Día de la mujer: Mi derecho a la fragilidad

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La fortaleza es un piropo, una virtud, una de las pocas que tenemos en común hombres y mujeres. Pero cansa, la fortaleza cansa y unos y otras tenemos derecho a ser frágiles, a rompernos a veces y aprender a recomponernos.

derecho a la fragilidad
Fotografía de Stephanie Lepoint

Loamos la fortaleza quizás en exceso por lo que hoy precisamente, en un día en el que tenemos la reivindicación femenina tan a flor de piel, a mi lo que me pide el cuerpo es reivindicar mi derecho a ser frágil pero no por ser mujer, sino por ser persona.

La fortaleza nos hace levantarnos una y otra vez de cada golpe que nos da la vida pero la fragilidad nos permite reconocernos a nosotros mismos en esos momentos en los que levantarse es la única opción. Son dos caras de la misma moneda: estar vivas.

Ser sensible no es un demérito, ser frágil no es una desgracia, al contrario.

Ser sensible, frágil y vulnerable son características de los seres vivos. Estar vivo es ser frágil, aunque estamos tan aniñados que nos creemos invencibles y lo que es más absurdo, inmortales.

Y ya si eres mujer no te olvides de que debes ser fuerte, como debes lavarte los dientes o depilarte las piernas.

Una mujer fuerte y valiente es el prototipo que hay que cumplir, es el modelo a seguir y a imitar. Una mujer que tira del carro aunque el carro pese más que su propia vida y que no desfallece nunca.

Yo ahí me bajo, no necesito sentirme frustrada más de la cuenta también por esto. No quiero seguir el modelo ni la música del flautista.

Lo que yo quiero es poder ser y a veces soy débil, soy frágil, soy sensible y soy vulnerable aunque me cueste horrores reconocerme en esos momentos y pedir una mano a la que cogerme ¿no os pasa a vosotras?

Cosas de mujeres

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Claro, eso lo explica todo. Las hormonas, el cuerpo femenino que una vez al mes tiene estas cosas a las que no hay que dar demasiada importancia porque igual que vienen se van.

Y no digo que no influya, es que esa también soy yo pero no voy a eso, yo lo que quiero es tener derecho a llorar una tarde hasta que me sienta satisfecha, sin más historias, sin más problemas.

Yo lo que quiero es siempre ser y no siempre estar.

Yo lo que quiero es sentir, es pensar en lo que siento sin tapujos y sin filtros, sin necesidad de buscar las palabras para definirlo.

Yo lo que quiero es no tener que reivindicar mi derecho a la fragilidad, el mío y el de cualquier ser humano, más allá del género o la edad.

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Hoy es uno de esos días en los que hablamos de mujeres que reivindicaban unos derechos sociales de los que en mayor o menor medida nos hemos beneficiado las generaciones posteriores.

Quizás hoy haya llegado el momento de reivindicar nuevos derechos esta vez menos sociales y más íntimos, más personales. Quizás sea el momento de reivindicarnos más allá del colectivo, más allá de la masa como lo que somos: personas que al crecer a veces se rompen y tenemos todo el derecho a tomarnos nuestro tiempo para recomponernos.

A veces hablamos de feminizar la política y nos muestran ejemplos de mujeres que actúan como hombres, se mueven como hombres, reaccionan como hombres y yerran como hombres.

Eso no es lo que buscamos, lo que queremos y, sobre todo, no es lo que necesitamos ni como colectivo ni como individuos. No se trata de cambiar el envoltorio para que todo siga igual.

Se trata de atrevernos a ser humanos, a ser fuertes y frágiles al mismo tiempo, a ser sensibles y valientes a la vez, a reconocernos incluso en nuestras heridas y nuestras cicatrices. Se trata de que nos dejemos ser y no nos obliguemos siempre a estar, porque la vida mancha y no siempre tenemos la fuerza o el coraje de lavarnos del todo.