Efecto Matilda

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Comprometida con el sufragio femenino y activa abolicionista, Matilda Electa Joslyn Gage (Nueva York, 1926-Chicago, 1898) fue una de las mujeres más sobresalientes de su generación. En un momento histórico en el que las mujeres vivían sometidas a las convenciones que dictaba la sociedad, su padre le inculcó desde niña la idea de que debía  pensar por sí misma y que nunca debía aceptar sin evaluar la palabra de otra persona ni de la sociedad. Dos pilares en los que basó durante toda la vida su lucha por la igualdad y la libertad, especialmente en favor de las mujeres, de cuyos derechos fue una firme defensora.

“La lucha más importante a lo largo de la historia de la Iglesia es la que libran las mujeres por la libertad y por su pensamiento y por el derecho a comunicar ese pensamiento”.

Matilda Joslyn Gage
Matilda Joslyn Gage

En 1993, la historiadora de la ciencia Margaret W. Rossiter se inspiró en ella para acuñar el término “Efecto Matilda”, originariamente circunscrito al ámbito científico pero que actualmente se puede extrapolar a cualquier campo profesional. Con él pretendía identificar esa situación social en la cual las mujeres científicas reciben menos crédito y reconocimiento que el que le correspondería a tenor de un examen objetivo de su trabajo.

Con los rescoldos del Día de la Mujer bien recientes, todavía recordamos esos datos cuantitativos que apuntan la desigualdad salarial que padecemos respecto a los hombres en el desempeño de las mismas funciones. No son frías estadísticas, son situaciones reales con nombres y apellidos, que todas podemos conocer e identificar.

Sin embargo, el económico no es más que uno de los parámetros a partir del cual valorar el desigual trato que en su ejercicio profesional reciben hombres y mujeres. Se nos margina en el salario, pero también en el reconocimiento de nuestro méritos. Algo que objetivamente no sirve -como el dinero- para alimentar nuestro cuerpo, pero sí nuestro espíritu y llegados a cierto punto, tan importante resulta lo uno como lo otro.

No pretendo enarbolar un discurso feminista ni mucho menos. Quien me conoce sabe que huyo de “-ismos”, pero es imposible obviar que en esta sociedad patriarcal históricamente se han acallado muchas de las aportaciones de las mujeres al desarrollo de infinidad de campos profesionales y artísticosMujeres fascinantes olvidadas por la historia-. Cuanto mayor resulta el monopolio masculino en un ámbito, con más virulencia se aniquilan los méritos de las mujeres que, brillantemente, pujan ya no por destacar, sino porque su aportación sea visible y se tenga en cuenta.

Rosalind Franklin
Rosalind Franklin

¿Sabéis que la “madre” de la fusión nuclear fue Lise Meitner o que fue Rosalind Franklin la que permitió definir que el ADN tiene estructura de doble hélice y que ni la una ni la otra fueron galardonadas con el Nobel pero sí lo recibieron científicos que compartieron con ellas investigaciones -en mucho casos siguiendo su estela y a un nivel inferior-?

Y todo esto, ¿a qué viene? Pues a que la Fundación L’Oreal, a través de su programa For the women in science, se ha empeñado en invertir esta tendencia con un programa de ayudas a las mujeres investigadoras que no solo busca aportarles el sustento económico necesario para lanzar sus carreras, sino dotarlas de la visibilidad y reconocimiento que merecen.

En España, y con unos parámetros muy similares a los que se registran en la mayoría de la Unión Europea, las mujeres son ya mayoría en el ámbito universitario. En las últimas décadas, además, se han abierto hueco y van camino de conquistar especialidades tradicionalmente masculinas como las ingenierías. La próxima generación será la que cuente con el mayor número de jóvenes científicas e investigadoras de la historia.

El futuro -nuestro futuro- está en sus manos. Evidentemente, ellas necesitan comer, pagar facturas, mantener a sus familias… Necesitan un sueldo digno con el que vivir. Pero también precisan reconocimiento, motivación y visibilidad. Precisan que se las tenga en cuenta y se las valore y, derivado de ellos, que se les concedan las oportunidades para triunfar.

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Soy María Fernández. Mujer, madre, amante, amiga y periodista en permanente propiedad conmutativa. No sé vivir sin contar historias. Las mías, las tuyas, las de los demás. Nunca sabrás si voy o vengo, pero cuando te hablo ten la seguridad de que lo hago de forma honesta, porque no sé hacerlo de otra manera.

2 COMENTARIOS

  1. Mil gracias por ser una mujer grande descubriéndonos a otras grandes féminas. Juntas podremos alcanzar el reconocimiento que las mujeres merecen.

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