Momentos (cómicos) de estrés social

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Una de las películas míticas de mi infancia es la de “Cariño, he encogido a los niños”. Un padre un poco chiflado inventaba una máquina con la que accidentalmente convertía a sus propios hijos en seres diminutos, más pequeños que una hormiga.

Hay situaciones de la vida en las que yo misma siento como si me hubieran pasado por esa máquina a traición: me hago chiquitita, chiquitita, sin que objetivamente exista un motivo razonable para ello. Son situaciones que yo llamo de alto estrés social. Que lo mismo soy yo la única que se siente así y estoy para que me miren, pero tengo la sensación que esto es más común de lo que podemos creer.

Estos son solo algunos ejemplos de momentos sociales de alta tensión:

La cola del supermercado

Eres toda una señora, has terminado de hacer la compra y divisas la línea de cajas al fondo. Ya empiezas a sentir los músculos contraídos, señal de que empieza la prueba. A medida que te acercas vas estudiando el volumen de los carros que esperan en cada una de las colas, la supuesta destreza de la cajera (sí, lo determinas así a lo loco en un golpe de vista) y haces tus cábalas. Todo inútil. Te vas a colocar indefectiblemente en la más lenta. Siempre.

Claro que hay cosas que se escapan a tu análisis preliminar: se acaba el rollo de los tickets, o la cajera tiene que mandar un rulo de dinero por los tubos aspersores tipo Matrix, o un código de barras es ilegible cuando no falta directamente y hay que llamar a la sección de bazar, mismamente. La cuestión es que siempre ves a gente (esa genteee…) que ha llegado después que tú a la línea de cajas y sale victoriosa con sus bolsas antes que tú.

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El caso de la cajera insaciable

Por si era poco tormento la elección de la cola en el supermercado, luego llega el momento de embolsar. Da igual lo que hagas, la cajera siempre será más rápida. Empiezas crecidita cuando son solo cinco los productos que ha pasado por la cinta y dices para tus adentros: “voy a poder con esto”. JA. En cuanto tienes que cambiar de bolsa, el tema se descompensa, entre otras cosas porque te cuesta un minuto abrir la maldita bolsa de plástico que debe venir sellada o algo. La cajera se arremanga, frunce el ceño y los pi-pi-pi se suceden a una velocidad vertiginosa. De pronto, notas su mirada en el cogote… La miras, te mira y puedes leer en sus ojos: “qué tía más lenta, cómo se atreve a venir sola” mientras el popurrí de productos se acumula a tu alrededor. En ese mismo instante, cuando todo está perdido, decides relajarte y que te ayude a embolsar si tiene prisa. Vuelve la paz a tu universo.

Las rotondas de tres carriles o más

¿No hay que explicarlo, no? Un invento del mal, directamente.

La ventanilla de una Administración cualquiera (menos la de la loterías)

Da igual qué gestión burocrática vayas a hacer: pedir cita médica, hacer una transferencia de un vehículo en Tráfico, renovar el DNI, solicitar una subvención, liquidar un impuesto o darte de alta de autónomos (¿te van las emociones fuertes, eh?). La cuestión es que durante la espera estás nerviosa y miras a los funcionarios con recelo. Intentas que te toque el más joven o la de cara dulce. Quizá así te ahorres el “vuelva usted mañana”. La inquietud corroe tus entretelas, te va a faltar algún papel, van a detectar que defraudaste al fisco en la Declaración de la Renta de 1996, van a venir a detenerte, te van a decir que el sistema “se ha caído” o eso de “¡pero si esto no lo hacemos aquí!, tiene usted que ir a la diputación / consejería /ayuntamiento” (cosas del Estado autonómico). Un estrés que ya nos vaticinó el profético Larra. Si por un casual azaroso consigues realizar el trámite con éxito y a la primera, la sonrisa ya no te la quitan en todo el día.

El ascensor

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Muchas veces te has preguntado por qué te da tanto reparo compartir ascensor con desconocidos. Son solo unos segundos -a no ser que vivas en Tokio, Dubai o Nueva York-, racionalmente no tiene sentido el apuro que pasas. Pues no, no lo tiene, pero esos segundos se te antojan minutos. Dices “buenos días” y piensas: “esta vez lo voy a llevar bien”. Se cierran las puertas. Miras al techo, te apartas un mechón de pelo, miras al suelo, luego a tu reloj, arqueas las cejas en un intento de borrar el nerviosismo claustrofóbico de tu cara, “¡pero si todavía estamos en el segundo!”, te acaricias la barbilla, sueltas la bolsa de la compra, levantas la mirada y ¡zasca! te encuentras con la suya, socorro socorrito, mueca neutra, mirada de pirada perdida en la pared… Y así hasta que uno de los dos se baja. No puedes con la vida.

Los mostradores

Es curioso como teniendo la misma forma que la barra de un bar, los mostradores consiguen transmitir sensaciones tan diferentes, en especial, la de desasosiego. Da igual que sea el mostrador del cine, el de hotel antes de hacer el check in, el del banco o el de recoger los embarques para el avión. En tu imaginario, todos los mostradores del mundo suponen una barrera que sortear entre tú y lo que tú quieres, entre “los del otro lado” que están ahí para ponértelo difícil y tus deseos.

Aparcar

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Tu idea de mundo perfecto al volante son los aparcamientos de las grandes superficies, exactamente cuando aparcas entrando por una plaza y saliendo por la de enfrente y dejando el coche colocado para no tener que hacer maniobras después. Niquelado, oiga. Pero en la vida real hay que hacer recados que implican estacionar el vehículo en huecos más inhóspitos reducidos y en calles muy transitadas.

Desde que pones el intermitente para aparcar hasta que activas el freno de mano dando por concluida la operación, tu cortisol en sangre ha duplicado el nivel normal.

  • Primer intento: maniobras, te has pasado de vueltas y te quedas cruzada en la calle.
  • Second round: maniobras, te has quedado corta girando el volante, y te sitúas en paralelo a la acera pero… a dos metros de ella.
  • Nuevo intento: lo vas a hacer aplicando el método científico que te enseñaron en la autoescuela (ríete de la fórmula de la Coca Cola), pero un abuelete que te observa con cara de cachondeo (esa caraaaaa…) te descuenta y vuelves a cruzarte obstruyendo el tráfico.

Cuando no puedes más, cuando TE RINDES, dices para tus adentros: “vale, tranquila, no cabe, no cabe, vamos a buscar otro”. Una automentirijilla piadosa.

Gestionar “lo que sea” a través de un teleoperador

Activar el roaming, pedir la factura online del gas o contratar más potencia con tu compañía eléctrica (la familia crece)… Esas pequeñas tareas de la vida que no pueden alterar más tus nervios y que vas dejando atrás porque eres procrastinadora por libre elección e incluso por convicción. Y cuando finalmente te ves obligada a hacerlo, a llamar a esos servicios de atención al cliente, tus sospechas se confirman: están ahí para amargarte la vida.  “Le informo de que su conversación va a ser grabada, señorita Verónica, ¿está usted de acuerdo?” Algún día responderé que no, que no estoy de acuerdo y el mundo dejará de girar.

Ikér Jiménez

Presentadores, invitados, espacio, temática… Too much for me.

Y hasta aquí la entrega de hoy. Podría seguir, podría dedicar varios capítulos al mundo de lo inquietante, digo de lo estresante, pero ya he compartido demasiado nerviosismo vital. Necesito relajarme y venirme arriba.

¿Te has sentido identificada con alguno de esos momentos? Por favor, dímelo, ¡no me dejes sola!
Imágenes vía Pixabay

17 COMENTARIOS

  1. Jaaajajajaja! Me he sentido identificada en más de uno… He hecho mío tu desasosiego.
    Odio que graben is conversaciones! Por qué te piden permiso, ¿si no puedes elegir?
    Suerte que la risa relaja! Gracias por este post, Vero! 🙂

      • Ay que risas me acabo de echar, vamos… Que mi chico me ha echado la bronca y todo que dice que no son horas (cierto) Pero no me he podido aguantar…. Era como leerme a mi misma!!
        – La cola del super TAL CUAL
        – La cajera: de verdad que me he propuesto “be water my friend” pero me supera
        – Las rotondas: tengo moto y mira que he hecho kms, curvas y circuitos y todavia en alguna me entra un yuyu…
        – Ventanillas: la noche anterior pesadillas, cuando entregaba los modelos trimestrales en hacienda e iba todo bien salia de alli en plan “soy el rey del mundooo”
        – El ascensor: como oiga que alguien entra detras de mi en el portal corro para no compartirlo
        – Los mostradores: el enemigo
        – Aparcar: con la moto es mas facil pero la mia pesa y como haya mas de 2 grados de inclinacion no puedo moverla para atras asi que siempre me lo llevo estudiado (bendito street view)
        – teleoperadores: lo mismo que los mostradores, el enemigo
        – Iker: escalofrios

        Buenisimo tu post, de verdad

        • Hola, Ana!! Jajaja. Algunos dirán que estamos un poco “loquitas”, otros que se nos va la olla, pero chica, es que son situaciones horribles, horribles!! yo soy como tú, de las de BE WATER MY FRIEND, quiero paz en mi vida. Y todo eso me altera mi plácida cotidianidad, XDDD

          Muchas gracias por compartir y acompañar!!

          Besazos

  2. Yo no se como lo hago pero siempre escojo la cola del supermercado mas lenta y ahora para colmo voy con el carrito de mi bebe y me atasco siempre con la compra, con lo que me junto con la mirada de la cajera diciendo: ¿como osas venir sola a la compra?
    Las rotondas de tres carriles o mas directamente las ha creado un ser superior muy maligno porque sino no tiene sentido…
    Y doy gracias de que en mi ascensor solo lo comparto con familia porque sino subiría andando incluso viviendo en un piso 40.

    • Jajajajaja!! No sabes lo que me alegra Iria sentiros cerca! He llegado a pensar que estaba rozando la locura… Bueno, lo ir a la compra con el bebé y su carrito, mejor ni me lo imagino. Definitivamente, eres más valiente que yo!

      Un besazo!

  3. Lo has clavado conmigo. Lo de las cajas del súper me pasa tal cual. Y una sensación similar tenía con el Metro. En cuanto bajaba las escaleras de la estación empezada a temer perder el siguiente tren, y el peor síntoma era ver una oleada de pasajeros en dirección contraria a la mía: ¡oh no, no me da tiempo!

    Lo raro es que yo no tenía prisa porque salía de casa con tiempo de sobra y pasaban trenes cada tres minutos. Pero me estresaba tanto perder el tren, que tuve que dejar de ir a trabajar en metro.

    • Jajajaja!! Y por qué no me extraña nada que no compartas mi estrés con el aparcamiento?? En lo del metro te entiendo, yo cada vez que tengo que coger un tren sufro una barbaridad, es todo muy confuso.
      Gracias por compartir!!!
      Un abrazo

  4. Como diría mi hija… “Lo has clavao”. Comparto todos y cada uno de los puntos. En mi caso, mi talón de aquiles son los funcionarios. Me dan pavor porque la mayoría -menos mi padre, que es el mejor del mundo ;-)- te tratan con condescendencia, como si fueses imbécil por no saber algo que, evidentemente, no es tu competencia, sino la de ellos, pero intentan hacerte sentir pequeñita con sus regañinas. Lo de la cola del super, tal cual. Y lo de la cajera ni te cuento. Solo al leerte he identificado ese estrés que padezco y nunca había verbalizado.

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