Querida mamá, ¿quién eres? (Historia de un re-renacimiento)

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La manida frase “la maternidad te cambia” no es menos real por estar manida. Ser madre supone un curso avanzado de responsabilidad y vulnerabilidad. Te hace (más) responsable porque de pronto la vida de tu hijo depende de ti y tu destino queda unido al suyo. Te hace (más) vulnerable porque imaginar que algo malo pueda ocurrir te hace sentir el miedo más atroz, el vértigo más desazonador.

La maternidad es transformadora porque a partir de ella todo lo analizas pensando en el bienestar de tus hijos. Es un auténtico renacimiento porque el cambio de perspectiva es evidente. Ser madre es una explosión de emociones nuevas y reencontrar el equilibrio de los ejes lleva su proceso. Esto supone que todas nos dejamos atrás como personas y mujeres, más o menos, antes o después, pero todas. No es bueno, ni malo, es simplemente lo natural. Estamos biológicamente preparadas para que así sea, la naturaleza es muy lista.

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Los seres humanos somos altriciales, nacemos totalmente dependientes de nuestra madre. De hecho, se considera que el aumento del volumen del cerebro sumado a la bipedestación (deambular solo con dos piernas en lugar de con las cuatro extremidades) provocó en las hembras de nuestros antepasados un estrechamiento de la pelvis que, a su vez, conlleva que el bebé nazca antes de lo deseable para poder así pasar por el canal del parto. Por ello, el bebé humano no es capaz de andar y alimentarse por sí solo nada más nacer como hacen otros animales. Científicamente, el periodo de tiempo que el bebé está fuera del seno materno pero “debería” estar dentro se llama exterogestación y durante esta etapa tiene unas necesidades muy específicas e intensas. Ante la vulnerabilidad de nuestras crías, las hormonas lo dan todo para enamorarnos de ellas y hacer que toda nuestra atención se vuelque en el recién nacido.

Sin embargo, el día en que te reencuentras contigo misma llega. De verdad, llega. Y no es bueno, ni malo, simplemente es natural que ocurra. Nuestros hijos hacen las cosas por sí mismos, son capaces de verbalizar sus necesidades y se pueden servir de otros para satisfacerlas. Así que, ante esto, la naturaleza decide aflojar el cordón umbilical imaginario. A unas nos ocurre antes, a otras nos ocurre después, pero siempre ocurre.

Después de diez años entregada a mi faceta de madre, recuerdo perfectamente el día en que me redescubrí como una mujer. Salí de cena de navidad con unas amigas y de repente sentí que había vuelto a los ruedos, me sentí atractiva de nuevo, deseable y, por supuesto, el sujeto de mis propios deseos con ganas de convertirlos en predicado, en acción.

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A partir de ese día, empecé a mirarme al espejo de nuevo, completamente desnuda, en el intento de reconciliarme con mi cuerpo de madre. Dejar de rehuirlo fue el punto de partida. El segundo fue rechazar excusas autoimpuestas y empezar a cuidarme: la alimentación, las limpiezas faciales antes de ir a dormir, la hidratación de la piel, el ejercicio… Rutinas saludables que en mi caso había abandonado casi por completo.

Abrir el armario con ojo crítico. Ése fue otro punto de inflexión. Recuerdo perfectamente el día en que decidí tirar definitivamente la ropa premamá o cuatro tallas más grandes con la que yo me sentía tan cómoda (y tan poco motivada a recuperar mi peso). Y también cuando bajé del trastero la ropa de mi talla original con el firme propósito de volver a usarla. Fue una tarde de cambio de armario reveladora.

También empecé a escucharme. Y es que los niños son ruidosos por definición. Mi casa está llena de vida, de sus risas, preguntas y juegos que me alegran la vida. Pero entre tanta vorágine y la devoradora rutina me ha costado volver a escuchar lo que yo misma quería, necesitaba y soñaba. Misteriosamente, me he quedado sorda si se trata de oír a la culpa, ese látigo de conciencia que llevamos de serie las madres. Me refiero a la culpa machacona, a la insensata que no trae nada bueno, a la cultural o a la que se instala por miedo “al que dirán”. Me he quedado muy sorda, sordísima.

Entre tanto cambio, mis prioridades también han cambiado. En el camino he asumido que no puedo llegar a todo y no soy la única. Que mis hijos son lo primero, y eso no va a cambiar nunca. Pero que las cosas prescindibles para ellos no pueden nunca sobreponerse a mis propias necesidades. Si necesito ir a la peluquería o hacer un poco de deporte, y eso implica no hacer manualidades este sábado por la mañana, lo hago. A pesar de. Lo siento pero yo también cuento, también soy  y existo.

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Al principio notaron el cambio. ¡Mamá, estás rara!, me soltó un día mi hija mayor a bocajarro. Hoy puedo decir que “las rarezas” me completan, que he alcanzado un razonable equilibrio y que soy más yo que nunca. Por todo eso estoy convencida de que soy capaz de ofrecer lo mejor de mí en cada una de mis facetas. Esta es mi metamorfosis, éste es mi re-renacimiento.

Fotos: Pixabay

11 COMENTARIOS

  1. Aún estoy en el camino. Aún ando quitándome las culpas y buscando tiempos para mí. Sé que lo conseguiré. Quizá es que Ojazos es un poco pequeño todavía, quizá es que yo tengo que terminar de sacudirme, no lo sé.
    Sobra decir que me ha encantado, ¿verdad?

    • Gracias. Sí, quizá es que es todavía pequeño, quizá es que cada una llevamos nuestro ritmo, en esto y en todo. Pero llegará, ese día llegará (aunque entre tú y yo, creo que estás muy cerca) 😀

  2. Me ha encantado, yo estoy en un intervalo de renacimiento, aun no tengo el tiempo suficiente,pero tengo algo de tiempo para mi, es difícil volver a ser mujer y dejar las culpas a un lado, pero paciente espero el día.
    Me ha encantado el artículo

  3. Uf. Me ha encantado. Yo también estoy en mitad del re-renacimiento. Estoy empezando a ser yo de nuevo, a empezar a pensar qué quiero y qué necesito sin por ello abandonar las necesidades del peque. En mi caso el cambio se ha dado porque vuelvo a ser madre soltera. Necesitaba dar el paso y lo he dado. Ahora estoy empezando a mirarme de nuevo al espejo, a pararme delante del armario y a querer verme guapa. Por mí, no por nadie. Y todo sin abandonar mi papel de mamá. Creo que podré con los dos papeles, el de mamá y el de mujer. Más aún si sé que a todas nos llega ese día y que todas podemos. Un amigo me dijo hace poco que yo puedo hacer todo aquello que me proponga, que tener un hijo no debe ponerme límites, que tener un hijo es un complemento a mi persona. Soy yo, soy mujer, y soy mamá.

    • Exacto, Mamilink, es como yo también lo veo. La maternidad es lo suficientemente importante en nuestras vidas como transformarnos y ponernos patas arriba, en prioridades y en perspectiva. Sin embargo, no debemos dejar que la araña madre nos devore, seguimos siendo todo lo demás y tenemos que escucharnos.
      ¡Un abrazo!

      • Uy, acabo de darme cuenta. No es que vuelva a ser madre soltera, sino que vuelvo a ser soltera con el añadido de madre, claro, jeje. Quizá esta situación ayude a que sea más fácil centrarme en mí misma de nuevo. ¡Gracias por el post una vez más, guapa!

  4. Que fácil que parece llegar a ese punto, y que difícil realmente es, no solamente por las culpas, la vida frenética pendiente de peligritos, sino que también hay que lidiar con el tema familia, que más allá de ayudarte y apoyarte, te crítica descaradamente haciendo un daño gratuito exagerado, que en mi caso, ha sido una de las razones en las que mi mundo se alla perdido, y ahora en volver a encontrarlo y volver a verme mujer me parece muy lejano
    Me ha gustado mucho leerte, he visto un poco de esperanza, que aunque tarde, espero que llegue. Mil besos

    • Es peor cuando no tienes el apoyo de tu familia, y en lugar de ello tienes una lupa encima o un cruel dedo señalador. Supongo que hay que ser egoístas y pensar por una ves en nosotras mismas. Ya lo entenderán cuando nos vean más felices… Crucemos los dedos.

  5. Me ha gustado mucho el post, yo también estoy en el proceso, que no es algo que pase del día a la noche, ni mucho menos, pero ahí vamos… Creo que has intentado no generalizar y dejar ver que cada una de nosotras vive esta experiencia de una manera. No estoy de acuerdo cuando afirmas que el enamorarse del niño es un instinto natural. yo no me enamoré de mi hijo. El sentido de la responsabilidad estaba ahí, pero era abrumador y partía de la razón. Ni hormonas ni enamoramiento. Creo que es justo contar que esto también es posible, y que también es una reacción natural. Gracias por compartir tu experiencia.

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