El sentido de la vida o ¿qué pintamos aquí?

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Leía el otro día en una entrevista de Pedro Echenique publicada por Jot Down Magazine que el cientifismo, o para entendernos, considerar que solo la ciencia es fuente de conocimiento, es un grave error, y esto lo conectaba con el hecho de que “las preguntas esenciales para una persona de para qué estamos aquí y si merece la pena vivir no pueden tener respuesta solo en la ciencia”.Y así seguimos, dándole vueltas al sentido de la vida.

Efectivamente, donde la ciencia puede hablar, el resto de disciplinas han de someterse a ella sin invadir sus espacios naturales, pero la ciencia no lo cubre todo. Quedan resquicios. Echenique lo explica muy bien al distinguir entre lo que hace la ciencia, que es explicar “el ser”, y las incertidumbres humanas, los porqués sin respuesta científica, o en otras palabras “el deber ser” que nos corroe la existencia.

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Si aplicamos esta teoría a nivel individual, está claro por qué estamos aquí cada uno de nosotros. Partiendo de que somos fruto del azar, doy por hecho que entre nosotros no será necesario detenerse en detalles sobre la reproducción sexual humana. Estoy segura de que con la EGB, el escroto y las trompas de Falopio ya tuvimos bastante trauma. Lo cierto es que la ciencia nos explica cómo nos hemos hecho carne a partir de un polvo y cómo, a su vez, nosotros nos convertiremos en polvo, pero en este último caso del que se posa en los muebles y debajo de las camas (menuda grima).

Lo que no nos explica la ciencia es qué hemos venido a hacer al mundo, si es que tenemos una misión. Y si no la tenemos cómo se explica que tengamos un cerebro racional, capaz de hacer volar gigantes masas de metal, y otro cerebro místico, que piensa en cosas absurdas como qué hemos venido a hacer aquí. ¿Acaso se lo preguntan las hormigas mientras construyen obras faraónicas debajo de la tierra y lo rellenan de miguitas? ¿se lo preguntan las jirafas mientras rumian las hojas de los árboles con el cuello espasmódico? ¿se lo preguntan las avispas mientras aportan nada al reino animal y se divierten “amenizando” nuestros paseos por el monte o las tardes piscineras?sentido de la vida 03

Todo esto viene a cuento de que el otro día una amiga me preguntó muy seria si me arrepentía de una decisión que tomé en el pasado. Glups. Sentí aquella pregunta como un calambrazo que reconectó algo de mí que yo había dejado dolorosamente escondido. No sabía qué decir. Me pesaba el silencio y lo rellené como solemos hacer en estas ocasiones: con vaguedades y justificaciones a modo de escudo.

Lo cierto es que sospecho que en esas preguntas que rehuimos responder, incluso en nuestro diálogo interior, está la verdadera realidad de quienes somos, la respuesta a “¿y tú de qué pasta estás hecha (o hecho)?

Nuestra identidad está en lo oscuro

Sé que esto suena fatal, pero que nadie se asuste. No van por ahí los tiros. A lo que me refiero es a que, como decía El Principito, “lo esencial es invisible a los ojos”. Y esa frase que por archiconocida se ha vuelto aparentemente simplona, es esencialmente esclarecedora. Precisamente en “lo oculto” de las entretelas humanas se encuentra nuestra verdadera esencia. El resto, lo que salta a la vista, es el personaje que hemos tejido a nuestro alrededor, un traje a medida para no dejar al descubierto aquello sobre nosotros mismos que nos da miedo descubrir o reconocer. El autoconocimiento no es nada fácil, porque los demás son nuestro espejo, pero no podemos conformarnos con la imagen que otros tienen de nosotros mismos o lo que otros quieren que seamos, es necesario mirar adentro, por doloroso o difícil que resulte.

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Decía Kafka (o eso dicen que dijo) que la literatura es una expedición a la verdad.  Y por eso a veces leer una novela “remueve”, o para dejarnos de tonterías, lo que ocurre es que escuece. Escuece porque deja al descubierto esas rendijas ocultas sobre nosotros, que no se pueden explicar por la ciencia pero ocultan más verdad que cualquier teorema matemático. Supongo que es la razón por lo que disfrutamos tanto de la lectura, porque permite viajar hacia nosotros mismos sin peajes y sin equipajes, a través de la identificación o no (identificación por contraste) con los diferentes personajes. Y en la verdad interior de cada uno es donde podremos encontrar el sentido de la vida, al menos de la nuestra. ¿Dónde si no?

Las señales fisiológicas no siguen el mismo patrón. ¿Cómo sé que tengo hambre? Cuando noto el estómago vacío. ¿Cuándo sé que tengo pis? Cuando noto la vegija llena. Vaya con la ciencia. Y sin embargo, ¿cómo sé quién soy? Pues “simplemente” cubriendo esos vacíos, abriendo las gateras sin miedo, llenando los silencios y enfrentándonos a nuestras miserias en soledad o en compañía.

“El vino revela lo que está oculto”, cita que internet atribuye a Arestótenes (a saber), es reveladora: si la ciencia responde al “ser”, el vino al “deber ser”.  Creo que con eso hemos hallado la respuesta a cuál es nuestra misión en el mundo: beber vino para iluminarnos, y si es rodeados de amigos, mejor.

¡Larga vida a los filósofos!

PD: Creo que me arrepiento a ratos de mi decisión pero no me lo recordéis, prefiero no pensarlo.

Imágenes vía Unplash

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