Motivos por los que prefiero los treinta y ocho a los dieciocho

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Hace tres semanas una amiga y yo estuvimos en una “sesión de manicura” gratuita en una escuela de estética. Aquel aula estaba llena de chicos y chicas. Y todo lo que hablaban, lo que se decían entre ellos y ellas, lo que contaban sobre sus planes, sus rutinas, sus líos, sus problemas… ¿Qué vida más complicada teníamos a los dieciocho, no? Y lo a gusto que estoy yo con mis treinta y muchos, oye…

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A los dieciocho todo son problemas, enormes complicaciones con tus MA (mejores amigas),  tus mejores novios, los novios de tus mejores amigas, los que salen los sábados, los que lo hiceron el viernes y no sabes lo que pasó. Problemas porque no sabes si has aprobado, si te darán la paga, si la paga te dará para pagar. Problemas que complicaban la vida de una mujercita del siglo XX en una ciudad como la mía (ojo, que seguro que hay muchas chicas con vidas muy muy duras a los dieciocho años, pero cuento mi caso). Veamos alguno de los motivos por los que prefiero los treinta y ocho.

El tamaño sí importaba

Y me refiero al tamaño de la maleta del fin de semana, por ejemplo. Que con mis dieciocho, pasar un fin de semana fuera implicaba mover una maleta big size, de esas que facturas sí o sí y te dejas un dineral en ello. Ahora viajo con ropa para una semana y en invierno y me llevo lo justo para no facturar ni a la ida ni a la vuelta, con regalos y todos. Mi vida viajera ha ganado mucho desde que he aprendido a reducir el tamaño de la maleta. Y eso, a los dieciocho, era imposible. ¿Acaso no necesitaba los tres modelos completos, pantalón, camiseta, chaqueta y botas por noche? Claro que los necesitaba, además de un enorme neceser de maquillaje que no usaba, alguna revista, un paquete de galletas… Lo normal para una maleta de fin de semana en el pueblo en fiestas.

Cualquier decisión nunca era “la buena del todo”

Y por eso las maletas eran tan grandes. Porque nunca estaba segura de nada: de la ropa, de donde ir, de que hacer, con quién… Esas inseguridades de los dieciocho, a los treinta y ocho están superadas (en teoría). Me pongo las cuatro cosas que me quedan bien y  me resultan cómodas, elijo los sitios donde quiero ir y con quién quiero estar. Y si me he equivocado, procuro olvidar pronto y tomar otra decisión. Puede ser la confianza en mi misma o que la vida es demasiado corta para perdernos en banalidades. Lo que pasa que esto último, lo acabo de aprender.

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Había que estar porque sí (para que no nos lo contasen…)

Daba igual que no te apeteciera salir. A los dieciocho, tienes que salir. Cada viernes, cada sábado. Cinco días de siete. Y, ¿por qué? Pues para que no te lo contasen. Porque había que estar donde se movían las cosas. ¿Y si te quedabas una noche en casa y ocurría algo extraordinario? Justo la noche que habías conseguido la excusa perfecta para no salir, va y aparece el guapo oficial de la mano de ¡otro guapo oficial! Y yo no estaba para verlo, ¡argggggg, horror!  A los treinta y ocho, no necesitas excusas en plan “tengo que estudiar”, “no tengo pasta” o “mi abuela se ha puesto enferma”. A los treinta y ocho te quedas en casa tan a agusto y todo el mundo lo entiende. Es más, lo raro es que salgas por la noche. Eso sí conlleva una docena de preguntas, además de correr muchos riesgos.

Tu cuerpo no era tu cuerpo

Siempre te parecía que algo estaba mal. Tu cuerpo no era el cuerpo del verano, ni el del invierno ni el delito. Vamos, que a los dieciocho no te gustaba tu cuerpo para nada. Y cuando te juntabas con tus MA, era uno de los temas estrella:

– Jo tía, es que odio mi culo. Caído y con celulitis.

– Que no, tía. Que lo tienes perfecto. El mío si que es full de Estambul, flaco y hundido.

– ¡Hala que bobas! ¿Y el de Maripepi? Eso no es ni culo ni nada. ¡Los vuestros son divinos!

Y así, mañana, tarde y noche. A los treinta y ocho, nos gusta nuestro cuerpo. Con sus arrugas, michelines y docenas de imperfecciones. Ahora soy consciente de la importancia de cuidarlo (tras los maltratos a los que le sometí desde los dieciocho), de la importancia de comer bien, dormir unas cuantas horas (no, querida, el sueño perdido no se recupera nunca; sale en forma de ojeras permanentes) y de lo importante que es mi cuerpo para la humanidad: he contribuido a perpetuar la especie. ¿Quién me lo iba a decir a los dieciocho?

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El sexo era versión LITE

Será por el entrenamiento al que lo he sometido (con el fin único de la procreación, of course), será porque la autoexploración tiene sus efectos, pero está claro que el sexo, a los dieciocho, es solo un avance de lo que puedes llegar a tener a los treinta y pico. En la versión LITE de tu vida sexual, piensas que tienes mucho que aprender. Y por eso buscas, pruebas y comparas. Y cuando encuentras algo mejor, pues también lo compras. Hay una necesidad de acumular experiencias, así sin pensarlo mucho.

Pero a los treinta y ocho…¡que te voy a contar que no sepas! Te conoces tú, sabes lo que te gusta. Conoces a tu pareja, sabéis lo que queréis,  cuándo y cómo. Es todo más sencillo y muuuucho más placentero. El sexo a partir de los treinta es versión PRO. Y que dure…

Podría seguir enumerando motivos por los que prefiero la treintena: no tengo exámenes de los que preocuparme, me da igual si el chico más guapo de clase me ha mirado (el más guapo, ahora duerme a mi lado), no me preocupa no saber bailar el tuerking y no tengo que llevar esos shorts tan cortos que se ven los bolsillos por debajo.

Sí, tenemos otros problemas, seguro que más graves, no es mi intención frivolizar. Pero recuerdo los que tuve y sonrío. De hecho, veo a las adolescentes locas, con sus looks imposibles, sus prisas y su inocencia y me provocan ternura. ¡Alma de cántaro, no quieras ir tan rápido por la vida! Disfruta cada día, no quemes etapas sin que dejen en tí un buen recuerdo… El tiempo vuela.

Imágenes vía Adictos.mobi y Quiceteens.com

18 COMENTARIOS

  1. Pues no te digo nada de cómo será tu maleta cuando llegues a los 60. Mi padre se puede ir una semana de casa con una mochilita de esas de cordones que no pesan nada y sobrevivir (es cierto que para él el maquillaje no es un problema, pero creo que a edad culta aún más sabiduría).

    • El mío es igual!! Acaba d hacer el Camino de Santiago (de nuevo) y llevaba una mochila mas pequeña que mi bolso de diario!! Aspiro a ese momento…
      Un besazo!! (Como estas tras el intenso finde??)

  2. ¡Amen amiga! Cuánta sabiduría en un post, sí señora… amé mis 18 y mis 25 y me lo pasé como los enanos, pero no volvía a ellos ni loca. ¡Qué pereza ahora mismo, por amor de dios!

  3. Este post me viene al pelo. Hoy es el último día de mis 38. Y puedo afirmar categóricamente, que prefiero mis 38 (lo poco que me queda de ellos) a mis 18. Suscribo tu post palabra por palabra. Besicos

  4. Jajajajaja! Ruth, a ver cómo te lo digo pa que no suene raro… ¡que me encanta tu culo!
    Aunque también sé, que a estas alturas ya no nos hace falta oírlo, porque hemos conseguido que nos guste lo que hay, sea mucho o poco… es todo nuestro y de nadie más. Por tanto, con que nos guste a nosotras basta. Y eso da un alivio…

    Y te digo más. El futuro es infinito… Un día de estos te cuento por qué me gustan más mis XX que mis 38. 😉
    Muy bueno de arriba abajo. El párrafo final es el auténtico colofón. Quién nos lo iba a decir! eh? Bueno, por lo menos a mí no me lo habían dicho… o no estuve atenta.

    Besicos!

    • uy…pues esperare a que tengas los 40 para que los compares con tus 20…que yo ahora mismito mismo los cambiaba…y sin las experiencias vividas…por eso de no crear interferencias….saludoX.

  5. Pienso en los 18 y me entra sueño. jejejejeje. Me gustaron. Tuvieron su qué, pero me alegro de tener los treinta y pocos y vivir como estoy ahora.
    Ahhh! y lo de la maleta. Todavía lo estoy aprendiendo. Porque yo sigo llevándome ropa por si acaso… jejejeje

    Saludos

  6. Jajaj que razón eso de que había salir para que no te lo contasen. Yo tb he reducido mucho la maletay eso que aún no he llegado a los 30. Antes llenaba una grande solo para mi.y ahora caben ahí pañales y ropa de 2 churumbeles…

  7. Absolutamente cierto! Los 18 molan por la intensidad, la inocencia (porque aunque creas que lo sabes todo, ay, amiga, no te queda ná), y por la novedad que supone todo. Pero vamos, yo, como tú, prefiero mis “treinta y” de ahora, con todo lo que he aprendido (todo, todito todo, jijijiji).
    Por cierto, los expertos dicen que las mujeres alcanzamos nuestro cénit sexual a partir de los treinta, así que… ¡ole con ole nosotras, que estamos en lo mejor! Muajaja.

  8. Hola!
    Creo que en todo o casi todo nos vemos identificadas todas aquellas que leamos tu post 🙂 Yo tampoco vuelvo a los 18 ni loca, super feliz con mis 35 y con mi reciente maternidad.

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