lo veo por la escalera o en el patio del colegio, de verdad. Que sí, que todo lo que me digáis ya lo sé. Yo también soy la vecina de arriba de mis vecinos de abajo y puedo notar como su odio, en determinados momentos, traspasa su techo y mi solera.

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Pero como este es mi post y he venido a hablar de mi queja, sigo descargándome. Es que el vecino de arriba tiene solo juguetes percutores, en serio. Porque si tiene juguetes suaves, solamente los usa cuando cuando yo no estoy en casa. Mi hija pequeña ha subido alguna vez a jugar arriba, pero nunca recuerdo ponerle en el bolsillo el boli espía y que me cuente que hay en esa casa. Es más, igual algún día articulo una maniobra de despiste para entrar en su casa y mientras mi paco entretiene a la madre, yo elimino todo juguete sospechoso de causar ese ruido de pum, pum, pum, pum, pum, toc, toc, toc, pum, toc, pum, toc que mortifica nuestros descansos post comida.

Amo a mi vecina

Es lo que tienen el Yin y el Yan. La energía esa que va y vuelve. Y todo el odio y mala leche que me genera el pobre vecino de 4 años de arriba (y su hermano de 2, que es justo repartir las culpas), se transforma en amor del bueno, del que por aquí escriben con h cuando hablamos de amistad con mi vecina de enfrente.

Estaba yo feliz en mis xx kilos, pero creo que no pesan mucho más el par que me he echado encima tras los vermuts vespertinos con mi vecina. Porque las relaciones virtuales que ocupan una buena parte de nuestro día a día carecen de ojos y de boca, de expresiones, de ojeras y de pelos locos y chandal de estar por casa. Y eso lo tengo con mi vecina. Nuestras hijas comparten su rato de juegos todas las tarde y nosotras, compartimos penas, alegrías, risas, lloros, problemas y triunfos, además de un par de coca-colas zero y un cuenco de patatas fritas (ahora entendéis mis dos kilos).

Los vecinos, esos grandes desconocidos que viven entre nosotros

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Adoraba Los Diminutos, esos seres pequeños que vivían detrás de las paredes de las casas, “pequeños seres bondadoooosos, que están viviendo con nosotrooooos, pero seguro que no los verás”. Y quiero pensar que hay unos seres que circulan entre nuestras paredes (sin ser termitas), observando el modus vivendi del vecindario. ¡Ay si pudieran hablar! Que Gran Hermano más bueno íbamos a tener. Porque en todas las casas cuecen habas y todos tenemos nuestro punto friki, nuestras manías, esas que sabemos que pueden resultar desagradable para la convivencia pero que ahí seguimos, erre que erre, que para eso es nuestra casas y coto privado para el de al lado. Y de esta forma se van forjando esas relaciones amor-odio con los del portal.

En mis casi 40 años he tenido todo tipo de vecinos, desde los que fueron segundos padres hasta los que tuvo que mediar la justicia en nuestras cuitas. Así que ahora mismo, santa Rita Rita Rita, que me quede como estoy. Eso sí, querido niño y hermanito de arriba (Carmen, sabes que esto lo digo con humor), espero que las próximas Navidades os traigan peluches, muchos peluches.

Imágnes: Playground Noticias  y carátula de Los Diminutos

2 COMENTARIOS

  1. Ay si yo te contara…. Mis vecinos de arriba no son dos criaturas de metro de altura no son dos adultos que tienen muuuucho amor acumulado durante el dia y lo expresantcada dia puntualmente a las diez de la noche, ese momento en que mi enana ya esta casi dormida, pues ellos empiezan con la juerga y hay dias que sufro por nuestra integridad y la suya porque o la cama cae encima nuestro o rompen la pared y caen en el patio de luces todo eso junto con los maravillosos gritos de ella (bueno esto tambien es un poco de envidia de mami separada a dosvelas :p).
    Y para rematar desde hace unas semanas ha llegado un nuevo vecino que ronca que es un horror es como tenerlo en la habitacion de al lado… No se a cual de losdos odio mas si al que me despierta la niña o el que me invade sonoramente toda la noche.

  2. Puf yo vivo en adosados h las paredes que compartimos parecen de papel a veces. En el de la derecha he tenido todo tipo de vecinos, ahora está vacío y tan agusto jaja. Pero en el otro vive una pareja, tendrán unos 40 y tantos y les hemos escuchado de todo, ella parece que se ha tragado un altavoz y como hable por teléfono es peor aun (no te quiero contar cuando están en faena…)
    En el resto de casas hay de todo un poco, pero bueno. Solo me preocupo de los vecinos de los lados, ni de arriba ni de abajo jeje

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